25 de abril del 17

25/04/2017 § Deja un comentario

Ahora le llaman es Bosc de sa Pujada; pero hace cientos de años lo llamaban es Bosc d’es Diable. Me refiero, claro está, a esa parte de pinar desmedrado que hoy día queda a la derecha de la carretera, según se sube a La Mola, poco después de sobrepasar el inicio de la corta desviación que conduce a dos modernas urbanizaciones hosteleras.

Cuando sucedió lo que voy a relatar, aquel rincón del bosque desde el monte de sa Talaia al mar, era impenetrable; siglos de respeto por parte del hombre habían hecho crecer allí una espesura en la que se entrelazaban el pi bord, el pi ver, la savina, el ginebre, el raspai, la mata, el matapoll, la espinalera… en una maraña de tales características que constituía el reducto salvador de todos los animales del bosque cuando eran perseguidos por  los cazadores armados de ballestas. Dicen las viejas, las consabidas viejas que cuentan estas leyendas, que el respeto sentido por los habitantes de Formentera hacia aquel marañal partía de haber observado que era el único lugar de la isla donde se daba un determinado arbusto de escaso porte llamado garrover d’es diable. Pongámoslo más claro diciendo que ese arbusto no es otro que el denominado en latín anagyris foetida y en español altramuz hediondo. Tal vegetal, como el lector avisado ya habrá supuesto, tiene unas hojas de las que se puede decir cualquier cosa, excepto que de ellas emanen aromas gratos. Y como produce unos frutos relativamente parecidos a las algarrobas, han dado en llamarlo garrover, solo que las mismas viejas a las que arriba hemos aludido sostienen que si al algarrobo verdadero lo hizo Cristo para regalo del hombre, a este otro algarrobo repulsivo lo hizo el diablo para contrarrestar la bondad del divino don. Vamos, una de las que se llaman acciones de oposición eterna.

De los comentarios que anteceden se deduce que nada de extraño había en que una parte de bosque tan agreste, tan intrincada, tan llena de barrancadas, tan espesa en leños, tan oscura y además poseedora en exclusiva de ejemplares de un arbusto denominado algarrobo del diablo, fuera llamada, como queda dicho, es Bosc d’es Diable.

Aconteció, pues, que un cazador morisco acechaba ya durante muchas lunas a un negro jumento salvaje, y que, siempre que estaba a punto de alcanzarlo, este lo esquivaba refugiándose en el bosque del diablo. Al igual que hacen todos los caminantes, que en lugar de atajar por el bosque lo rodean sin penetrar en él, al igual que hacen los pastores, que silbaban para recoger el rebaño cuando las cabras y las ovejas se acercaban a aquella espesura y retrocedían, nuestro cazador abandonaba la persecución apenas la pieza había atravesado los lindes de la zona prohibida. Y no es que este hubiera sido hitada, es que sus límites eran tan evidentes, tan manifiestos, como si de una finca murada se tratase. El cazador era joven, era audaz y era vigoroso; pero el miedo crea fronteras incluso para el vigor, la audacia y la juventud.

No obstante, a medida que, con unas u otras variantes, huyendo desde el norte o desde el sur, se repetía la burla, crecía también en nuestro hombre el afán de apoderarse del negro jumento y domeñarlo. Naturalmente, lo quería vivo, y eso le impedía hacer uso de su ballesta, de forma que solo lazos y trampas eran las armas que empleaba conta la codiciada pieza. Mas tanto progresó su interés, alimentado lateralmente por la burla de que creía ser objeto por parte de tan inferior animal, que un infausto día, en lugar de pararse por el linde del marañal, penetró con osadía en él, violando la reserva del bosque. Al seguir la pista que la pieza iba dejando, se internó en el secreto paraje; avanzó tanto que llegó a oír el mar, lo que indicaba que estaba ya más cerca de la costa que del camino desde el que había entrado. Rabioso, dos veces intentó disparar su ballesta; lleno de ira, ya no quería apresar vivo al asno salvaje, sino matarlo. Pero entre la maraña no resultaban eficaces los virotes. Por otra parte, era muy difícil avanzar, pues debido a los arañazos de las ramas sangraba por la cara, los brazos y las piernas; y mal le defendía la ropa desgarrada. El jumento, inexplicablemente, podía pasar por lugares que luego se cerraban al cazador. Detenerse para afinar la puntería suponía el riesgo de perder al animal de vista. Al fin, ya muy cerca del acantilado, en un reducido claro del bosque, se topó con la pieza parada, vuelta cara a él. Y dicen que entonces el asno le habló.

