16 de abril del 18

16/04/2019 § Deja un comentario

EL TESORO

Tan poderosos eran los piratas berberiscos durante el primer tercio del siglo XVI que solían llegar, en sus incursiones, a todos los puertos del Mediteráneo cristiano, e incluso se aventuraban hasta los más cercanos del Atlántico. De entre los más célebres capitanes de aquellas turbas, destacan las historias a cinco hombres de distinto origen, aunque de similares propósitos: Jeir-al-Din, el segundo de los Barbarroja, hijo de un alfarero heleno, que adoptó las creencias musulmanas y se denominbó a si mismo “La bondad de la Religión”; Sinau, un judío de Esmirna apodado “El Mago”, capaz de orientarse en la mar, sin instrumentos, incluso durante la noche o entre la niebla; Dragut, natural de Anatolia, conocido por “El de Rodas”; Hassan, un renegado sardo, castrado -pues iba para eunuco-, al que la providencia privó de las aventuras del serrallo y otorgó, a cambio, las náuticas; por último -en esta relación, que no en la fama- Aydin (“El que regresa”), otro renegado, que recibió también el sobrenombre de Drub y fue llamado “El Diablo”, terror de los venecianos, franceses, genoveses, españoles y turcos (en efecto, terror incluso de sus aliados los turcos , porque nada respetó sino particulares intereses). Pues bien, la leyenda afirma que Aydin (“El que regresa”), es decir, Drib “El Diablo”, era nacido en Formentera, en algún lugar de sa Platja de Tramuntana.

Al llegar el buen tiempo, aproximadamente por el mes de abril, todas las flotillas piratas -tanto las que reconocían la supremacía de la Puerta como las reducidas a Gobierno menor- abandonaban el refugio de sus varaderos y comenzaba su actividad anual; iniciaban la acción, con sencilla técnica, situándose al acecho en las rutas cargueras, bien las que costeaban, bien las que a mar abierto seguían las más audaces naves. Por lo que a los puertos españoles hace, también al llegar el mes de abril se movían a navegar las vigilantes flotas de guerra, por si “bajaba el turco”. El mutuo acecho, con mil variantes, se producía con mayor intensidad en la vía de Cerdeña a Cartagena, y especialmente en el mar pityuso, una ruta marítima en la que los navíos parodiaban todas las suertes cinegéticas de podencos y liebres; pero de podencos y liebres mutantes porque, en función de su número y poder, los perseguidos solían revolverse para perseguir a su vez.

Los éxitos de Aydin (“El que regresa”) no se basaban tanto en su valor y astucia contrastados, ni en su ingenio al elegir el lugar y el momento más favorable para el combate, como en su importante red de espías -generalmente moriscos- que le daban información sobre fechas de arribada, riqueza de cargamentos, importancia de dotaciones, calidad de los barcos de escolta, y otros saberes que le consentían adelantarse a los hechos. Traicionaba mucho Aydin, arriesgaba poco, y atacaba en lugares conocidos, a poder ser a naves rezagadas o dispersas; gran parte de sus triunfos los obtuvo por tanto de modo fácil, y frente a las costas de Formentera que conocía con exactitud en todo su perímetro. Allí, junto a Cala Saona, venció al almirante Portuondo al que tomó siete de sus ocho galeras; allí, en la canal de Espardell, aprovechó un gargal favorable y pudo burlar a dos bergantines del rey de España; allí frente a Punta Prima -paraje sucio de rompientes- logró, con un ardid poco honroso hacer embarrancar a tres galeras de Venecia que le daban alcance, y empaló a sus capitanes. En fin, contar sus victorias más parecería difamación que admirado relato.

Tanto fue aumentando el tesoro de Aydin (“El que regresa”), o sea, de Drub “El Diablo”, que pensó en esconderlo. ¿Dónde mejor que en Formentera, isla de su nacimiento, epicentro de sus rapiñas, entonces tierra deshabitada por el temor a los piratas? Escogió un lugar que fue boscoso, y hoy está dedicado a tierra de labor; ordenó a una docena de sus más fielers que cavaran hoyos en los puntos que marcó; y como había señalado no menos de cien la tarea duró meses. Eran huecos de boca circular, de seis palmos de diámetro y quince de profundidad, acampanados. Si la roca aparecía antes de lo previsto, admitía Aydin alguna variación en las medidas, mas no demasiada, porque siempre había tenido afanes de simetría y equilibrio, pero ahora harto más importaban a su proyecto. Los hoyos seguían alineaciones, guardaban relaciones de distancia, dibujaban figuras elementales que, a su vez, componían otras más complejas; eran como puntos de un diseño inmenso para un imaginario espectador aéreo, ampliación del que a escala reducida había buscado Aydin con diversión.

