05 de marzo del 19

05/03/2019 § 7 comentarios

LA PROMESA

Sabida viene la profusión de cuevas en Formentera; es sobre todo en las partes acantiladas donde resulta frecuente el hallazgo de oquedades, de abrigo y de espeluncas. El curioso de esta materia, a poco que se arriesgue en lo más escabroso del paisaje de la isla, puede todavía encontrar antros no visitados por los turistas -por lo general bastante menos ávidos éstos de acercarse a los lugares donde no llega el autobús, la Formentera abrupta y verdadera, que de tumbarse al sol en las más urbanizadas playas- ; pero hay una cueva que nadie, ni nativos ni forasteros, ha encontrado en estas eras. Se sabe que existe y se conoce aproximadamente su emplazamiento; mas sólo un hombre tiene la potestad para hallarla, y ese hombre murió hace cientos de años.

Era mediado el siglo IX (al menos así lo cuenta el teólogo calvinista, e historiador famoso, Petrus Apianus * en uno de sus Estudios), es decir, cuando las invasiones francas. Habitaba entonces en Formentera un tal Ibrahim-al-Samit (llamado también Al-Jaud, es decir, el Abundante o algo parecido), señor «poco poderoso» aludiendo al escaso número de sus vasallos y de sus barcos; pero dominaba sobre toda la isla; y lo hacía con tan suave preminencia (impropia de aquellas edades), que la sumisión de su gente se lograba más frecuentemente con amor que con castigos. Estaba tan prendado de su esposa que jamás, desde su matrimonio, quiso saber de poligamia o de caprichosas relaciones con esclavas. La fortuna que le proporcionaba su actividad de pirata (de alguna profesión hay que vivir), en sus correrías por las costas peninsulares y las islas más cercanas, la repartía siempre con equidad entre sus vasallos. En suma, era un hombre recto y, como tal, riguroso cumplidor de sus afirmaciones, ofrecimientos y compromisos.

En pleno invierno -época inhabitual para la navegación de entonces-, aprovechando las mediterráneas calmas de enero, en las que el mar aparece tranquilo como pequeño lago y en la orilla se aprecian las más notables bajamares, una importante flota franca acudió desde Mallorca a las costas de Formentera, fondeó frente a la boca de la Rada d’es Peix, hoy inapropiadamente denominada Estany d’es Peix, a relativo abrigo de los vientos, y desembarcó sus tropas en los cercanos arenales del Noroeste.

Mal podía resistir nuestro judío a las numerosas fuerzas ni impedir el seguro saqueo; pero era valeroso, confiaba en la lealtad de sus hombres, comprendía lo escasas que eran las posibilidades de huída y, en tal tesitura, no quiso de intentar la defensa de la isla. En su sensatez, empero, recelaba del resultado de la desigual pugna, y quiso esconder a su amada en un  lugar fuera de todo peligro. Para ello le buscó cobijio en una cueva situada entre la Gavina y sa Pedrera, amplia (provista de un escaso, pero suficiente, manantial de agua dulce), y con secreta entrada que nadie sino él conocía. Allí guarecida debía esperar su regreso del combate. -Confía en mi vuelta, le dijo. Y ante los expresados temores de ella insistió: -Volveré, te lo promerto; queda tan segura de mi regreso como de que Formentera linda con el agua salada. Después partió a enfrentarse con el invasor.

Los isleños lucharon con valor; primero que cayeron dejaron a sus pies montes de invasores. Mas, como era de esperar, dada la desproporción entre ambas fuerzas, los formenterenses resultaron vencidos, y sus casas ardieron después del pillaje. Escasos fueron los supervivientes llevados como esclavos a las naves francas; si nuestro Al-Jaud no estaba entre ellos, y los atacantes habían sometido a todos los heridos, es de suponer su triste final. Hasta aquí la historia de Petrus Apianus.

Pero hay más: las gentes que viven cerca de Portu-Salé (nombre que  viene de Portus salarius, al decir de algunos eruditos) afirman, con toda seriedad, que cada año, cuando llega el plenilunio del mes de enero y está la mar en leche, de una cueva cuya entrada nadie ha podido hallar sale la esposa de Al-Jaud; saltando como un cabritillo baja por el acantilado hasta la orilla, introducew sus manos en el mar y las lleva a la boca; permanece allí un momento, emprende el regreso, sube por las rocas, y se adentra de nuevo en la ignorada cueva. Todos los plenilunios de enero sucede de la misma forma.

Han pasado siglos; pero fiel y constante espíritu todavía confía en una promesa que, así Dios nos guarde, algún día se cumplirá

  • Apianus, Petrus. «ZWÖLF STUDIEN ZUR GESCHISTE DER JUDEN IM PITHIUSEN KÖNIGREICH WÄHREND DES 8. UND 10. JAHRUNDERTS». SDtuttgart, 1942. (Sic en la portada)

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós

 

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