Un hedor insoportable siguió a las increíbles y obscenas palabras de la bestia. A continuación el bosque se oscureció y, simultáneamente, para mayor contraste se fue haciendo una luz misteriosa, como un halo flamígero, alrededor del perseguido jumento: el cazador comprendió que tenía ante sí la abominable figura del diablo que le increpaba y amenazaba. Sintió el joven tal terror que dejó caer la ballesta; un nunca imaginado largo escalofrío le recorrió la espalda; las piernas le temblaban, blandas; el sudor de la carrera se le había helado. Entonces el maligno avanzó hacia él lentamente, seguro del trágico final de aquel encuentro. Buscando el cazador la que se le daba más fácil salida del lugar, corrió alocado por el barranco, hacia la mar. Cambiados los cometidos, era ahora el diablo quien le perseguía. Aullando de pavor, el joven corrió con desespero al acantilado, buscó una bajada por la que llegar al agua, pues se le antojaba a él que en la mar podía estar su salvación y, finalmente, perdió el equilibrio, dio un salto imposible y cayó rodando, rebotando por las rocas hasta la pedregosa orilla donde las olas rompen ruidosas a la menor marejada.

Al sitio donde el cazador se despeñó le llaman hoy Caló d’Es Mort. Y en el borde del derrumbadero persisten visibles unas huellas, como de pezuñas, que las viejas dicen que son las que dejó el diablo en su persecución. Todo el que vaya allí puede verlas.

Documentacuión:
Leyendas de Formentera
Leyendas de Formentera.

18 de abril del 17

18/04/2017 § Deja un comentario

Ya fingidas, ya certificadas, existen tradiciones que duda en propalar incluso la torpe disposición del que escribe despreocupado de delicadezas; y eso, porque teme que al hacerlo no conseguirá ni su satisfacción ni la del lector. Tales leyendas, indignas por sus protagonistas, muestran la oscura cara de la culpa y del odio; cabe así preguntarse si merecerán la memoria, pues exclusivamente incita a su recuerdo el temor de que quede oculta, si la tradición se silenciase, otra posible noticia sobre el origen de un nombre de lugar en Formentera.

Eran tiempos de miseria en la Pityusas; por carecer de todo muchos habían perecido de hambre, pues de solas yerbas y algún pececillo se alimentaban los más. Sin cosechas, por falta de lluvias durante varios años; sin ganados, ayunos estos de pastos; sin vestidos, por haber cesado todo trueque o comercio; sin pesca, por falta de utensilios; en fin, desnutridos y náufragos en todo mal se hallaban los habitantes de Formentera. De tales condiciones surgieron raras pandemias y contagiosos morbos. Una sucesión de encadenadas desgracias parecía arropar a la isla: llovieron hormigas, un viento del sur acercó una extraña enfermedad (o quizás no fue el viento, sino un cerdo hinchado, a medio corromper, que la mar dejó en Migjorn), se pudrió el agua en los aljibes, no había parto bueno, todo eran achaques.

Dos pequeños grupos de organización tribal se repartían entonces aquellas tierras; uno aposentado en torno a la escasa altura que hoy se denomina Es Puig Guillem, en Barbaria; el otro aproximadamente a levante de lo que ahora es el caserío de San Fernando. Siempre rivales, su enemistad se había concretado empero en formas de desprecio; es decir, había tenido como declaradas características una aparente ignorancia mutua y una perfecta insolidaridad. Por otra parte, mientras los miembros de una u otra tribu no sobrepasaran los confines determinados para las comunidades (límites que casi exactamente constituían la mitad del este y la mitad del oeste de la isla), ningún incidente podría ocurrir entre ambas colectividades.

Pero la miseria convirtió la indiferencia en odio y los intentos de rapiña dieron ocasión a continuos encuentros en lo que la carencia de comestibles limitaba la salvación de los heridos, que eran a veces rematados por sus propios compañeros. Era una elemental guerra entre pobres, una guerra sucia, de famélicos contra desnutridos, de enfermos contra malparados, de desengañados contra desesperados; el provecho, la más de las veces, unos puñados de trigo, una cabra flaca, unos pulpos secos: escaseces para engañar los vientres.