Trabajaron los piratas con ímpetu, quizá guiados por la codicia. No se les había ocultado que el objeto de la tarea era disimular entre tanta hoya -una vez vueltas a cubrir las cien- la que verdaderamente escondería el tesoro. Posiblemente se les prometió gratificar la fatigosa empresa repartiendo entre los doce algo del inmenso botín; tal vez conciliados pensaban en robarlo años más tarde, después de desertar; lo cierto es que trabajaron como forzados. No menos de cinco meses navegó Aydin (“El que regresa”), mientras sus hombres cavaban, extraían tierra, picaban en la roca, apartaban arena, sacrificados, de sol a sol, desgastando herramientas, hasta concluir los cien agujeros precisamente en los cien puntos del complicado dibujo de su jefe.

Así que acabaron el trabajo (eran esas las instrucciones recibidas) colocaron un gallardete en lo más alto de un montículo de la parte de la isla hoy llamada Platja de Migjorn. No tuvieron que guardar mucho. Aydín había calculado bien el plazo necesario para las excavaciones; de forma que a los pocos días, su bajel, sin escolta alguna, fondeó a un cuarto de milla, frente al lugar, y desde el navío dio instrucciones a sus fieles -o quizá no tan fieles- para que embarcasen en la chalupa y se llegaran hasta él todos juntos.

El leído en narraciones de piratas y otros bandidos de la mar ya está imaginando lo que ocurrió: ninguno de los doce alcanzó a pisar la cubierta del bajel. Es bien cierto que no sabían qué hoyo de los cien había de elegir Aydín; pero conocían el emplazamiento de todos. Aunque “El Diablo” no supiera estadística, poseía el suficiente simplicísimo bagaje de sentido común para saber que, incluso rellenados todos, buscando al azar, hubieran podido encontrar su tesoro muy probablemente antes de intentar el centésimo agujero. Sólo no saber que los hoyos eran cien y que guardaban cierta disposición entre ellos daba valor al ingenioso propósito de Drub. Su intención era ocultar el botín -sin ayuda de nadie- en uno de los agujeros, rellenarlo, y disimularlo, después, también sin ayuda, rellenar y disimular otros cuatro; el resto de las hoyas no tenía más razón que servirle de referencia y desorientar a los codiciosos, y para esto valían igual visibles que rellenas pues, con tal de poder referenciar tres cualesquiera de ellas, según su muy estudiado diseño, podía encontrar la única importante.

Una vez que se hubo asegurado de la eterna lealtad de los doce excavadores, sin otra colaboración que la de su lugarteniente, Aydín (“El que regresa”) llevó hasta la playa un mulo, dos palas y las ocho arcas que guardaban su tesoro. Por la historia de sus saqueos cabe deducir cuales eran las mejores piezas del botín: Un copón egipcio con siete facetas -en cada una, un diamante de treinta quilates, los siete de igual talla-; un cáliz que había sido de Clemente VII; dos collares de rubíes y dos de granos de aljófar, que fueron de los Angulema; un broche con cuarenta esmeraldas, por supuesto demasiado grande para soportarlo como adorno, que había pertenecido a Hipólito de Médicis; seis candelabros de factura mudéjar procedentes de la catedral de Barcelona. Menos inventariados, pero no menos valiosos: cruces, hebillas, diademas, puñales, fíbulas, pendientes, vasos; y piedras preciosas sin engastes.

Depositado el botín en la playa, el lugarteniente volvió al bajel. Cuatro veces vió la marinería desde lejos como Aydín se internaba en la isla, en cuatro viajes sucesivos con el cargado mulo. Siguiendo sus órdenes, nadie desembarcó durante dos días enteros; mas, al ver que no regresaba después del máximo plazo pretendido, decidieron todos sus hombres ir a buscarlo.

No les fue difícil encontrar el lugar de las hoyas. (Una curiosa, pero no infrecuente, variación topográfica ha hecho por desplazamiento que el área donde Aydín mandó excavar no sea precisamente la que hoy conserva el nombre de ses Clotades, sino otra zona cercana en la que los labradores han ido rellenando los agujeros con tierra y estiercol para plantar árboles frutales en las gigantescas macetas. El que esto escribe no desea comprometer con incitaciones a extraños la tranquilidad de tales labradores, alguno amigo suyo; por eso ocultará aquí el verdadero emplazamiento de ses Clotades que no es el que marcan los planos actuales.) No les fue difícil a los piratas -decíamos- encontrar el lugar de las hoyas; allí estaba el mulo y allí las palas. Recontados los visibles agujeros varias veces, eran noventa y nueve, sólo noventa y nueve. El centésimo habría podido hallarlo uno cualquiera de los doce escavadores, pero ya eran vianda de peces.

Por supuesto, el tesoro no fue hallado, y Aydín tampoco. Pero todos, entonces y ahora, estuvieron y estamos convencidos de que Aydín había regresado definitivamente a Formentera.

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.
Capítulo V: La cabeza.
Capítulo VI: El príncipe.
Capítulo VII: El monje.
Capítulo VIII: El rescate
Capítulo IX: El tesoro

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.

