10 de diciembre del 19

10/12/2019 § Deja un comentario

Cuenta la leyenda que allá por principios del siglo XIII, la ciudad de Orihuela estaba invadida por musulmanes. En el castillo de esta ciudad, vivía el alcaide Benzaddon con su familia. Hermenegilda Eugenia, alias La Armengola, era la nodriza de los hijos de Benzaddon, por este motivo ella tenía acceso libre al Castillo de Orihuela. Un día, los mudéjares locales se reunieron con los del Reino de Murcia para asesinar a los cristianos residentes en la mozarabía del Arrabal Roig. Se concretó que dicha matanza se llevaría a cabo el 16 de julio. La Armengola era cristiana, pero Benzaddon le contó sus planes para que fuera a refugiarse al castillo junto con su familia.

La Armengola decidió advertir de los planes del alcaide al pueblo cristiano de la masacre que iba a cometer. Así pues, en la noche del 16 de julio disfrazó a dos robustos jóvenes llamados Aruns y Ruidoms para que parecieran sus hijas. De este modo, llegaron al castillo y entraron, emprendiendo a cuchillazos contra todos los que se encontraban por el camino hasta llegar a Benzaddon. Al asesinarle, tomaron el castillo. Al ser al día siguiente el de las Santas Justas y Rufina, patronas de Orihuela, se colocaron dos luceros en el castillo en su honor, y también para avisar al pueblo oriolano de que era libre. Al día siguiente, 17 de julio, Jaime I de Aragón terminaría por echar a los musulmanes de Orihuela. Desde entonces, el 17 de julio es el día en el que se conmemora la hazaña de esta mujer guerrera y de la Reconquista de Orihuela.

Fuente: Armengola

03 de octubre del 19

03/12/2019 § Deja un comentario

Una leyenda canaria cuenta la historia de Gara y Jonay que hace a Gara princesa de La Gomera y a Jonay príncipe de Tenerife. Jonay nada hasta La Gomera utilizando varios odres de piel de cabra inflados como flotadores, impulsado por el presentimiento de que allí encontrará lo que desea.

Una vez en la isla se informa de la existencia de Gara, a quien muchos pretenden, y resuelve conocerla. La encuentra y le habla, pero ella lo rechaza por no ser de su estirpe a pesar de sentir también una predisposición hacia él.

Jonay vuelve a intenarlo y Gara lo rechaza de nuevo, haciendo que el muchacho se enfurezca y la golpee. Un pastor ve la escena y da aviso al resto del clan de Gara, que captura a Jonay y lo condena a muerte.

A la mañana siguiente Gara libera a Jonay y huyen, siendo pronto perseguidos. Finalmente, en la cumbre de la isla son cercados, pero antes de que los apresen se suicidan atravesándose los corazones con dardos de madera.

Fuente: Leyenda de Gara y Jonay

26 de noviembre del 19

26/11/2019 § Deja un comentario

Justo enfrente de la Catedral, en la plaza del Obispo, vivió en el siglo XVII doña Sancha de Lara. Tenía ésta un sobrino predilecto llamado Alonso Torres y Sandoval quien era requerido en cualquier fiesta de cierta importancia en la ciudad por su belleza y nivel social, teniendo por ello a todas las chiquillas tras de sí, y entre ellas, la misma hija del alcalde, Pedro Olaverría, a quien Álvaro ignoraba, cosa por la cual y como se preveía en la ciudad, daría lugar a un choque entre ambos. Efectivamente así ocurrió durante una función teatral en la que al llegar el primer edil, y como era de costumbre en la época, todo el público se ponía en pie en señal de respeto pero Álvaro quedó sentado, lo cual causó la cólera del alcalde quien manipulado por su esposa, mandó prenderlo, siendo más tarde ejecutado con garrote vil.

Tal injusticia llevó a doña Sancha de Lara a viajar hasta Madrid endeudándose incluso para ello y se arrojó a los pies del mismísimo rey, Felipe IV, solicitando que se castigase a los verdugos de su sobrino. Y así se hizo; se recurrió a un enviado real quien hizo justicia ahorcando en la plaza mayor de Málaga a alcalde, jueces y verdugo, hasta un total de siete personas. Tras ello doña Sancha mandó esculpir una placa de piedra con siete cabezas, representando a los siete ajusticiados, que colocó en la fachada de su vivienda.

De esta leyenda hoy día solo se conserva una de las antiguas calles de la ciudad, remodelada con posterioridad, donde hasta 1860, existió la vivienda de dicha señora, que fue demolida por amenaza de ruina.