Al fin triunfó uno de los grupos —ni sabemos cuál, ni importa— y los depauperados vencedores no encontraron ya alimentos en el poblado de los vencidos. Se habían acabado los sigilosos ataques al alba, las acometidas a los corrales, las nocturnas marchas. ¿Qué hacer ahora con los prisioneros? No olvidemos que los motivos de aquella guerra habían sido el hambre y la miseria. De modo que decidieron respetar temporalmente la vida de los más resistentes y, maniatados, los encerraron en un murado recinto. A partir de ese día comenzaron a matarlos uno a uno; y uno a uno se los fueron comiendo. Pensaron que incluso había suficiente carne para mantener a los mismos prisioneros mientras llegaba su turno, y que así les duraría el ganado humano al menos durante toda una luna y podrían alargar su privación.

Solamente el antiguo jefe de los vencidos, un indócil gigante con la cara acuchillada, salido de la guerra sin lesión reprehensible, se negó a alimentarse con las carnes de sus compañeros. Famélico y depauperado como estaba, todavía le temieron y, aunque en el turno que habían establecido los vencedores el jefe enemigo iba a ser el último, lo madrugaron a morir para evitar una revuelta de los prisioneros.

Temores religiosos impedían que las matanzas (aquellos no eran sacrificios) se hicieran cerca del emplazamiento de la aldea; por eso el centenar de supervivientes —contamos a los vencedores y a los vencidos—residía ahora en las inmediaciones del carnicero lugar: una elevación pedregosa de escasa vegetación. Allí llevaban a los prisioneros cuando los sacaban de su encierro. Designada la víctima, entre cuatro la sujetaban, la obligaban a posar la cabeza sobre un tocón de pino y le cortaban el cuello de un hachazo.

Anticipadamente, como hemos dicho, le llegó el turno al jefe de los vencidos. Con aparente docilidad, que la fiereza de su mirada desmentía, subió al lugar. Casi toda la tribu enemiga se había congregado allí para presenciar la muerte. El condenado miró a los vencedores despaciosamente, recreándose en observarlos. Antes de colocar su cabeza sobre el tajo volvió a mirarlos; buscaba los rostros de sus enemigos y les sonreía. Era una mirada tan extraña que los que ocupaban las primeras filas retrocedían incómodos.

Cuando el hacha hábilmente manejada partió su cuello con un limpio corte, la cabeza del condenado rodó por el suelo; al detenerse, quedó plantada por la parte seccionada: era como si se asomara desde dentro de la roca sobre la que permanecía. Sea porque ello impidiera la pérdida de sangre, sea por otra causa natural o misteriosa, lo cierto es que la cabeza siguió aparentemente viva. Los ojos trazaron casi un semicírculo mirando a la gente allí agrupada, y la cabeza habló; se le oyó decir con tardanzas: —Malditos los que nos han comido, los que ahora están aquí y yo he podido ver después de muerto…

Y así fue. Otra epidemia exterminó en pocos días a la mayoría de los habitantes. Siete quedaron vivos; parece que ninguno de ellos había comido carne humana, ni tampoco acudido a presenciar el fin del jefe decapitado. (Esos siete pudieron haber sido los redimidos antepasados de las siguientes generaciones de formenterenses).

El lugar donde dicen que ocurrió todo lo que antecede es hoy conocido por el nombre de Sa Mirada. Cabe en lo posible que la tradición, en distintas lenguas, haya conservado el recuerdo del macabro hecho: la cabeza que miró y habló; tampoco sería insensato que el nombre se refiera a la excepcional panorámica que desde aquel sitio cabe gozar; es igualmente admisible que el topónimo aluda, en concreto, a la ventajosa situación de esa colina para observar la llegada de las barcas procedentes de Ibiza, una vez superados los Freos. No habiendo vestigios que confirmen o nieguen la leyenda, cabe desflecar todas las acepciones de la palabra “mirada”; y que el lector escoja el origen del topónimo.

Extraído de: Leyendas de Formentera.

11 de diciembre del 16

11/12/2016 § Deja un comentario

Bob Dylan nunca estuvo en Formentera. No existe ninguna referencia documental ni escrita ni gráfica de su presencia en la isla. Solo testimonios indirectos de conveniencia, basados en rumores que, bien por desconocimiento o por mero afán de crear mitos, han ido alimentando una leyenda que se extendió en los ochenta y noventa del siglo pasado.

En esos años la historia fue tomando presencia en artículos de prensa, revistas y folletos turísticos, dando por buena la presencia del genial músico en la isla. Siempre quedaba bien decir que el ahora recién galardonado con el Premio Nobel de Literatura y el músico más influyente del siglo XX había pasado un par de semanas en la isla, escondiéndose de no se sabe muy bien qué, en el verano de 1967. Era como la confirmación de que Formentera había sido un sitio especial, a finales de los sesenta y setenta para miles de jóvenes, entre los que habría desembarcado el ya reconocido mundialmente Bob Dylan.

