25 de abril del 17

25/04/2017 § Deja un comentario

Ahora le llaman es Bosc de sa Pujada; pero hace cientos de años lo llamaban es Bosc d’es Diable. Me refiero, claro está, a esa parte de pinar desmedrado que hoy día queda a la derecha de la carretera, según se sube a La Mola, poco después de sobrepasar el inicio de la corta desviación que conduce a dos modernas urbanizaciones hosteleras.

Cuando sucedió lo que voy a relatar, aquel rincón del bosque desde el monte de sa Talaia al mar, era impenetrable; siglos de respeto por parte del hombre habían hecho crecer allí una espesura en la que se entrelazaban el pi bord, el pi ver, la savina, el ginebre, el raspai, la mata, el matapoll, la espinalera… en una maraña de tales características que constituía el reducto salvador de todos los animales del bosque cuando eran perseguidos por  los cazadores armados de ballestas. Dicen las viejas, las consabidas viejas que cuentan estas leyendas, que el respeto sentido por los habitantes de Formentera hacia aquel marañal partía de haber observado que era el único lugar de la isla donde se daba un determinado arbusto de escaso porte llamado garrover d’es diable. Pongámoslo más claro diciendo que ese arbusto no es otro que el denominado en latín anagyris foetida y en español altramuz hediondo. Tal vegetal, como el lector avisado ya habrá supuesto, tiene unas hojas de las que se puede decir cualquier cosa, excepto que de ellas emanen aromas gratos. Y como produce unos frutos relativamente parecidos a las algarrobas, han dado en llamarlo garrover, solo que las mismas viejas a las que arriba hemos aludido sostienen que si al algarrobo verdadero lo hizo Cristo para regalo del hombre, a este otro algarrobo repulsivo lo hizo el diablo para contrarrestar la bondad del divino don. Vamos, una de las que se llaman acciones de oposición eterna.

De los comentarios que anteceden se deduce que nada de extraño había en que una parte de bosque tan agreste, tan intrincada, tan llena de barrancadas, tan espesa en leños, tan oscura y además poseedora en exclusiva de ejemplares de un arbusto denominado algarrobo del diablo, fuera llamada, como queda dicho, es Bosc d’es Diable.

Aconteció, pues, que un cazador morisco acechaba ya durante muchas lunas a un negro jumento salvaje, y que, siempre que estaba a punto de alcanzarlo, este lo esquivaba refugiándose en el bosque del diablo. Al igual que hacen todos los caminantes, que en lugar de atajar por el bosque lo rodean sin penetrar en él, al igual que hacen los pastores, que silbaban para recoger el rebaño cuando las cabras y las ovejas se acercaban a aquella espesura y retrocedían, nuestro cazador abandonaba la persecución apenas la pieza había atravesado los lindes de la zona prohibida. Y no es que este hubiera sido hitada, es que sus límites eran tan evidentes, tan manifiestos, como si de una finca murada se tratase. El cazador era joven, era audaz y era vigoroso; pero el miedo crea fronteras incluso para el vigor, la audacia y la juventud.

No obstante, a medida que, con unas u otras variantes, huyendo desde el norte o desde el sur, se repetía la burla, crecía también en nuestro hombre el afán de apoderarse del negro jumento y domeñarlo. Naturalmente, lo quería vivo, y eso le impedía hacer uso de su ballesta, de forma que solo lazos y trampas eran las armas que empleaba conta la codiciada pieza. Mas tanto progresó su interés, alimentado lateralmente por la burla de que creía ser objeto por parte de tan inferior animal, que un infausto día, en lugar de pararse por el linde del marañal, penetró con osadía en él, violando la reserva del bosque. Al seguir la pista que la pieza iba dejando, se internó en el secreto paraje; avanzó tanto que llegó a oír el mar, lo que indicaba que estaba ya más cerca de la costa que del camino desde el que había entrado. Rabioso, dos veces intentó disparar su ballesta; lleno de ira, ya no quería apresar vivo al asno salvaje, sino matarlo. Pero entre la maraña no resultaban eficaces los virotes. Por otra parte, era muy difícil avanzar, pues debido a los arañazos de las ramas sangraba por la cara, los brazos y las piernas; y mal le defendía la ropa desgarrada. El jumento, inexplicablemente, podía pasar por lugares que luego se cerraban al cazador. Detenerse para afinar la puntería suponía el riesgo de perder al animal de vista. Al fin, ya muy cerca del acantilado, en un reducido claro del bosque, se topó con la pieza parada, vuelta cara a él. Y dicen que entonces el asno le habló.