09 de abril del 19

09/04/2019 § Deja un comentario

EL RESCATE

Por lo común, la consagración de un lugar suele requerir algún ceremonial, y a veces hasta complicados ritos. El caso inverso, la desacralización, viene menos señalada por la necesidad del ritual, y más por sucesivas demostraciones de indiferencia. Luego, ni eso; porque la indiferencia en estado perfecto se comprueba por la falta de demostraciones.

Existe en Formentera, cabe San Francisco Javier, un viejo edificio que casi nadie (ni siquiera la menor parte de los formenterenses) sabe que fue una capilla, la única abierta al culto durante el siglo XIV. Después, en alguna de las ocasiones de abandono de la isla y subsiguiente despoblación, perdería la construcción -probablemente expoliada- su sagrado carácter, y llegaría, con los años, a ser una edificación rural adscrita a la finca rústica llamada sa Tanca véia. Hoy mismo, la indiferencia con la que todos observamos ese edificio, se extrapola ya a la pérdida de su lejana vinculación sagrada, pues ni como masía parece tener interés.

Pues bien, esa construcción está unida a la leyenda que ahora relatamos. Se cuenta, en efecto, que la finca se vendió, hace más de quinientos años, a una familia, vuelta de una prolongada emigración por reinos extranjeros, que había regresado a las Pityusas tan fortalecida de imperio económico como descreída y paganizada.

Al parecer, un día en que los ateos nuevos dueños de sa Tanca véia andaban obrando en la que fue capilla, dieron con una hornacina oculta en la pared -grueso muro de casi un metro de espesor-, y encontraron allí una talla: una imagen de Cristo de escaso arte, realizada en madera de pino.

El hallago de un escondrijo tapiado siempre exacerba la codicia, de forma que no puede sorprender el desencanto de los buscadores cuando, en lugar del tesoro que confiaban en encontrar, apareció la talla de reducido valor que, además, representaba al Crucificado. Apartaron a un lado el objeto religioso, que era del tamaño de un niño de cuatro o cinco años, y buscaron en la tapiada hornacina algo de más precio; pero ni en aquel hueco, ni en otros con los que afanosamente dieron, se halló nada más. Solo un Cristo de pobre industria habían escondido aquellos muros.

Acudieron desde el desengaño a la exasperación; de forma que, por conseguir mayor irreverencia, echaron la talla en el cercano muladar (un antiguo osario), y prendieron fuego a la basura. Aunque se formó una gran hoguera, el Cristo no ardía por más que le arrimasen tizones o añadieran leña a la fogata.

Lo prolongado de los intentlos hizo que la rara situación llegase a advertirla un vecino cuya pierdad era celebrada en la isla; y tan pronto como éste comprendió el portentoso significado del malévolo y fallido designio se acercó a evitar la profanación. Ya que no la fuerza de sus brazos -pues era canijo, y los ateos le hubieran aporreado- utilizó la de su ingenio, echando cebo a la codicia de los impíos: de modo que les prometió la compra de la talla si la sacaban del fuego.

Separado de la hoguera, el Cristo apareció sin menoscabo, pues en la imagen no habían prendido las llamas. Ahora quedaba por estipular un precio. Era complicado hacer compatibles la avaricia de los impíos, y las escasas posibilidades dinerarias del vecino bueno; intervinieron mediadores en las discusiones, y se acordó al fin entre ellos algo que parecía muy favorable a los dueños de la talla: se pesaría el Cristo, y el precio sería su peso en plata.

En sa Tanca véia se juntó todo el pueblo para presenciar el lance. Los ateos se lo prometían muy provechoso, puesto que una pieza como aquella no podía estar en menos de cuarenta libras. El comprador y sus amigos habían reunido la totalidad de su dinero, e incluso algunos objetos de plata; pero desconfiaban de poseer tanto como sería preciso para contraponer al Cristo.

Se inició la pesada. En uno de los platos de la balanza colocaron el Crucifijo y en el otro un gran montón de monedas que, a ojo calcularon que no alcanzaría a equilibrar la carga de la talla. Vieron, sorprendidos, que el Cristo parecía pesar muchísimo menos de lo imaginado. Así que quitaron bastantes monedas, pero no bastó. Quitaron más, y siguió siendo insuficiente. Llegaron a reducir el montón a la décima parte de lo que al principio habían puesto; pero, por más monedas que quitaban de uno de los platos, el otro seguía en alto. Y continuaron apartando plata, para desesperación de los dueños de la talla.

Al fin se consiguió el equilibrio de la balanza; la imagen descendió hasta que el fiel manifestó la estabilidad entre ambos pesos: en uno de los platos la fea imagen, en el otro treinta monedas de plata. porque ese fue el precio del Cristo de sa Capella de sa Tanca véia.

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.
Capítulo V: La cabeza.
Capítulo VI: El príncipe.
Capítulo VII: El monje.
Capítulo VII: El rescate.