El primer dato de esta historia que hace dudar de su veracidad es que estuviera alojado en el molino de la Mola, en mayo de 1967, cuando el molinero ya lo había arrendado a una pareja de origen belga. Ella es la artista Helena Belzer, que ha expuesto hace poco en Formentera y ahora mismo lo está haciendo en una galería de Bruselas. Belzer lo tiene claro: Con mi marido, alquilamos el molino de la Mola entre 1967 y 1969 y jamás vino ni recibimos a Bob Dylan no sé de dónde se han sacado que estuvo con nosotros, insiste.

La memoria es selectiva y a veces también se dispara hacia la imaginación. Eso es lo que debió ocurrir con la falsa presencia de Bob Dylan en Formentera. Entre el 1967 y 1969 Formentera se convirtió en el punto de atracción de jóvenes, muchos de ellos norteamericanos que huían de la guerra del Vietnam. Formentera se coló entonces entre los lugares de obligada peregrinación para una generación en busca de paraísos perdidos, filosofía oriental, paz, amor, drogas y libertad sexual. Los primeros en llegar fueron los beatniks, vestidos de negro y con el pelo largo, les siguieron los hippies.

Con la llegada de esta pacífica invasión Formentera se colocó en el mapa mundial. Se había convertido en un refugio, en una especie de Arcadia feliz, para miles de jóvenes muchos de los cuales, especialmente entre 1968 y 1970 fueron expulsados por la Guardia Civil, por lo que en aquel momento se consideraba un comportamiento inmoral.

En esos años Formentera tenía unos 3.000 habitantes. En el verano de 1968, un informe oficial de la policía franquista admitía la presencia de unos 700 jóvenes. Al año siguiente la cifra alcanzó los 1.300 hippies. Estos datos se encuentran en un documentado libro firmado por Joan Cerdà y Rosa Rodríguez Branchat, titulado la La represión franquista del movimiento hippie en Formentera (1968-1970) de Res Publica Edicions,1999.

En mayo de 1966, el delegado del Gobierno en Ibiza y Formentera había recibido instrucciones del gobernador civil de la provincia para que fueran identificados y expulsados. El escrito fechado el 16 de ese mes decía: Ante la presencia bastante numerosa en estas islas de extranjeros y nacionales de los denominados beatniks, llamando la atención del público en general, con aspecto repulsivo, desaseo en sus atuendos, conducta antisocial e irresponsabilidad económica, se hace preciso proceder a su identificación con el fin de expulsarlos.

Y efectivamente dos años más tarde las expulsiones llegaron a Formentera, a pesar de que parte de la población había acogido sin mayores problemas a estos jóvenes que traían dólares frescos para una economía de subsistencia que se abría paso hacia el turismo. Además esta primera invasión pacífica se mostró amable, respetuosa, interesada por la cultura local para entender mejor dónde se encontraban. Entre ellos llegaron artistas, pintores y músicos, algunos siguen viviendo en la isla pero jamás oyeron hablar entonces ni vieron a Bob Dylan.
Uno de ellos es Michel Gerard, músico francés que llegó aquel verano de hace casi 50 años. Antes de desembarcar había hecho sus pinitos como guitarrista de Georges Moustaki, por lo que sabía perfectamente quién era Bob Dylan. Los otros dos músicos, en este caso británicos, son los hermanos Toni y Bruce Gartell, que mantienen vivos desde hace décadas los conciertos de Jazz en la plaza de San Francisco en verano. Ninguno de los tres, siendo conocedores del panorama musical del momento, vio ni escuchó cantar o tocar la guitarra a Bob Dylan. Toni Gartell no tiene dudas: Bob Dylan nunca estuvo aquí, es imposible, lo habríamos localizado rápido y nadie lo vio entonces ni lo vio jamás, afirma.

En cambio sitúan perfectamente a un joven norteamericano, llamado Eric Chefé, que iba de Bob Dylan con el mismo corte de pelo, la misma vestimenta e incluso se había procurado un chaleco como el que solía lucir la estrella del momento. Su aspecto, unido a cierto parecido, hacía que Eric Chefé se hiciera pasar en Formentera por Bob Dylan.