Un hedor insoportable siguió a las increíbles y obscenas palabras de la bestia. A continuación el bosque se oscureció y, simultáneamente, para mayor contraste se fue haciendo una luz misteriosa, como un halo flamígero, alrededor del perseguido jumento: el cazador comprendió que tenía ante sí la abominable figura del diablo que le increpaba y amenazaba. Sintió el joven tal terror que dejó caer la ballesta; un nunca imaginado largo escalofrío le recorrió la espalda; las piernas le temblaban, blandas; el sudor de la carrera se le había helado. Entonces el maligno avanzó hacia él lentamente, seguro del trágico final de aquel encuentro. Buscando el cazador la que se le daba más fácil salida del lugar, corrió alocado por el barranco, hacia la mar. Cambiados los cometidos, era ahora el diablo quien le perseguía. Aullando de pavor, el joven corrió con desespero al acantilado, buscó una bajada por la que llegar al agua, pues se le antojaba a él que en la mar podía estar su salvación y, finalmente, perdió el equilibrio, dio un salto imposible y cayó rodando, rebotando por las rocas hasta la pedregosa orilla donde las olas rompen ruidosas a la menor marejada.

Al sitio donde el cazador se despeñó le llaman hoy Caló d’Es Mort. Y en el borde del derrumbadero persisten visibles unas huellas, como de pezuñas, que las viejas dicen que son las que dejó el diablo en su persecución. Todo el que vaya allí puede verlas.

Documentacuión:
Leyendas de Formentera
Leyendas de Formentera.

18 de abril del 17

18/04/2017 § Deja un comentario

Ya fingidas, ya certificadas, existen tradiciones que duda en propalar incluso la torpe disposición del que escribe despreocupado de delicadezas; y eso, porque teme que al hacerlo no conseguirá ni su satisfacción ni la del lector. Tales leyendas, indignas por sus protagonistas, muestran la oscura cara de la culpa y del odio; cabe así preguntarse si merecerán la memoria, pues exclusivamente incita a su recuerdo el temor de que quede oculta, si la tradición se silenciase, otra posible noticia sobre el origen de un nombre de lugar en Formentera.

Eran tiempos de miseria en la Pityusas; por carecer de todo muchos habían perecido de hambre, pues de solas yerbas y algún pececillo se alimentaban los más. Sin cosechas, por falta de lluvias durante varios años; sin ganados, ayunos estos de pastos; sin vestidos, por haber cesado todo trueque o comercio; sin pesca, por falta de utensilios; en fin, desnutridos y náufragos en todo mal se hallaban los habitantes de Formentera. De tales condiciones surgieron raras pandemias y contagiosos morbos. Una sucesión de encadenadas desgracias parecía arropar a la isla: llovieron hormigas, un viento del sur acercó una extraña enfermedad (o quizás no fue el viento, sino un cerdo hinchado, a medio corromper, que la mar dejó en Migjorn), se pudrió el agua en los aljibes, no había parto bueno, todo eran achaques.

Dos pequeños grupos de organización tribal se repartían entonces aquellas tierras; uno aposentado en torno a la escasa altura que hoy se denomina Es Puig Guillem, en Barbaria; el otro aproximadamente a levante de lo que ahora es el caserío de San Fernando. Siempre rivales, su enemistad se había concretado empero en formas de desprecio; es decir, había tenido como declaradas características una aparente ignorancia mutua y una perfecta insolidaridad. Por otra parte, mientras los miembros de una u otra tribu no sobrepasaran los confines determinados para las comunidades (límites que casi exactamente constituían la mitad del este y la mitad del oeste de la isla), ningún incidente podría ocurrir entre ambas colectividades.