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.

02 de abril del 19

02/04/2019 § Deja un comentario

EL MONJE

Una tarde lluviosa, estando de paseo por Barcelona, entré en cierta librería de lance que me sirvió, a la vez, de distracción y de cobijo. En mi búsqueda sin urgencias por los anaqueles, mientras esperaba que cesase la lluvia, encontré uno de los quince volúmenes de la importante obra de William Klocck, escrita en Londres el año 1769, “An inquiry into the importance os sources odf the mediaeval history”, más concretamente el volumen noveno, es decir, el que debajo del título indica: “9th part. The legends”. Al pasar las hojas desde la portada al índice, saltó varias veces la palabra Formentera. Por eso, aun consciente de mi defientísimo inglés, compré el libro.

Media hora después, una vez acomodado en mi cuarto del Hotel, con la necesaria ayuda de un diccionario adquirido al tiempo que el volumen de klock, traduje la leyenda. Contaba ésta de cierto monasterio en Formentera, y de las raras circunstancias en que hubo de abandonarse, después de una saerie de sucesos que acontecieron tras la muerte de dos hombres, el segundo de ellos -el segundo en morir, si es que murió- un monje. La verdad es que el viejo monasterio por entonces ya había decaído en importancia, pues solamente acogía a a seis profesos. Por lo escrito se sabe que, siendo imposible señalar distinción jerárquica entre ellos, los seis habían optado por gobernarse mediante esa funesta forma que en política llaman democracia. “De ahí digo yo que nacería el decaimiento de sus costumbres.) Está claro que, con o sin el desgraciado fin del monje Guiu, y la subsecuente persecución de sus otros compañeros, el candente monasterio probablemente habría sido abandonado de todos modos, pues ya es síntoma degenerativo aplastar la pirámide natural de las subordinaciones con el artificio del sufragio.

En aquellos años (parece ser que la narración indica que los hechos sucedieron alrededor de 1340 de la Encarnación, aunque eso no es seguro porque el libro tiene unas páginas deterioradas, y la fecha se lee con notoria dificultad), Formentera mantenía pocos habitantes, solamente dos centenares; y eso barajados los cristianos y los árabes que habían permanecido tras la conquista de la isla por el rey de Aragón. No debemos olvidar que estos monasterios solían erigirse en lugares solitarios pues las comunidades se decían, con forzada paradoja, ansiosas de las comodidades del desierto.

Cerca del monasterio -demasiadocerca para cumplir las apetencias que señala el voluntariopropósito de solitud con anterioridad expresado- habitaba un matrimonio anciano al que la providencia había concedido tardíamente una hija. Y ésta, según dice la leyenda, era tan joven como atractiva (*). En nuestro monje se fueron acumulando deseos que a nadie relataba; no podía hacerlo a su superior porque no lo había; no cabía que se descargase de tales  concupiascencias aconsejándose de sus hermanos de religión, porque temía sus burlas. De forma que buscó en la oración y en las disciplinas la ayuda que mejor le hubiera otorgado la confesión. ¡Cuántas veces, asomado a la mar en el extremo oriental de la isla, la Punta d’es Garbaions -donde se solía retiraer ebn busca de trasnquilidad-, prometió a Dios vencer sus inclinaciones! Pero ni los sacrificios físicos ni los rezos lograron el efecto mitigador que el desdichado Guiu precisaba. Sus deseos crecían cada vez que la inocente moza acudía desde el aljibe al monasterio para llevar la diaria provisión de agua, o cada vez que la oía cantar a lo lejos, entonces desmayaba en sus propósitos devotos, desajustaba su continencia, y se le desmoronaban los argumentos de castidad.

(*) Traducido literalmente: “venusta como súcubo, bella en demasía para mujer”

No obstante, mal que bien, fue resistiendo el atribulado monje sus amorosos impulsos, hasta que supo que se había concertado el matrimonio de la joven campesina con un pescador de es Carnatge que vivía en la parte baja de la isla, en es Caló de Sant Agustí (*). Sintió entonces tales celos que, apenas supo el nombre del prometido, decidió darle muerte. Y un anochecer, en un recodo del labrado camino que rodeando el acantilado de sa Cala sube desde es Pou d’es Verro hasta la Mola, le machacó la cabeza con un garrote. Tras la fechoría, creció en él el deseo; el crimen le había estimulado, le había servido de excitante, de malsanio catalizador amoroso (Klock emplea en el texto palabras tales como erogenous y love-sickness); y corriendo, rijoso, chorreándole las barbas, acudió a la ventana del cuarto de su amada para acecharla en el lecho, pues todo en él solicitaba declarala sus intentos, ya degradado a deshonesto esfuerzo.

(*) Conservado el nombre completo hasta hace muy poco tiempo, hoy día sólo se llama, quizás por no hacer gasto, es Caló. Lo de San Agustín, por otra parte, alude al santo titular de la orden monástica del cenobio que esta leyenda cita.