Quizá fuera él quien jugó al ajedrez con el exconseller de Trabajo, el formenterense Pío Tur Mayans, que aseguraba haber compartido tablero con Dylan en la Fonda Pepe y seguramente sería el mismo que visitaba la Biblioteca de Bob Baldon, la famosa y desaparecida Casa de los libros primero y Biblioteca Internacional después, en Sant Ferran.

Bruce Gartell añade: Había un joven que se llamaba Eric Chefé que iba vestido y se parecía a Bob Dylan, ese es el origen del rumor. Michel Gerard, que sigue la conversación, añade: No es que hubiera uno que fuera de Bob Dylan, ese Eric era el más conocido, pero había más jóvenes que iban vestidos e imitaban a Bob Dylan, así ligaban más en la Fonda Pepe, ríe.

El caso es que la presencia de uno o varios imitadores en esos años seguramente fue el origen de esta leyenda que, con el paso del tiempo, algunos escritores han ido engordando y aderezando para construir una historia de apariencia más o menos verosímil sobre la presencia del músico. Uno de esos escritores es Pedro Martín Matilla, que en más de una ocasión ha defendido en estas páginas esta leyenda.

¿Pero, qué fue de Eric Chefé? Bruce Gartell, que han mantenido una reciente conversación con su hija, explica que se quitó la vida en Los Ángeles. Este falso Bob Dylan, adicto a la heroína, decidió lanzarse desde lo alto de un edificio en 1974. Lo que está claro para estos músicos locales es que en todas las épocas hay imitadores de famosos y aquí nos tocó un Bob Dylan, apunta Gerard con ironía.

En cambio existe constancia, tanto escrita como gráfica con testimonios directos, de la presencia de otros grandes músicos de la escena internacional del momento. Tanto los Gartell como Gerard conocieron a los miembros de Pink Floyd cuando estuvieron en la isla así como al letrista de King Crimson, Peter Sinfield, autor de la pieza de rock sinfónico, Formentera Lady.

Toni Gartell también recuerda la presencia de Taj Mahal y del cantautor canadiense James Taylor que compuso en la isla  Fire and rain. Tampoco hay que olvidar a Joel Zoss, que estuvo en Formentera en 1968, compartiendo música y experiencias con Soft Machine, que también se perdieron por aquí, ni al maestro Dexter Gordon que tocó su saxofón en Blue Bar, en la playa de Migjorn. Incluso el músico brasileño Gilberto Gil compuso el tema Ladeira da Preguiça, dedicado a Formentera, durante una visita en 1971. Más tarde, en 1986, las playas de Formentera sirvieron de inspiración a Chris Rea para su famoso On the Beach.

La primera referencia que encontramos sobre esta leyenda es del escritor y periodista Mariano Planells, colaborador de Diario de Ibiza, que en un artículo publicado en estas páginas en julio de 2011 reconoce: Yo fui el primero en publicar en letra impresa que Bob Dylan estuvo viviendo unos meses en Formentera. En 1982 lo amplié en mi librito Tanit y las niñas de purpurina. Pero siempre he aclarado que el rumor jamás ha sido confirmado y mira que se lo he preguntado a gente desde Ibiza a Nueva York, desde Formentera a París o Londres». Nadie me lo ha confirmado. El hecho es que, con el tiempo, se ha consolidado el rumor y se ha marginado mi aclaración.

Posteriormente, el escritor Pedro Martín quiso ahondar en el mito y en la leyenda y fue componiendo una historia para situar a Bob Dylan en Formentera justo después de famoso y mitificado accidente de moto en Woodstock, el 29 de julio de 1966. Desde esa fecha y hasta el 20 de enero de 1968 el músico se esfuma y solo volvió para cantar tres canciones en el Carnegie Hall, en un concierto benéfico en honor del recién fallecido Woody Guthrie, tal y como recoge el periodista Fernando Neira en la edición de El País del pasado 14 de octubre. En cambio, Pedro Martín elige ese periodo de retiro del músico para situarlo erróneamente en la isla.

Entre los autores que no tienen nada clara esta leyenda está el experto musical, profesor de Geografía de la UIB, y editor, Climent Picornell. En una artículo publicado en 2009 se preguntaba: ¿Ya sé que son manías de un freaky viejo como un servidor, pero pasó realmente Bob Dylan por Formentera o es otro de esos bluffs que van pasando de mano en mano? Más adelante continuaba: Algunas circunstancias han hecho variar mi punto de vista, pero no la convicción de que no permaneció en ningún molino en el verano de 1967. La historia es como sigue.

