15 de agosto del 17

15/08/2017 § Deja un comentario

La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria. Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.
Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.
Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

—Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las ánimas.
—¡Tan pronto!
—A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
—¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
—No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
—Ese monte que hoy llaman de las ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.

Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.

Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las eras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.

Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.

La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

II

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.

Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.

Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio. Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.

—Hermosa prima —exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban—; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.

Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
—Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido —se apresuró a añadir el joven— De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte… Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía… ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que vinistes a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atencion. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar… ¿Lo quieres?

—No sé en el tuyo —contestó la hermosa—, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo… que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.
El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:
—Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?

Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra. Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las campanas.

Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:
—Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? —dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
—¿Por qué no? —exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro… Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:
—¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
—Sí.
—Pues… ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.
—¡Se ha perdido!, ¿y dónde? —preguntó Alonso incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
—No sé…. en el monte acaso.
—¡En el Monte de las ánimas —murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial—; en el Monte de las ánimas!

Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
—Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor, hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche…. esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas… ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:
—¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de lobos!

Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:
—Adiós Beatriz, adiós… Hasta pronto.
—¡Alonso! ¡Alonso! —dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.

A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcóny las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

III

Había pasado una hora, dos, tres; la media roche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.
—¡Habrá tenido miedo! —exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a los que ya no existen.

Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas; tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.
—Será el viento —dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.

Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.

Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.
—¡Bah! —exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho—; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?

Y cerrando los ojos intentó dormir…; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.
El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.

Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los miembros, muerta; ¡muerta de horror!

IV

Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las ánimas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

Obras de Gustavo Adolfo Becquer
Tomo Primero
Leyenda 15: El Monte de las Ánimas

08 de agosto del 17

08/08/2017 § Deja un comentario

El palacio de Linares, conocido en sus primeros años como palacio de Murga, se encuentra en Madrid, situado entre el paseo de Recoletos y la calle de Alcalá, abriendo su fachada principal a la plaza de Cibeles.

Una turbia leyenda persigue a José y Raimunda, y al palacio que levantaron en Madrid. Según la rumorología madrileña, el palacio de Linares encerraría los fantasmas de los primeros marqueses de Linares, así como el de una niña, su supuesta hija. Siguiendo esta leyenda, José de Murga y Reolid le habría confesado a su padre, el rico comercial Mateo Murga y Michelena, haberse enamorado de una muchacha humilde, Raimunda Osorio, supuestamente hija de una cigarrera de Lavapiés.

Al conocer su padre el nombre de la joven, horrorizado, habría mandado a su hijo a estudiar a Londres, con el fin de hacerle olvidar tal amor de juventud. La razón de su espanto vendría dada por el hecho de que esa muchacha humilde habría sido fruto del amor extramatrimonial del propio Mateo con la madre de esta, y por tanto, ambos enamorados serían hermanos de padre.

La leyenda continúa situando a Mateo recientemente muerto y a los jóvenes recién casados. En tal situación habría encontrado José una carta de su padre dirigida a él en la que le explicaba las razones de su oposición a tal relación. José y Raimunda, conscientes del pecado incestuoso que habrían cometido, se habrían dirigido al papa Pío IX, quien finalmente les habría otorgado una bula papal denominada Casti convivere, esto es, vivir juntos pero en castidad.

Sin embargo, el amor que se profesaban les habría hecho pasar por alto su relación de medio hermanos y habrían engendrado una hija, a la que habrían asesinado siendo niña para evitar un gran escándalo. Tal hija, Raimundita, habría sido emparedada o ahogada, y enterrada en el propio palacio y, según tal leyenda, hoy en día, seguiría su espíritu paseándose por los grandes salones del viejo palacio cantando canciones infantiles y llamando a sus padres.

A pesar de que durante años no se han podido encontrar pruebas históricas que demuestren que los marqueses eran hermanos de padre y que tuvieran ninguna clase de descendencia, el reciente trabajo de la historiadora Carmen Maceiras Rey parece demostrar lo contrario.

Documentación: Palacio de Linares.
Libro: El secreto de Raimunda

01 de agosto del 17

01/08/2017 § Deja un comentario

Cuenta la leyenda que cuando fue nombrado caballero a los 17 años, Roldán recibió la espada Durandarte o Durandal de manos de Carlomagno, espada que guardaba varias reliquias y que menciona Roldán tras partir la roca en la que trató de romper a Durandarte, para que no cayera en manos de los infieles vascones y que son: un diente de San Pedro, sangre de san Basilio, cabellos de san Dionisio, así como un trozo de manto de Santa María.