Las actas del Cabildo de aquel tiempo no dicen nada al respecto, tan solo que el corregidor don Álvaro de Luna y Mendoza, administró justicia con castigos ejemplares.

Fuente: Sancha de Lara

19 de noviembre del 19

19/11/2019 § Deja un comentario

Dentro del término municipal de Noalejo, pero muy cerca de Arbuniel, se encuentra el Cortijo de la Torre, al pie del cerro Atalaya, llamado así por la pequeña construcción árabe que en otro tiempo hubo en su cima y de la que hoy apenas se distinguen los muros arruinados de sus cimientos.

En la época de mayor esplendor musulmán este cortijo estaba en poder de un moro llamado Gallarin, que se había apropiado a costa de la Conquista de un extenso territorio en toda la comarca. Junto al lugar de su residencia y en lo alto de un cerro había mandado construir un torreón desde donde divisaba un amplio territorio sembrado de fortalezas y torres vigías cuyas ahumadas le advertían de los peligros de incursiones enemigas.

Contaba este gerifalte moro con la amistad y la confianza de un personaje muy principal, el rey Almanzor, aquel caudillo vencedor en más de ochenta batallas, y con frecuencia recibía sus visitas en su escondido rincón de Sierra Mágica. En una de ellas, Almanzor, como un gesto premonitorio de su trágico final en Calatañazor, le propuso esconder en algún lugar secreto de su propiedad todos los tesoros que había acumulado a lo largo de sus correrías por el suelo peninsular.

Así fue que con la asistencia de los más allegados súbditos de Gallarín excavaron un profundo subterráneo con cámaras adecuadas donde Almanzor fue colocando todas sus riquezas. Entre ellas destacaban los nueve caballos cargados de oro y el famoso collar de la Reina de Nápoles, también introdujo abundante armamento, espadas, monturas, etc., como para dotar a un grandioso ejército y, además, un retrato de todos los moros que durante siglos habían cruzado el estrecho para pisar tierra española. Pero una vez acabado el trabajo y después de camuflada totalmente la entrada de la caverna, Almanzor receló de su amigo y maquinó una traición que acabó con la muerte de Gallarín y de todos sus colaboradores. Derribó su palacio y la torre vigía que había construido en el monte, hasta tal punto que no quedó rastro de que aquella tierra hubiera estado poblada en ningún momento.

No pasó mucho tiempo cuando el ministro árabe tuvo que abandonar tierras segovianas derrotado y perseguido hasta que se encontró con la muerte en las puertas de Medinaceli, quedando su tesoro en el anonimato para siempre.

Según las cronicas, vivía cerca de Cambil una mujer muy rica que tenía mucha amistad con el obispo de Jaén. Solía visitar a menudo al prelado y le llevaba buenos regalos. En una ocasión, el obispo, en pago de su amistad le dio una copia del testamento del Rey Almanzor, que estaba en el Archivo de la catedral jiennense. Lo curioso de este documento era la descripción tan precisa que daba de un lugar muy concreto situado a una treintena de kilómetros de la capital, de lo que podía tratarse muy bien de un tesoro.

Esta señora guardó el documento en su cortijo con la idea de algún día prestarle un poco de atención, cosa que no ocurrió nunca, pues al poco tiempo una grave enfermedad acabó con su vida. El cortijo pasó entonces a manos de unos nuevos dueños, los que descubrieron el documento. Lo leyeron en voz alta, sin comprender al principio su significado, y cuando sospecharon lo que podía ser, guardaron celosamente el papel donde nadie pudiera encontrarlo. Pero no contaron con la avisada memoria de su moza, que aprendió el texto de corrido y que sería de la siguiente forma

A cinco leguas de Jaén, sitio de la Torre, señas más principales: la loma de las Cabras y el castillo derribado en la atalaya que divisa siete torreones. El terreno que allí existe tiene dedos y yemas y rayas en las piedras. Un árbol negro con un tronco muy grueso y unos endrinos. Tres mogotes de piedra hechos de la mano del hombre, uno enfrente de Coloma y los otros al hilo de éste. De uno de ellos baja un carril desmochado de piedras, cuando acaba, a tres metros en dirección al sol saliente, una piedra igual de ancha que de larga tapa un agujero y a continuación un pasillo ancho y largo, no hagas caso de cuanto veas ni oigas, sigue adelante hasta que veas, al final, dos poyos grandes.

En un principio las pesquisas se dirigieron al castillo de Arenas, en término de Campillo de Arenas, donde, según cuentan, más de una fortuna se ha derrochado cavando túneles por los alrededores, y aun la vida de algún desafortunado que la arriesgara remontando sus peligrosos paredones.

