26 de marzo del 19

26/03/2019 § Deja un comentario

EL PRINCIPE

BEARN.-[al tiempo que se aparta de los Obispos] Los recuerdos, Señor, son sedimenmtos de complicado análisis.
ALFONSO.-A ti te tengo por sabido en alquimias y por amigo; espolea tu memoria con ambas verdades para buscar la transparencia de la historia cierta.
«ALFONSO EL CASTO». Acto II. Escena tercera..
[Pedro de Courcières]

Una saga escandinava, cuyo nombre le resulta difícil de decir a cualquier latino, ofrece constancia de los hechos que ahora narraremos. Con difusa imprecisión entre sus límites se aproximan aquí verdad y fantasía; pues, tanto realidad documentada como fábula de transmisión oral, comparten en esta narración aparentes inexactitudes. Así, al menos en su esqueleto, la presente leyenda no resulta inoportuna en un manual de Historia; mas, tal como la contamos, contiene algunos fallos que la remuneradora visita al lugar de los acontecimientos permite intuir, al mismo tiempo que valida el fondo del relato. Las mencionadas falorias aluden a la parte narrativa que se refiere al ataque y conquista de la cueva por los sarracenos. Desordenadamente expuestas surgen en las siguientes preguntas: ¿Dónde estaban, cuando el asalto, los navíos de los piratas árabes? ¿Cómo eligieron los atacados tal cueva por campamento? ¿No conocían en Formentera otras más cómodas de defensa? ¿Era una cueva tan abierta a las miradas el mejor lugar para ocultar un tesoro? Si se trataba, como parece, de una guarnición de reducida importancia, ¿qué les incitó a mostrarse a la poderosa flota normanda, e incluso a hostigarla? ¿Por qué exhibieron sus riquezas? ¿Cómo no tenían guarnecida la parte más alta del despeñadero? ¿Es posible que los largos cabos -probablemente de piel de morsa- necesarios para alcanzar el nivel de la cueva, resistieran el peso de las barcas, sujetas como estaban éstas solamente por los estraves de proa y popa? ¿Qué extraña corriente forzó el humo de los haces hasta el último fondo del antro? ¿De qué modo equilibraron los improvisados andamios? A quien visite el lugar de los acontecimientos se le han de proponer, espontáneas, muchas otras cuestiones semejantes, todas de condición ingrata para la narración tal como ha llegado a nosotros; pero, aunque multiplique sus críticas sobre la total verisimilitud de la historia, le ha de resultar placentero imaginar desde la cueva los acontecimientos en parte verdaderos que aquí se cuentan.

Corría el año 1170 de nuestra era. Los bárbaros normandos acudían a la primera cruzada, ya mediada ésta en su cronología. Iban, por supuesto, menos inflamados de ardor religioso, o poseídos de urgencias por combatir en Tierra Santa, que ansiosos de riquezas. Cuando murió en Irlanda el rey Magnus el Descalzo -que lo era de Noruega- su reino fue repartido entre los tres príncipes, sus hijos. Uno de éstos, Sigurdo -ya rey de las islas Orcadas- deseoso de contemplar por sí mismo la realidad de tantas fábulas como los trovadores contaban de Constantinopla, de Tiro, de Antioquía y de Jerusalerm, fletó hasta sesenta velas. Embarcaron en ellas aventureros, bribones, nobles, piratas, peregrinos, pícaros caballeros, ladrones y mendigos; su número puede calcularse casi en dos mil hombres. El genérico nombre de normandos con el que los hemos conocido se aplicaba entonces a daneses, noruegos, suecos, y otras tribus cercanas a su geografía; pero, aparte tales escandinavos, también acudirían francos, sajones y frisones. La ruta no les era desconocida a algunos de los embarcados; pensemos que en 1061 ya habían conquistado los normandos a Mesina, y en 1072 a Palermo (con lo que iniciaban la que había de ser su prolongada estancia en Sicilia).

El príncipe Sigurdo adoptó un pausado ritmo de navegación. Apenas salido de su reino, se acogió a unas largas estadías en la mayor de las islas británicas, donde invernó. En la primavera de 1105 navegó de nuevo, sin urgencias por lo que parece, y llevó su flota a las costas gallegas, que devastó; allí comenzaba la actividad pirata de la expedición, pues dice la Historia que los normandos entraron a sangre y fuego en Jakobsland, es decir, en Galicia, tierra cristiana del rey de Castilla. A furore Normarum libera nos Domine. Se ha comentado ( y no bastante) que resulta una constante histórica el que los naturales de la mitad septentrional de Europa, cuando acuden a los países meridionales -como conquistadores o como visitantes- lo hacen con afán expoliador poco o nada retenido; es la envidia, probablemente.