Durandarte acompañó a Roldán hasta su muerte en la Batalla de Roncesvalles el 15 de agosto del 788. Y son muchas las versiones de lo que sucedió con ella. En La Chanson de Roland y El cantar de Roncesvalles se menciona que Carlomagno lo encuentra con la espada al lado.

En otras versiones Roldán arrojó la espada al agua antes de morir para evitar que cayera en manos enemigas. En El Bierzo se cuenta que la espada de Roldán se encuentra en el Lago de Carucedo, cerca de las minas romanas de Las Médulas.

Hay otra versión que dice que el caballero leonés Bernardo del Carpio tras vencer a Roldán cogió la espada Durandarte con la cual posteriormente fue enterrado en Peña Longa, en Aguilar de Campoo. Más tarde Carlos I desembarcó en Laredo y al pasar por Aguilar se detuvo en la tumba de Bernardo del Carpio, y tomó la espada que le acompañaría durante gran parte de su vida.

También en un muro exterior del Santuario de Rocamadour se encuentra incrustada una espada que se afirma es Durandarte, clavada por Roldán huyendo de sus enemigos, a fin de que no pudiera ser encontrada por estos.


Y es allí donde, incrustada en la roca del precipicio sobre los edificios del santuario, estuvo durante nueve siglos una espada, sujeta con una cadena. No estaba completa, sino a falta de un trozo. Los propios monjes, que identifican esta espada con la famosa Durandal, aseguran que fue el propio Roldán quien la incrustó allí, para que no cayese en manos de sus enemigos.

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25 de julio del 17

25/07/2017 § Deja un comentario

Hoy, día de Santiago, nuestro patrón pues peregrinos somos, les vamos a contar una leyenda del Camino, en Puente la Reina, y que se desarrolla en el puente que da nombre a la villa, la leyenda del chori.


Con este nombre, tomado de la voz vasca txori o pájaro, nació a principios del siglo XIX una leyenda en Puente la Reina. Dice la conseja que, allá por 1823, los puentesinos repararon en que una avecilla visitaba la capilla que la Virgen del Puy tenía en la torreta central del puente románico.

El minúsculo pájaro volaba de vez en cuando hasta allí para rendir homenaje a la Virgen, limpiando devotamente con sus alas las telarañas de la imagen y lavando el rostro de la Señora con el agua del rio que recogía en su pico. Los puentesinos quedaron extasiados ante tal maravilla y andaban ojo avizor para no perderse la contemplación de las piadosas andanzas del pajarito.

No tardó en considerarse que sus visitas podían ser anuncio de buenos presagios, ordenándose que sus apariciones se celebraran con bandeo general de campanas y solemnes funciones religiosas, para acabar sumándose a estos eventos la celebración de alguno que otro festejo taurino.

Un día, según cuentan las crónicas, el general cristino conde de Viamanuel, que estaba con sus tropas en el pueblo en agosto de 1834, se burló de los puentesinos por creer en tales cosas. Se empeñó en demostrar que aquello no era ningún prodigio del cielo; mandó apresar un pájaro y lo llevó al puente esperando que hiciera lo mismo que el chori. Pero el pájaro voló y el chori continuó con sus cortesías a la Virgen.

Viamanuel se enfureció y fingió tener noticias de un ataque de Zumalacárregui al pueblo. Así mandó detener a varios sacerdotes y personas a las que creía cómplices del general carlista. Al poco tiempo llegó una tropa de don Carlos y derrotó al cristino, que fue hecho prisionero y pasado por las armas. Los carlistas del pueblo no necesitaron más que decir que eso había sido un castigo de Dios por haberse burlado del chori

Las visitas del chori se sucedieron durante veinte años, cesando en 1843 al destruirse la torreta en que se hallaba la capilla de la Virgen. En esa fecha se trasladó la imagen de Nuestra Señora del Puy a la iglesia de San Pedro.

Documentación:
La leyenda del Txori
El puente de Puente la Reina

18 de julio del 17

18/07/2017 § Deja un comentario

Vamos buscando leyendas por los mundos y olvidamos las que tenemos más próximas, las de casa. Y decimos esto porque en Zarauz, en el Palacio de Narros, se recuerda que en la noche de cada 23 de agosto, festividad de San Bartolomé y aniversario de la matanza de hugonotes que los católicos realizaron en Paris, suceden cosas extrañas en el Salón Azul, un cuarto que siempre huele a incienso sin que nadie sepa explicar porqué.