Al no encontrarse nada las prospecciones cambiaron de escenario, llevándose a cabo más recientemente en el cortijo de la Torre, sin que hasta hoy sepamos de ningún descubrimiento importante.

Fuente: La leyenda de Gallarín y el tesoro del rey Almanzor

12 de noviembre del 19

12/11/2019 § Deja un comentario

Cuenta la leyenda que un caballero jerezano, llamado Luis de Montoro en algunas versiones, Álvaro de Mendoza y Virués en otras, con fama de jugador, espadachín y bebedor, tras haber dejado en el suelo a una víctima de sus duelos, tuvo la osadía de retar al mismo diablo.

En el momento de haber clamado el reto, sintió una fuerte punzada en su brazo derecho, apareciéndole una enorme herida sangrante. Huyó con horror a su casa en la calle Justicia, a través de la Plaza del Mercado. Para paliar sus miedos y calmar su remordimiento, en su casa y en dirección al Rincón Malillo, mandó poner una cruz de hierro forjado en una hornacina en piedra.

Cuentan que desde entonces pasó horas encerrado en su casa y comenzó a ser conocido por los vecinos como El Enjaulado. Tras su muerte, muchos años después, la herida de aquella noche seguía sin cicatrizar.

Fuente: La leyenda de Rincón Malillo

05 de noviembre del 19

05/11/2019 § Deja un comentario

Una leyenda de Cazorla trata de una princesa mora encerrada en las mazmorras del Castillo de la Yedra por su padre el rey del Castillo.

Ante el inexorable avance de las tropas cristianas éste encerró a la princesa en una cueva cercana al castillo tapiando la entrada con la intención de rescatarla cuando las tropas cristianas se hubieran marchado, refugiándose él con su tropa en la cercana sierra que rodea al pueblo.

Sin embargo, las tropas cristianas alcanzaron al rey y a su séquito dando muerte a todos ellos y ocuparon la población de Cazorla.

La princesa aprisionada en la cavidad, ignorada por todos, según cuenta la leyenda, a causa de la oscuridad y la humedad se metamorfoseó mitad en lagarto mitad mujer, y desde entonces permanece en la cueva de la que sólo sale las noches de San Juan, en las que se puede oír su lamento.

Yo soy la tragantía
hija del rey moro,
quien me oiga cantar
no verá la luz del día
ni la noche de San Juan.

Fuente: La Tragantía
Ilustraciones: Ana Domínguez Navarro

29 de octubre del 19

29/10/2019 § Deja un comentario

La leyenda de la Torre de la Malmuerta dice que Fernando Alfonso de Córdoba era uno de los caballeros más relevantes de la ciudad de Córdoba, donde destacaba por sus enormes posesiones y su inmensa fortuna, y además gozaba de la amistad del rey Juan II de Castilla, padre de Isabel la Católica, lo que le proporcionaba una sólida y respetable posición en la Corte castellana.

Este noble estaba casado con Beatriz de Hinestrosa, dama muy joven y de gran belleza, a la que amaba profundamente, y ella ejercía tal dominio sobre él que era capaz de trocar el carácter guerrero y agresivo de su esposo, a poco que se lo propusiera, por otro más dulce, agradable y cordial, convirtiéndole en un persuasivo y sagaz diplomático. Beatriz era envidiada por todas las mujeres de Córdoba a causa de su extraordinaria hermosura y a causa del amor que le profesaba su marido, que era absoluto e inquebrantable. Pero, sobre todo, la dama era respetada y admirada a causa del lujo y posición social que había alcanzado con su matrimonio. Pero a pesar de aquella plácida existencia, la pareja tenía una frustración, y era la de no haber tenido hijos, lo que enturbiaba la felicidad del matrimonio.

Las crónicas de la época señalan que ambos cónyuges hicieron todo lo posible por lograr descendencia, desde solemnes votos y promesas religiosas hasta conjuros de adivinos orientales y sortilegios de hechiceros mahometanos, aunque esto último les llenaba de remordimientos, pero confiaban en la misericordia de Dios, pues sus hijos serían fieles cristianos, al igual que sus padres. Sin embargo, todo fue inútil, y Fernando Alfonso de Córdoba, desengañado de brujos y doctores, pensó que tenía que confiar más en su amor y en la naturaleza y, convencido de que estas causas naturales se incrementarían en su palacio y en sus fincas de Córdoba, decidió abandonar la Corte y volver a su ciudad para no separarse de su esposa, y vivir su unión matrimonial alejado de las perturbaciones políticas y cortesanas.