Cuando se acercó al reducido hueco, e introdujo por él la cabeza, sintió repentinamente una gran rigides en sus brazos y en sus piernas; asustado, quiso apartarse, más ya no pudo. Alcanzó a dar un grito que casi pareció un maullido, con lo que despertó la doncella dormida en su intimidad.

Estupefacta, pudo ver la moza cómo, ante su ventana, el infeliz Guiu, tartamudo de movimientos, se iba convirtiendo lentamente en un leño; sus brazos se extendían como ramas, su cuerpo se asemejaba cada vez más a un tronco, y sus piernas se introducían en la tierra como raíces.

Klock termina indicando que nunca fue posible arrancar el árbol ni cortarlo; así era de duro. Tampoco consiguieron quemarlo, aunque repitieron el intento varias veces: parecía incombustible. Los otros cinco monjes, agreduidos por los amigos del asesinado, y amenazados de ataúdes, tuvieron que huir a Ibiza. La casa de la joven fue abandonada, y nadie quiso ya utilizarla ni siquiera como corral o porqueriza.

***

Uno no afirma ni niega nada. Pero en la Mola, cerca de los escasos restos de es Monestir d’es Frares,hay todavía una viej´ñisima construcción; y delante de una de sus ventanas existe una gruesa sabina seca, gris, muchas veces centenaria, retorcida, que tiene toda la apariencia de un hombre que se asomara al hueco. El tronco muestra marcas de hachazos inconclusos, y señas de intentos de combustión.

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.
Capítulo V: La cabeza.
Capítulo VI: El príncipe.
Capítulo VII: El monje

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.

26 de marzo del 19

26/03/2019 § Deja un comentario

EL PRINCIPE

BEARN.-[al tiempo que se aparta de los Obispos] Los recuerdos, Señor, son sedimenmtos de complicado análisis.
ALFONSO.-A ti te tengo por sabido en alquimias y por amigo; espolea tu memoria con ambas verdades para buscar la transparencia de la historia cierta.
“ALFONSO EL CASTO”. Acto II. Escena tercera..
[Pedro de Courcières]

Una saga escandinava, cuyo nombre le resulta difícil de decir a cualquier latino, ofrece constancia de los hechos que ahora narraremos. Con difusa imprecisión entre sus límites se aproximan aquí verdad y fantasía; pues, tanto realidad documentada como fábula de transmisión oral, comparten en esta narración aparentes inexactitudes. Así, al menos en su esqueleto, la presente leyenda no resulta inoportuna en un manual de Historia; mas, tal como la contamos, contiene algunos fallos que la remuneradora visita al lugar de los acontecimientos permite intuir, al mismo tiempo que valida el fondo del relato. Las mencionadas falorias aluden a la parte narrativa que se refiere al ataque y conquista de la cueva por los sarracenos. Desordenadamente expuestas surgen en las siguientes preguntas: ¿Dónde estaban, cuando el asalto, los navíos de los piratas árabes? ¿Cómo eligieron los atacados tal cueva por campamento? ¿No conocían en Formentera otras más cómodas de defensa? ¿Era una cueva tan abierta a las miradas el mejor lugar para ocultar un tesoro? Si se trataba, como parece, de una guarnición de reducida importancia, ¿qué les incitó a mostrarse a la poderosa flota normanda, e incluso a hostigarla? ¿Por qué exhibieron sus riquezas? ¿Cómo no tenían guarnecida la parte más alta del despeñadero? ¿Es posible que los largos cabos -probablemente de piel de morsa- necesarios para alcanzar el nivel de la cueva, resistieran el peso de las barcas, sujetas como estaban éstas solamente por los estraves de proa y popa? ¿Qué extraña corriente forzó el humo de los haces hasta el último fondo del antro? ¿De qué modo equilibraron los improvisados andamios? A quien visite el lugar de los acontecimientos se le han de proponer, espontáneas, muchas otras cuestiones semejantes, todas de condición ingrata para la narración tal como ha llegado a nosotros; pero, aunque multiplique sus críticas sobre la total verisimilitud de la historia, le ha de resultar placentero imaginar desde la cueva los acontecimientos en parte verdaderos que aquí se cuentan.

Corría el año 1170 de nuestra era. Los bárbaros normandos acudían a la primera cruzada, ya mediada ésta en su cronología. Iban, por supuesto, menos inflamados de ardor religioso, o poseídos de urgencias por combatir en Tierra Santa, que ansiosos de riquezas. Cuando murió en Irlanda el rey Magnus el Descalzo -que lo era de Noruega- su reino fue repartido entre los tres príncipes, sus hijos. Uno de éstos, Sigurdo -ya rey de las islas Orcadas- deseoso de contemplar por sí mismo la realidad de tantas fábulas como los trovadores contaban de Constantinopla, de Tiro, de Antioquía y de Jerusalerm, fletó hasta sesenta velas. Embarcaron en ellas aventureros, bribones, nobles, piratas, peregrinos, pícaros caballeros, ladrones y mendigos; su número puede calcularse casi en dos mil hombres. El genérico nombre de normandos con el que los hemos conocido se aplicaba entonces a daneses, noruegos, suecos, y otras tribus cercanas a su geografía; pero, aparte tales escandinavos, también acudirían francos, sajones y frisones. La ruta no les era desconocida a algunos de los embarcados; pensemos que en 1061 ya habían conquistado los normandos a Mesina, y en 1072 a Palermo (con lo que iniciaban la que había de ser su prolongada estancia en Sicilia).