Bob Dylan, ya rico y muy famoso,ha publicado una de sus obras maestras, el doble long play Blonde on Blonde, el 29 de julio de 1966 tiene un accidente de moto en una Triumph 500, y no se ha acabado de aclarar si se hace mucho daño o es la excusa para desaparecer una temporada, estresado por la tensión de la fama. Según se desprende de las biografías que he leído, no salió de Estados Unidos – me había retirado y vivía como un ermitaño, explicó– ni se movió del lugar donde vivía. Se cambió de casa, su hija Anna nació en verano y ensayó con algunos componentes de lo que luego sería The Band, cuenta R. Robberston que registraron las cintas del sótano, preludio del siguiente disco, John Wesley Harding.

Extraído del artículo de Carmelo Convalia:
Bob Dylan nunca estuvo en Formentera|Diario de Ibiza 14.11.2016

 

09 de noviembre del 16

09/11/2016 § Deja un comentario

Tras el uso y abuso que la isla de Formentera sufre durante la temporada estival por parte de los turistas y otros bárbaros, los elementos que protegen la naturaleza, aquellos que evitan que el lugar padezca una destrucción sin control por quienes no respetan lo que vienen a disfrutar, han caído rendidos.

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Y como en otras ocasiones, hechas las fotos que demostraban el desperfecto y localizado el lugar, hemos contactado con el Sr. Bartomeu Escandell Tur, miembro de GxP (Gent per Formentera) y vicepresidente segundo del Consell de Formentera quien, en menos de 24 horas, ha resuelto el problema.

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Sea este post sincero agradecimiento a aquellos políticos que escuchan a los ciudadanos, comprenden el problema y, si pueden, lo resuelven satisfactoriamente. Gracias, de corazón.

26 de octubre del 16

26/10/2016 § Deja un comentario

¿Se han preguntado ustedes en dónde está el centro geográfico de Formentera? Nosotros hemos intentado calcularlo, encontrarlo mediante un método simplista ya que no tenemos otros medios.

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Tomando los tres límites naturales de la isla hemos elegido tres puntos desde Los que hemos trazado un triángulo, uniéndolos. Posteriormente hemos hallado el centro del triángulo, tal como observamos en la imagen.

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Este punto corresponde en el plano a la posición 38°41’23.19″N 01°28’42.67”E, lugar en el que hemos puesto una marca, una fita tal como dirían en la isla en pagés.

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Para aquellos que conocen bien la isla puedan ver en donde se encuentra este punto equidistante de los tres extremos, les ampliamos la imagen. Si desean mayor detalle, pueden recurrir a Google Earth y buscar las coordenadas que les hemos citado: 38°41’23.19″N 01°28’42.67”E.

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Por cierto, muy próximo a este punto pueden observar como hay quien ha repetido la isla en su terreno, con las carreteras que recorren Formentera, los tres faros, las cuatro torres de vigilancia y los restos megalíticos tal como se puede observar en la última imagen  38°41’15.42″N  01°28’48.94″E

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Rogamos a geógrafos y cartógrafos nos perdonen las inexactitudes.

20 de octubre del 16

20/10/2016 § Deja un comentario

Desde que el 11 de noviembre de 2009 el Gafotas empezara el blog Mis Faros , han pasado casi siete (7) años. En este tiempo nuestro compañero ha ido dibujando todos los faros y balizas que ha ido encontrando a lo largo de la costa peninsular, primero cantábrica, luego atlántica y posteriormente mediterránea, incluyendo las islas.

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En estos momentos está subiendo las luces de la isla de Mallorca, aunque tiene preparados en stock, que lo hemos visto, las ilustraciones hasta Villanueva y la Geltrú, completando con todas ellas diecisiete (17) cuadernos.

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Si hablamos de todo esto es porque con la ilustración de la baliza E0329.6 situada en Portals Vells, Mallorca, que hoy ha subido, hace la número mil (1000) del catálogo del blog. Por amor al arte.

http://miscuadernosdiarios.blogspot.com.es/

14 de septiembre del 16

14/09/2016 § Deja un comentario

Una pregunta que se hace el equipo de este blog es cuánto es capaz de resistir la Naturaleza sin rendirse, abandonarse y dejarse morir. Lo decimos porque a diario vemos atentados contra ella,

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Otra pregunta que nos hacemos es si los turistas de nuestros tiempos no saben leer iconos o simplemente les gusta ir a lugares privilegiados en los que la naturaleza se ha conservado para ser ellos FTD (First To Destroy) es decir,  los primeros en destruirla.

¿Dónde estoy?

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