Antes del verano de 1109, continuando el descenso por la costa occidental de la península ibérica, aquellos salteadores de la mar atacaron con ferocidad, primero las ciudades de Sintra y Lisboa, en poder del alarbe, y después Alcácer do Sal, en el estuario del Sado, que arrasaron de orilla a orilla; semanas más tarde, cerca de Gibraltar, entrando ya en el Mediterráneo, tuvieron un combate naval con una flota sarracena que fue derrotada, pues Alá no le concedió su auxilio y asistencia.

Continuaron su rumbo siguiendo a la inversa la antigua ruta de Roma a Gades; costearon hasta Denia, y allí pusieron proa a las Pityusas. Llegó el príncipe Sigurdo a las puertas tartesas y las atravesó. La flota normanda pasó así entre Ibiza y Formentera, junto a ésta última. Podemos imaginar las sesenta naves, pintadas de rojo las mas; casi cien pies de eslora, veinte de manga y apenas diez de puntal; jarcias y obenques de piel de morsa, velas de tiras de frisa, cosidas con fuertes hilos; estraves bellamente adornados en proa y popa; altos mástiles y largos remos; los escudos de la canalla empavesando las bordas; treinta hombres, por lo menos, en cada navío… Tuvo que ser un espectáculo grandioso, de esos que, imaginados, justifican en el hombre actual apetencias retrógradas.

Era Formentera albergue de piratas mahometanos. Dice la leyenda que tenían fortificada una cueva en la Mola: la que se conoce con el doble nombre de sa Cova d’es Fum y sa Cova d’es Mamelles, lo primero por el humo que ahogó a sus moradores, el otro nombre por sus estalactitas atetadas (*). Está la cueva abierta a tramontana, y sobre el mar. Se dice que los sarracenos, confiados en la inexpugnabilidad de su refugio, hicieron befa de los hombres del príncipe, les arrojaron flechas desde su privilegiada posición, y despeñaron grandes rocas sobre los navíos que pretendían fondear. Al mismo tiempo -continúa la saga-, desde la boca de la cueva, les mostraban sus tesoros y los trataban de cobardes por no subir a buscarlos. (Asombra tanta atolondrada temeridad, merecedora de penas).

Concibió Sigurdo una estratagema (o aplicó una treta que quizás ya conocía de mares más fríos): varios de sus navíos contornearon la Mola (pasando ante las puntas Palmera, Xindria y Roja), y vararon en las arenas de Migjorn. Esto así cumplido, a hombros de sus vasallos normandos llevó por el bosque dos chalupas hasta la eminencia rocosa sobre la cueva de los mahometanos. Fue una marcha difícil, de más de cinco kilómetros, salvando en terreno boscoso un desnivel superior a los cien metros, desde la playa hasta el acantilado sobre sa Cova d’es Fum.

Desde tal punto, atadas cada una con dos gruesos cabos, hicieron descender las dos chalupas con varios de sus guerreros, «tantos como podían contener». Dominada la altura por el artificio de los improvisados andamios, lanzaron flechas y jabalinas sobre los árabes; de modo que fue sencillo obligarlos a refugiarse en el antro. Sigurdo ordenó entonces el ataque del resto de sus hombres, que treparon gritando salvajemente desde el pie del acantilado. Al llegar los normandos a la cueva, los sarracenos se defendieron apoyados en otro muro interior; pero el príncipe hizo que se lanzasen encendidos haces de leña de mata y pino. Y los piratas árabes, que se habían retirado hacia el fondo, murieron unos abrasados y asfixiados otros.

Los normandos, dueños del inmenso tesoro acumulado, abandonaron Formentera y partieron rumbo a Sicilia. Sa Cova d’es Fum guarda ahora otras joyas: esta leyenda del príncipe Sigurdo, y los restos arqueológicos que algún día descubriremos.

(*) Rotas, casi todas, por los visitantes foráneos. por otra parte, la cueva fue recientemente empocilgada por una horda hippie, que la ocupó durante un verano. Actualmente se ha optado por tapiarla, para evitar más destrozos.

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.
Capítulo V: La cabeza.
Capítulo VI: El príncipe.

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.

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