Pero la miseria convirtió la indiferencia en odio y los intentos de rapiña dieron ocasión a continuos encuentros en lo que la carencia de comestibles limitaba la salvación de los heridos, que eran a veces rematados por sus propios compañeros. Era una elemental guerra entre pobres, una guerra sucia, de famélicos contra desnutridos, de enfermos contra malparados, de desengañados contra desesperados; el provecho, la más de las veces, unos puñados de trigo, una cabra flaca, unos pulpos secos: escaseces para engañar los vientres.

Al fin triunfó uno de los grupos —ni sabemos cuál, ni importa— y los depauperados vencedores no encontraron ya alimentos en el poblado de los vencidos. Se habían acabado los sigilosos ataques al alba, las acometidas a los corrales, las nocturnas marchas. ¿Qué hacer ahora con los prisioneros? No olvidemos que los motivos de aquella guerra habían sido el hambre y la miseria. De modo que decidieron respetar temporalmente la vida de los más resistentes y, maniatados, los encerraron en un murado recinto. A partir de ese día comenzaron a matarlos uno a uno; y uno a uno se los fueron comiendo. Pensaron que incluso había suficiente carne para mantener a los mismos prisioneros mientras llegaba su turno, y que así les duraría el ganado humano al menos durante toda una luna y podrían alargar su privación.

Solamente el antiguo jefe de los vencidos, un indócil gigante con la cara acuchillada, salido de la guerra sin lesión reprehensible, se negó a alimentarse con las carnes de sus compañeros. Famélico y depauperado como estaba, todavía le temieron y, aunque en el turno que habían establecido los vencedores el jefe enemigo iba a ser el último, lo madrugaron a morir para evitar una revuelta de los prisioneros.

Temores religiosos impedían que las matanzas (aquellos no eran sacrificios) se hicieran cerca del emplazamiento de la aldea; por eso el centenar de supervivientes —contamos a los vencedores y a los vencidos—residía ahora en las inmediaciones del carnicero lugar: una elevación pedregosa de escasa vegetación. Allí llevaban a los prisioneros cuando los sacaban de su encierro. Designada la víctima, entre cuatro la sujetaban, la obligaban a posar la cabeza sobre un tocón de pino y le cortaban el cuello de un hachazo.

Anticipadamente, como hemos dicho, le llegó el turno al jefe de los vencidos. Con aparente docilidad, que la fiereza de su mirada desmentía, subió al lugar. Casi toda la tribu enemiga se había congregado allí para presenciar la muerte. El condenado miró a los vencedores despaciosamente, recreándose en observarlos. Antes de colocar su cabeza sobre el tajo volvió a mirarlos; buscaba los rostros de sus enemigos y les sonreía. Era una mirada tan extraña que los que ocupaban las primeras filas retrocedían incómodos.

Cuando el hacha hábilmente manejada partió su cuello con un limpio corte, la cabeza del condenado rodó por el suelo; al detenerse, quedó plantada por la parte seccionada: era como si se asomara desde dentro de la roca sobre la que permanecía. Sea porque ello impidiera la pérdida de sangre, sea por otra causa natural o misteriosa, lo cierto es que la cabeza siguió aparentemente viva. Los ojos trazaron casi un semicírculo mirando a la gente allí agrupada, y la cabeza habló; se le oyó decir con tardanzas: —Malditos los que nos han comido, los que ahora están aquí y yo he podido ver después de muerto…

Y así fue. Otra epidemia exterminó en pocos días a la mayoría de los habitantes. Siete quedaron vivos; parece que ninguno de ellos había comido carne humana, ni tampoco acudido a presenciar el fin del jefe decapitado. (Esos siete pudieron haber sido los redimidos antepasados de las siguientes generaciones de formenterenses).

El lugar donde dicen que ocurrió todo lo que antecede es hoy conocido por el nombre de Sa Mirada. Cabe en lo posible que la tradición, en distintas lenguas, haya conservado el recuerdo del macabro hecho: la cabeza que miró y habló; tampoco sería insensato que el nombre se refiera a la excepcional panorámica que desde aquel sitio cabe gozar; es igualmente admisible que el topónimo aluda, en concreto, a la ventajosa situación de esa colina para observar la llegada de las barcas procedentes de Ibiza, una vez superados los Freos. No habiendo vestigios que confirmen o nieguen la leyenda, cabe desflecar todas las acepciones de la palabra “mirada”; y que el lector escoja el origen del topónimo.