El príncipe Sigurdo adoptó un pausado ritmo de navegación. Apenas salido de su reino, se acogió a unas largas estadías en la mayor de las islas británicas, donde invernó. En la primavera de 1105 navegó de nuevo, sin urgencias por lo que parece, y llevó su flota a las costas gallegas, que devastó; allí comenzaba la actividad pirata de la expedición, pues dice la Historia que los normandos entraron a sangre y fuego en Jakobsland, es decir, en Galicia, tierra cristiana del rey de Castilla. A furore Normarum libera nos Domine. Se ha comentado ( y no bastante) que resulta una constante histórica el que los naturales de la mitad septentrional de Europa, cuando acuden a los países meridionales -como conquistadores o como visitantes- lo hacen con afán expoliador poco o nada retenido; es la envidia, probablemente.

Antes del verano de 1109, continuando el descenso por la costa occidental de la península ibérica, aquellos salteadores de la mar atacaron con ferocidad, primero las ciudades de Sintra y Lisboa, en poder del alarbe, y después Alcácer do Sal, en el estuario del Sado, que arrasaron de orilla a orilla; semanas más tarde, cerca de Gibraltar, entrando ya en el Mediterráneo, tuvieron un combate naval con una flota sarracena que fue derrotada, pues Alá no le concedió su auxilio y asistencia.

Continuaron su rumbo siguiendo a la inversa la antigua ruta de Roma a Gades; costearon hasta Denia, y allí pusieron proa a las Pityusas. Llegó el príncipe Sigurdo a las puertas tartesas y las atravesó. La flota normanda pasó así entre Ibiza y Formentera, junto a ésta última. Podemos imaginar las sesenta naves, pintadas de rojo las mas; casi cien pies de eslora, veinte de manga y apenas diez de puntal; jarcias y obenques de piel de morsa, velas de tiras de frisa, cosidas con fuertes hilos; estraves bellamente adornados en proa y popa; altos mástiles y largos remos; los escudos de la canalla empavesando las bordas; treinta hombres, por lo menos, en cada navío… Tuvo que ser un espectáculo grandioso, de esos que, imaginados, justifican en el hombre actual apetencias retrógradas.

Era Formentera albergue de piratas mahometanos. Dice la leyenda que tenían fortificada una cueva en la Mola: la que se conoce con el doble nombre de sa Cova d’es Fum y sa Cova d’es Mamelles, lo primero por el humo que ahogó a sus moradores, el otro nombre por sus estalactitas atetadas (*). Está la cueva abierta a tramontana, y sobre el mar. Se dice que los sarracenos, confiados en la inexpugnabilidad de su refugio, hicieron befa de los hombres del príncipe, les arrojaron flechas desde su privilegiada posición, y despeñaron grandes rocas sobre los navíos que pretendían fondear. Al mismo tiempo -continúa la saga-, desde la boca de la cueva, les mostraban sus tesoros y los trataban de cobardes por no subir a buscarlos. (Asombra tanta atolondrada temeridad, merecedora de penas).

Concibió Sigurdo una estratagema (o aplicó una treta que quizás ya conocía de mares más fríos): varios de sus navíos contornearon la Mola (pasando ante las puntas Palmera, Xindria y Roja), y vararon en las arenas de Migjorn. Esto así cumplido, a hombros de sus vasallos normandos llevó por el bosque dos chalupas hasta la eminencia rocosa sobre la cueva de los mahometanos. Fue una marcha difícil, de más de cinco kilómetros, salvando en terreno boscoso un desnivel superior a los cien metros, desde la playa hasta el acantilado sobre sa Cova d’es Fum.

Desde tal punto, atadas cada una con dos gruesos cabos, hicieron descender las dos chalupas con varios de sus guerreros, “tantos como podían contener”. Dominada la altura por el artificio de los improvisados andamios, lanzaron flechas y jabalinas sobre los árabes; de modo que fue sencillo obligarlos a refugiarse en el antro. Sigurdo ordenó entonces el ataque del resto de sus hombres, que treparon gritando salvajemente desde el pie del acantilado. Al llegar los normandos a la cueva, los sarracenos se defendieron apoyados en otro muro interior; pero el príncipe hizo que se lanzasen encendidos haces de leña de mata y pino. Y los piratas árabes, que se habían retirado hacia el fondo, murieron unos abrasados y asfixiados otros.