El monarca castellano, que le tenía en gran estima, no quiso dejarle marchar sin entregarle un regalo que le sirviera como recuerdo de aquellos tiempos pasados junto a su rey. Se trataba de un valiosísimo anillo, primorosamente trabajado, que se distinguía por ser una verdadera obra de arte, y el profundo amor que el caballero cordobés sentía hacia su esposa se puso de manifiesto en esa ocasión, ya que le entregó a ella el anillo que le había regalado Juan II de Castilla.

No llevaban mucho tiempo en Córdoba ambos cónyuges, llevando una vida retirada, cuando un día recibieron la visita de dos primos de Fernando Alfonso, los comendadores Fernando Alfonso de Córdoba y Solier y Jorge de Córdoba y Solier, que eran hermanos de Pedro de Córdoba y Solier, obispo de Córdoba. Ambos visitantes eran caballeros de la Orden de Calatrava y cada uno de ellos era comendador en una localidad, siendo Fernando Alfonso comendador del Moral y Jorge comendador de Cabeza del Buey. Además eran apuestos y gallardos y también hermanos gemelos, y había tanta semejanza entre ellos que incluso su propio padre era incapaz de diferenciarlos. Beatriz se apresuró a festejarlos y a dedicarles todas las atenciones que le fuera posible, pues no deseaba regatear ningún agasajo a aquellos familiares de su esposo, y de ese modo, las fiestas y banquetes en honor de los comendadores calatravos se fueron sucediendo.

El comendador Jorge de Córdoba se enamoró perdidamente de Beatriz y pronto ese amor pasó a ser una incontrolable pasión. Los comendadores continuaron durante algún tiempo en Córdoba y nada hacía sospechar que Jorge tuviera ni siquiera la posibilidad de declararle sus sentimientos a la bella esposa de su primo, aunque un acontecimiento totalmente imprevisto modificó sustancialmente el devenir de los protagonistas de esta historia. El Ayuntamiento de Córdoba tuvo que hacer una importantísima petición al rey Juan II de Castilla, y como la persona más idónea para acelerar la gestión en la Corte era el caballero Veinticuatro Fernando Alfonso de Córdoba, el Ayuntamiento aprobó por unanimidad que sobre dicho caballero recayera la responsabilidad de desplazarse a la misma y transmitir al monarca castellano la petición del concejo cordobés.

A Fernando Alfonso le desagradaba profundamente tener que distanciarse de su esposa pero no tuvo más remedio que cumplir su obligación. Partió entristecido, aunque confiando en el honor y en la lealtad de sus primos y, de hecho, solicitó a los comendadores que cuidaran de su esposa durante su ausencia. Las gestiones de Fernando Alfonso en la Corte se fueron complicando y se vio obligado a retrasar su regreso a Córdoba, y lo único que disminuía su tristeza por estar alejado de su esposa eran las cartas amorosas que ésta le enviaba, aunque al cabo de tres meses de ausencia las epístolas de Beatriz comenzaron a ser menos frecuentes y, al mismo tiempo Fernando Alfonso comenzó a recibir cartas de un fiel criado suyo en las que se le conminaba a regresar a Córdoba lo antes posible.

Mientras permanecía en la Corte, Fernando Alfonso recibió un día la visita de su primo, el comendador Jorge, que venía desde Córdoba para solicitar una audiencia a Juan II. Los dos parientes hablaron encomiásticamente de Beatriz, alegrándose su marido de poseer tan buenas noticias sobre su mujer y de que los comendadores la tuvieran en tanta estima. Jorge se entrevistó con el rey y después, regresó rápidamente a Córdoba.

Mientras tanto Fernando Alfonso fue requerido por el monarca para que se presentara ante él con la mayor urgencia, y una vez en su presencia, el rey le habló visiblemente enojado, y al preguntarle el caballero cordobés por el motivo, el rey le indicó que no se había comportado como un buen vasallo, ya que le había importado muy poco el anillo que le había regalado, puesto que se lo había dado a su primo Jorge. Fernando Alfonso dijo al rey que no sabía a lo que se refería, y entonces el rey le contestó que acababa de ver puesto en un dedo de la mano derecha de Jorge el anillo que él mismo había regalado a Fernando Alfonso al despedirse de él.