Extraído de: Leyendas de Formentera.

11 de abril del 17

11/04/2017 § Deja un comentario

Cuenta una leyenda urbana que una anciana muy pinturera se ponía cremas a última hora del día, preparándose para acostarse con los rulos y la mascarilla con la que cuidaba su arrugada piel, con el camisón estilo mortaja. Al abrir la puerta de su dormitorio, antes de encender la luz, oyó cómo alguien entraba en la casa.

Asustada, temiendo lo peor, se escondió en el armario, entre sus trajes, tal como habían hecho años atrás sus amantes cuando llegaba algún familiar.
Oyó como, quien revolvía el piso, iba perdiendo la prudencia según veía que nadie había en la casa, pudiendo la anciana percibir en qué cuartos iba entrando el delincuente gracias los ruidos que creaba, adivinando en dónde miraba, qué cajones revolvía, aumentando el pánico que la invadía.

Según más se aproximaba el intruso a su dormitorio, más se asustaba la anciana, llegando a estar completamente aterrorizada cuando oyó como el ladrón había llegado finalmente a su alcoba. Sintió como el rufián buscaba en el tocador, revolvía la cama en busca de las joyas o dinero que tenía en una caja del subsuelo de un importante banco y cómo se aproximaba al armario en el que estaba escondida, que el ladrón abrió de golpe, momento en el que ella no pudo evitar un desgarrador grito.

Cuando llegó la policía, encontraron el cadáver. El médico adelantó el diagnóstico que confirmaría posteriormente el forense: muerte súbita por reacción adrenérgica, es decir, fallo cardíaco causado por el susto e impresión en estado de extrema ansiedad al encontrarse cara a cara con el terror, una momia que profirió un aterrador grito desde la oscuridad que la ocultaba en el fondo del armario.

04 de abril del 17

04/04/2017 § Deja un comentario

En Cuenca, ciudad de misterios, enigmas y empedradas calles repletas de pasajes históricos, se cuenta una leyenda en la que un joven se enamoró de una bella dama, la más hermosa que jamás había pisado las calles de la ciudad, pero la cuál escondía tras su belleza un terrible secreto.

Bajando desde la calle Pilares, se llega a la ermita santuario de las Angustias. Erigido el conjunto en el siglo XIV, es el lugar donde se sitúa la leyenda.

Vivía por estas calles un hermoso muchacho, hijo del oidor de la villa. El joven perseguía una tras otra a todas las doncellas casaderas del lugar y, luego de cortejarlas y conseguir sus propósitos, las dejaba plantadas.

Un día conoció a una dama forastera recién llegada a la ciudad, extraordinariamente bella y además, seductora. Cuando pasaba por las calles, las mujeres bajaban la mirada y de reojo miraban qué hombre era aquél que se atrevía a sonreírle, pues su belleza a todos intimidaba.

Un buen día, el joven de quien hablábamos decidió lanzarse y presentarse. La hermosa mujer le correspondió dándole su nombre, Diana. Pero viendo sus claras intenciones, le daba largas.

El muchacho se obcecó con ella y con hacerla suya, algo que ella le ponía difícil. Hasta que una mañana, en vísperas de Todos los Santos, ella le hizo llegar una nota en la que había escrito con elegante caligrafía: Te espero en la puerta de las Angustias. Seré tuya en la Noche de los Difuntos.

Esa noche se arregló con las mejores ropas y las fragancias más sublimes que guardaba para las ocasiones especiales y salió a conquistar a la dama.

Retumbaban los truenos y el cielo se iluminaba con los rayos cuando acudió a la cita, a pesar del temporal que recogía a la ciudad en sus casas.

Al llegar, la encontró en el atrio y la abrazó. Ella le respondió con besos que hicieron arder de pasión al joven, quien comenzó a levantar la falda de su amada.

Cuando descubrió sus piernas, vio que llevaba botines altos. Comenzó a quitarle el derecho en el momento que cayó un rayo que iluminó el pie de la joven, que no era tal sino una pezuña siendo su pierna la de un macho cabrío.