Los normandos, dueños del inmenso tesoro acumulado, abandonaron Formentera y partieron rumbo a Sicilia. Sa Cova d’es Fum guarda ahora otras joyas: esta leyenda del príncipe Sigurdo, y los restos arqueológicos que algún día descubriremos.

(*) Rotas, casi todas, por los visitantes foráneos. por otra parte, la cueva fue recientemente empocilgada por una horda hippie, que la ocupó durante un verano. Actualmente se ha optado por tapiarla, para evitar más destrozos.

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.
Capítulo V: La cabeza.
Capítulo VI: El príncipe.

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.

19 de marzo del 19

19/03/2019 § Deja un comentario

LA CABEZA

Cuenta el tracio Soféneto que, cuando Ciro el Grande, en el año 546 antes de Jesucristo, conquistó la capital de Lidia [después de un sitio adornado de cruentos combates], dio a sus guerreros autorización para el saqueo. Iniciada la rapiña en la ciudad, un soldado persa encontró escondido al rey Creso -al que no reconoció- y al hijo de éste, mudo de nacimiento. Ya iba a matar con su espada el soldado a Creso, cuando el muchacho, excitado por la amenaza del arma sobre su padre, gritó milagrosamente: ¡No le hieras! ¡Es Creso! con lo que le salvó la vida. Concluye Soféneto comentando que hay en los hombres poderes sobrenaturales, y cómo las situaciones de peligro los despiertan, y también las grandes pasiones. Dice asimismo que Ciro, al conocer el prodigio, agasajó al vencido Creso.

Ya fingidas, ya certificadas, existen tradiciones que duda en propalar incluso la torpe disposición del que escribe despreocupado de delicadezas; y eso, porque teme que al hacerlo no conseguirá ni su satisfacción ni la del lector. Tales leyendas, indignas por sus protagonistas, muestran la oscuira cara de la culpa y del odio; cabe así preguntarse si merecerán la memoria, pues exclusivamente incita a su recuerdo el temor de que quede oculta, si la tradición se silenciase, otra posible noticia sobre el origen de un nombre de lugar en Formentera.

Eran tiempos de miserias en las Pityusas; por carecer de todo muchos habían perecido de hambre, pues de solas yerbas y algún pececillo se alimentaban los más. Sin cosechas, por falta de lluvias durante varios años; sin ganados, ayunos éstos de pastos; sin vestidos, por haber cesado todo trueque o comercio; sin pesca, por falta de utensilios; en fin, desnutridos y náufragos en todo mal se hallaban los habitantes de Formentera. De tales condiciones surgieron raras pandemias y contagiosos morbos. Una sucesión de encadenadas desgracias parecía arropar la isla: Llovieron hormigas, un viento del Sur acercó una extraña enfermedad [o quizá no fue el viento sino un cerdo hinchado, a medio corromper, que la mar dejó en Migjorn], se pudrió el agua en los aljibes, no había parto bueno, todo eran achaques.

Dos pequeños grupos de organización tribal se repartían entonces aquellas tierras; uno aposentado en torno a la escasa altura que hoy se denomina es Puig Guillem, en Barbaria; el otro aproximadamente a Levante de lo que ahora es el caserío de San Fernando. Siempre rivales, su enemistad se había concretado empero en formas de desprecio; es decir, había tenido como declaradas características una aparente ignorancia mutua y una perfecta insolidaridad. Por otra parte, mientras que los miembros de una y otra tribu no sobrepasaran los límites los confines determinados para las comunidades [límites que casi exactamente constituían la mitad Este y la mitad Oeste de la isla], ningún incidente podría ocurrir entre ambas colectividades.

Pero la miseria convirtió la indiferencia en odio, y los intentos de rapiña dieron ocasión a continuos encuentros en los que la carencia de comestibles limitaba la salvación de los heridos, que eran a veces rematados incluso por sus propios compañeros. Era una elemental guerra entre pobres, una guerra sucia, de famélicos contra desnutridos, de enfermos contra malparados, de desengañados contra desesperados; el provecho, las más de las veces, unos puñados de trigo, una cabra flaca, unos pulpos secos: escaseces para engañar los vientres.

Al final triunfó uno de los grupos -ni sabemos cual, ni importa-, y los depauperados vencedores no encontraron ya alimentos en el poblado de los vencidos. Se habían acabado los sigilosos ataques al alba, las acometidas a los corrales, las nocturnas marchas. ¿Qué hacer ahora con los prisioneros? No olvidemos que los motivos de aquella guerra habían sido el hambre y la miseria. De modo que decidieron respetar temporalmente la vida de los más resistentes y, maniatados, los encerraron en un murado recinto. A partir de ese día comenzaron a matarlos uno a uno; y uno a uno se los fueron comiendo. Pensaron que incluso había suficiente carne para mantener a los mismos prisioneros mientras llegaba su turno, y así les duraría el ganado humano al menos durante toda una luna, y podrían alargar su privación.