El caballero cordobés se puso lívido y de repente comprendió todo la desgracia que había caído sobre él, e invadido por la cólera y por un irrefrenable sentimiento de odio y de venganza, solamente dijo al rey que consideraba que guardar el anillo que el monarca le había regalado era lo mismo que guardar su honor, y que si había perdido la joya es que también había perdido su honor, y una vez dicho esto hincó su rodilla en tierra y solicitó al monarca permiso para poder recuperar ambas cosas, anillo y honor, y el rey comprendió que algo grave le ocurría a su vasallo y le concedió licencia para regresar a su ciudad.

A lomos de su caballo, y sin tomarse más descansos que los necesarios para que su cabalgadura pudiera continuar, el caballero Veinticuatro llegó a su casona de Córdoba, que se alzaba frente a la iglesia de Santa Marina. Su esposa Beatriz salió a su encuentro y se mostró más enamorada y encantadora que nunca, tanto, que Fernando Alfonso llegó a dudar de que le hubiese sido infiel, y por ello decidió aguardar y comprobar si se había cometido contra él alguna traición. Además, el aspecto de su casa era digno y satisfactorio y se oían risas y canciones, y Fernando Alfonso casi llegó a convencerse de que su esposa era inocente e incapaz de traición alguna.

Al amanecer, Fernando Alfonso salió al jardín, donde le esperaba su fiel criado Rodrigo, y este le informó de que Beatriz y su primo Jorge eran amantes y que en infinitas ocasiones habían mancillado su hogar y su lecho conyugal. El caballero Veinticuatro, lleno de furia y de deseo de venganza, juró que se vengaría, y aquella misma noche organizó una partida de caza con el fin de probar a sus primos, los comendadores calatravos, y tal y como él esperaba, ninguno de los dos quiso ir a cazar con él, pretextando que tenían asuntos urgentes que atender en la ciudad. Y entonces Fernando Alfonso simuló ir solo a la cazar, dejándoles a ellos en libertad de obrar como quisieran.

En cuanto el caballero Veinticuatro partió de cacería, se reunieron en uno de los salones Beatriz y una prima suya con la que compartía secretos y pecados, y con las damas estaban también los caballeros calatravos, Jorge, amante de Beatriz, y su hermano Fernando Alfonso, amante de la prima de Beatriz. Cenaron los cuatro y bailaron al son de un laúd, tocado por los jóvenes y despreocupados comendadores. Y mientras tanto, el caballero Veinticuatro aguardaba sigilosamente en el jardín y se dedicó a espiar a los culpables y a esperar el momento propicio para vengarse.

Y cuando las dos parejas de amantes dieron por terminada su alegre reunión, se retiraron a diferentes aposentos de la casa, siendo ese el momento que aguardaba el ofendido esposo de Beatriz para acabar con ellos. Rápidamente entró en el cuarto donde se hallaban su esposa y su primo Jorge, y primero apuñaló a su esposa con una daga y después, con su espada, mató al comendador, que corría en busca de la suya para defenderse. Y a continuación Fernando Alfonso entró en la habitación de su otro primo, que se llamaba igual que él, y los mató a él y a la prima de su ya difunta esposa.

Las derivaciones de esta leyenda son espantosas, ya que hay autores que aseguran que no pararon aquí las muertes, y que el caballero Veinticuatro mató a cuantas personas se encontraban en su casa y conocían su deshonra, aunque en cualquier caso cuando ejecutó su venganza, despareció acompañado por su fiel criado Rodrigo, para tratar de olvidar su tremenda desgracia, ocultándose en algún lugar lejano.

Los documentos de la época señalan, independientemente de la leyenda, que el rey Juan II de Castilla tuvo enseguida conocimiento de lo sucedido y que, a petición de la ciudad de Antequera, en cuyo cerco se distinguió valientemente Fernando Alfonso de Córdoba, se le concedió un indulto real en 1449, un año después del crimen, y que a él se acogió el asesino de su esposa y de sus desleales parientes, aunque al parecer el indultado jamás volvió a aparecer en la Corte castellana.

No obstante lo anterior, otra leyenda señaló, aunque sin fundamento alguno, que Fernando Alfonso de Córdoba mató a su esposa por haber creído que le era infiel a pesar de que ella nunca lo había sido. Y según esta versión, el caballero, mostrándose arrepentido, pidió perdón al rey Juan II por el crimen cometido, y según esta leyenda el monarca le ordenó construir una torre en Córdoba como expiación por su crimen, llamándose desde entonces dicha torre la Mal-muerta. No obstante, la torre de la Malmuerta fue construida en realidad entre 1404 y 1408, durante el reinado de Enrique III de Castilla y varias décadas antes de que se cometieran estos crímenes (wiki)

Fuente Leyenda de los comendadores de Córdoba

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