Aterrorizado, el joven tiró el botín y salió corriendo, abrazándose a la cruz que hubo en la puerta de las Angustias. Ella, que era el mismísimo diablo, con una voz profunda y cavernosa, lanzaba carcajadas que resonaban en las antiguas piedras del santuario mientras se abalanzaba sobre él, lanzándole un zarpazo al tiempo que un trueno ensordecía la noche.

Cuenta la leyenda que cuando abrió los ojos, vio que el zarpazo le había rozado el hombro y había dejado una marca en la piedra, todavía humeante.

Y allí, en la puerta de este lugar, se puede ver la famosa cruz a la que el joven se acogió para salvarse del zarpazo del diablo, que quedó grabado en la piedra y que todavía puede verse.

Fuentes:
www.lanaveva.wordpress.com
La leyenda de La Cruz del Diablo
Leyendas españolas

28 de marzo del 17

28/03/2017 § Deja un comentario

Para celebrar la llegada de la primavera les vamos a contar la leyenda de los Anunnaki, un grupo de deidades sumerias y acadias que son identificados en los textos como los Anunna y con los Igigi, los dioses menores.

En el mito de Atrahasis se afirma que, antes de la creación del hombre, los dioses tení­an que trabajar para vivir. Entonces, los Anunna lograron que una categorí­a de dioses inferiores, los Igigi, trabajaran para ellos, hasta que se rebelaron y rehusaron continuar trabajando. Entonces Enki creó a la humanidad para que esta asumiera la responsabilidad de realizar las tareas que los dioses menores habí­an abandonado y, a través del culto, suministraran el alimento a los dioses.

En el poema Enúma Elish, fue Marduk quien creó la humanidad y después dividió a los Anunna entre el cielo y la tierra y les asignó tareas. A continuación, los Anunna, agradecidos a Marduk, fundaron Babilonia y edificaron un templo en su honor, llamado Esagila.

La reinvención del término de los Anunna a través de su forma acadia, Anunnaki, surgió en 1964, tras la publicación del libro Mesopotamia antigua: retrato de una civilización muerta, del asiriólogo Adolph Leo Oppenheim, quién popularizó este concepto que fue tomado por distintos personajes del mundo esotérico y de pseudociencias de Internet.

El azerbaiyano Zecharia Sitchin publicó una decena de libros conocidos como Crónicas de la Tierra a partir de los años 1970. En ellos, supuestamente quedaban traducidas tablas sumerias de escritura cuneiforme y textos bí­blicos en su escritura original.

En el libro El 12º planeta narra la llegada de los Anunnaki a la Tierra procedentes de un supuesto planeta llamado Nibiru hace unos 450.000 años: seres altos de unos 3 metros de altura de piel blanca, cabellos largos y barba, quienes se habrí­an asentado en Mesopotamia y que, por ingenierí­a genética, aceleraron la evolución del Homo Sapiens aportando su propia genética, por la necesidad de tener trabajadores esclavos.

Según los escritos de Sitchin, la tecnologí­a y poder de los Anunnaki aún no habrí­a sido superada, planteando que podí­an efectuar viajes espaciales y manejar la ingenierí­a genética hace 450.000 años, y que habrí­an dejado sus rastros en toda la Tierra con tecnologí­a aún desconocida como en la construcción de pirámides egipcias, mayas, aztecas y chinas, en el cí­rculo megalítico de Stonehenge, en el puerto espacial de Baalbeck, en las lí­neas de Nazca y en Machu Pichu.

Las suposiciones de Sitchin han sido descartadas por cientí­ficos, historiadores y arqueólogos, que están en desacuerdo con su traducción de textos antiguos y su comprensión errónea de la fí­sica.

Documentación: Anunnaki

21 de marzo del 17

21/03/2017 § Deja un comentario

Para celebrar la llegada de la primavera les vamos a contar una leyenda sobre la felicidad. Por favor, tomen nota.

En el principio de los tiempos se reunieron varios demonios y uno de ellos dijo Deberíamos quitarles algo a los hombres a lo que otro respondió sí, quitémosles la felicidad y escondámosla en donde no la puedan encontrar.

En la cima del monte mas alto del mundo, dijo uno, a lo que inmediatamente repuso otro no, alguna vez alguien puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está.