Se dice que en 1572 hubo una terrible tormenta que echó a tierra muchas naves y náufragos. Entre estos apareció herido un inglés que por su condición de caballero fue alojado en el Palacio de Narros. Murió al poco por las heridas causadas y acusó a las gentes de la Villa de haber sido envenenado por su religión, muriendo entre blasfemias a la fe católica y sin perdón.

Desde entonces, cada año, la noche del 23 de agosto, al dar las 12, se oyen ruidos extraños en el Salón Azul, mientras que la priora Sor Micaela del Santísimo Sacramento, mueve la mano desde el cuadro que la retrata, Jacob despierta de su sueño y don Miguel de Zarauz abre la boca.

Luis Coloma, conocido también como el Padre Coloma, escritor, periodista y jesuita español creador del personaje del Ratoncito Pérez, cuenta la historia del palacio de Narros en su libro Nuevas lecturas, d1912. En él, de la página 121 a la 163 narra el terror que vivió en persona y que posteriormente investigó y que se puede descargar gratuitamente en varios formatos (pdf, epub, kindle, etc) en el enlace El Salón Azul.

El año 1990 el Grupo Hepta consiguió permiso para entrar al palacio, e investigar lo que Luis Coloma contó en su libro. En éste video de 17 minutos, se documentan los sucesos del Salón Azul, sus cuadros, la historia del hugonote que allí murió y todo el misterio que envuelve al Palacio de Narros, ofreciéndonos en el reportaje imágenes del interior del palacio que incluso para la mayoría de zarauztarras son totalmente desconocidas.

Dicen que la imagen del palacio de Narros vista en Google Earth nos muestra una máscara veneciana con ojos felinos, algo que nos hace recordar la pelicula Eyes wide shut  y los ritos ocultos y demoníacos que en palacios parecidos situa Stanley Kubrick

Documentación: El Salón Azul, una puerta oscura en el Palacio de Narros

 

 

 

12 de julio del 17

12/07/2017 § Deja un comentario

Del Imago mundi por Honorius Augustodunensis destacamos el Mapa de Sawley, fechado alrededor de 1190. Este mapa desempeña una función enciclopédica al reunir y organizar visualmente la riqueza de conocimientos geográficos acumulados en la Biblia, leyendas griegas, cuentos de aventura alejandrinos y cosmografías antiguas. Organiza el mundo en términos de centralidad y lejanía: el mar Mediterráneo, esbozado en verde, se encuentra en el centro, mientras que Gran Bretaña, Britannia insula, en la esquina inferior izquierda y los monasterios del desierto de Egipto, en la parte superior derecha, aparecen en el borde exterior. Incluye el Mar Rojo, dividido, en la esquina superior derecha. Scylla y Charybdis, los monstruos marinos del mito griego, en el Mediterráneo. Y el Paraíso, apropiadamente, en la cima.

11 de julio del 17

11/07/2017 § Deja un comentario

Para leyendas, las clásicas de toda la vida. Y si no nos creen, he aquí un ejemplo. En la mitología griega, Ícaro fue hijo del arquitecto Dédalo, constructor del laberinto de Creta. Retenidos, decidieron escapar de la isla, pero dado que el rey Minos controlaba la tierra y el mar, Dédalo se puso a trabajar para fabricar alas para él y su hijo. Enlazó plumas entre sí uniendo con hilo las plumas centrales y con cera las laterales, y le dio al conjunto la suave curvatura de las alas de un pájaro.

Cuando terminó el trabajo, Dédalo batió sus alas y se vio suspendido en el aire. Equipó su hijo y le enseñó cómo volar. Cuando ambos estuvieron preparados, Dédalo advirtió a Ícaro que no volase demasiado alto porque el calor del sol derretiría la cera, ni demasiado bajo porque la espuma del mar mojaría las alas y no podría volar.

Una vez que hubieron pasado por varias islas, el muchacho comenzó a ascender. El sol ablandó la cera que mantenía unidas las plumas y éstas se despegaron. Ícaro agitó sus brazos, pero cayó al mar. Su padre lloró y lamentando amargamente sus artes, y, en su memoria, llamó Icaria a la tierra cercana al lugar del mar en el que Ícaro había caído.

Pausanias cuenta una versión más prosaica en la que ambos huían de Creta en pequeñas barcas, para lo cual Dédalo inventa el principio de la vela, desconocido hasta entonces para los hombres. Ícaro, navegante torpe, naufragó frente a la costa de Samos, en cuyas orillas se encontró su cuerpo. Heracles le dio sepultura en esa tierra, que desde entonces se llama Icaria.

Documentación: Ícaro.

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