Otro propuso esconderla en el fondo del mar a lo que alguno contestó no, recuerda que tienen creatividad y pueden construir un aparato para bajar y encontrarla.

Entonces escondámosla en un planeta lejano a la Tierra, sugirió un demonio menor y los demás contestaron no, tienen inteligencia y un día van a construir una nave en la que puedan viajar a otros planetas y la encontrarán, teniendo de nuevo la felicidad.

El último en hablar fue quien había permanecido en silencio, meditando mientras oía las propuestas de los demás. Analizó cada una de ellas y entonces dijo creo saber donde ponerla para que realmente nunca la encuentren. La esconderemos en ellos mismos y muy pocos serán capaz de encontrarla.

14 de marzo del 17

14/03/2017 § Deja un comentario

Dicen que el gamusino es un animal imaginario al que se hace referencia en varias regiones de España, Portugal y Cuba para gastar diversas bromas, tanto a niños como a todo tipo de inocentes. La más habitual consiste en convencer al novato de que el gamusino es un animal esquivo que solo puede cazarse de noche. El Diccionario de la lengua española de la RAE lo define como animal imaginario, cuyo nombre se usa para dar bromas a los cazadores novatos.

Términos similares son el extremeño gangüezno, la forma andaluza gamusino, la versión portuguesa gambozino, maimones en la montaña oriental leonesa, gambosí en valenciano, gamusino en Salamanca, gangüezno en algunas zonas de Extremadura biosbardos, gazafelloscocerellos en Galicia, cordobeyos en Asturias, gambozino en Portugal y gambusino o gamburrino en otros lugares de la península.

En el altoaragonés de la comarca de Ayerbe se utiliza por su parte el vocablo bambosino. Gambutzí significa en catalán enano tan diminuto que apenas es visible según término que recogió en 1950 el folclorista Joan Amades en su Costumari Català. Este vocablo se relaciona con el provenzal gambosí o gabuzo, que significa engaño. En Francia existe un animal fantástico equivalente, el dahu, siendo la chasse au dahu, o caza del dahu, una broma tradicional.

El mexicanismo gambusino describe a los buscadores de minerales y mineros de pequeña escala. También describe los buscadores de oro norteamericanos que  exploraban el terreno de Estados Unidos y Canadá en el siglo X!X.

En León el gamusino se utiliza, entre estudiantes, como broma a los novatos, a quienes se les hace creer que es una pieza de caza. Para ello, los experimentados hacen ver que corren y los cogen a la vez que el novato debe cargar con el saco en el que los encierran. Mientras el novato carga con el saco sin ver nada, los bromistas lo van llenando con piedras. También sirve como juego para los más pequeños durante la noche. Se los invita a ir a cazar gamusinos. Los responsables del juego hacen volar la imaginación hasta el punto de hacérselos ver entre los árboles, mediante sombras con una linterna. Los niños quedan convencidos de que han visto esta especie imaginaria.

Según los bromistas el gamusino es un animal que gusta del ruido. Se lo puede atraer haciendo sonar una lata de tamaño mediano con los golpes de un palo. El cazador o la víctima debe agarrar con una mano un saco que debe colocar tendido sobre el piso y con la boca abierta y de forma tal que el gamusino pueda entrar en él si se acerca corriendo. Junto a él y en el piso el cazador apoya la lata y comienza a hacerla sonar con el palo sostenido en la otra mano. El cazador debe cantar la canció Un, dos, tres, cuatro, gamusino al saco de forma continua. El sonido y la canción atraerán al gamusino, que entrará corriendo al saco.

A pesar del absurdo, son muchos los que caen víctimas de la broma. En muchas ocasiones son varias personas que se ponen de acuerdo juntas para gastársela a un novato haciendo una puesta en escena desde el principio, comenzando por entablar conversaciones frente a la persona que intentan engañar. Hablando de sus proezas en antiguas supuestas cacerías y de los gamusinos que han comido asados, se van poniendo de acuerdo sobre una cacería a realizar en esa noche. Poco a poco implican a la víctima, que se va mostrando interesada y que valientemente participa en la cacería y es de los que más fuerte pegan a la lata y los que más alto gritan Un, dos, tres, cuatro, gamusino al saco.

Documentación: Gamusino.

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