Solamente el antiguo Jefe de los vencidos, un indócil gigante con la cara acuchillada, salido de la guerra sin lesión reprehensible, se negó a alimentarse con las carnes de sus compañeros. Famélico y depauperado comno estaba, todavía lo temieron, y, aunque en el turno que habían establecido los vencedores el jefe enemigo iba a ser el último, lo madrugaron a morir para evitar una revuelta de los prisioneros


Temores religiosos impedían que las matanzas [aquellos no eran sacrificios] se hicieran cerca del emplazamiento de la aldea; por eso el centenar de supervivientes -contamos a los vencedores y a los vencidos– residía ahora en las inmediaciones del carnicero lugar: una elevación pedregosa de escasa vegetación. Allí llevaban a los prisioneros cuando los sacaban de su encierro. Designada la víctima, entre cuatro la sujetaban, la obligaban a posar la cabeza sobre un tocón de pino, y le cortaban el cuello de un hachazo.

Anticipadamente, como hemos dicho, le llegó el turno al Jefe de los vencidos. Con aparente docilidad, que la fiereza de su mirada desmentía, subió al lugar. Casi toda la tribu enemiga se había congregado allí para presenciar la muerte. Antes de colocar su cabeza sobre el tajo el condenado miró a los vencedores despaciosamente, recreándose en observarlos. Antes de colocar su cabeza sobre el tajo volvió a mirarlos; buscaba los rostros de sus enemigos, y les sonreía. Era una mirada tan extraña que los que ocupaban las primeras filas retrocedían incómodos.

Cuando el hacha habilmente manejada partió su cuello con un limpio corte, la cabeza del condenado rodó por el suelo; al detenerse, quedó plantada sobre la parte seccionada: era como si se asomara desde dentro de la roca sobre la que permanecía. Sea porque ello impidiera la pérdida de sangre, sea por otra causa natural o misteriosa, lo cierto es que la cabeza habló; se le oyó decir con tardanzas: -Malditos los que nos han comido, los que ahora están aquí y yo he podido ver después de muerto… (*)

Y así fue. Otra epidemia exterminó en pocos días a la mayoría de los habitantes. Siete quedaron vivos; parece que ninguno había comido carne humana, ni tampoco acudido a presenciar el fin del decapitado. [Estos siete pudieron haber sido los redimidos antepasados de las siguientes generaciones de formenterenses]

El lugar donde dicen que ocurrió todo lo que antecede es hoy conocido con el nombre de sa Mirada. Cabe en lo posible que la tradición, en distintas lenguas, haya conservado el recuerdo del macabro hecho: la cabeza que miró y habló; tampoco sería insensato que el nombre se refiriera a la excepcional panorámica que desde aquél sitio cabe gozar; es igualmente admisible que el topónimo aluda, concretamente, a la ventajosa situación de esa colina para observar la llegada de las barcas procedentes de Ibiza, una vez superados los Freos. No habiendo vestigios que lo confirmen o nieguen la leyenda, cabe desflecar todas las acepciones de la palabra mirada;

(*) Casos similares -cabezas que separadas del tronco siguen dando señales de actividad vital- pueden leerse en las obras siguientes:
-D.E.A. “COPIA DE INSTRUCTIVA CARTA QUE ESCRIBIO EL MUY B. PADRE FRAY JUAN ALZINA, DE LA ORDEN DE MONTEGAUDIO, DESDE LA PROVINCIA DE ORIENTE EN LAS TIERRAS QUE COMBATEN A LOS ENEMIGOS DE LA RELIGION VERDADERA, AL REVERENDISIMO PADRE FRAY JUSTO YAÑEZ MAESTRE PERPETUO, EN LA QUE LE HACE RELACION DE LOS AVISOS Y MEDIOS PARA BIEN MORIR, Y COMO SE HA DE ASISTIR A LOS QUE NO SON AFORTUNADOS, A LOS REOS DE SABLE Y A LOS DE AHORCAR, CON LAS CONVENIENCIAS QUE EN LAS HORCAS SE ADVIERTEN SOBRE OTROS USOS DE LA JUSTICIA”.
“Ibiza, Imprenta Ballester, anno de 1691. 8.º de 64 páginas.
-Sénéchal, Pierre.  “LE VETIR, LE GESIR ET LA GUILLOTINE”.
Editeurs de la Mode. París, 1798.
-Vicarius. “TABULAE HISTORIA RERUM IN PARTIBUS TRANSMARINIS”
Manuscrito s.l. y s.a.
-Vidal, Feliu. “VIURE LA EXECUCIO O EL PORTAVEU PELS ESPECIALISTES DE LA DESTRAL” [Sic en la portada]
Ribas, Editor i llibrer. Barcelona 1819.
-Youdi, Jean Le. “POUR DÉCHIRER SON TABLIER, LA BUTTE”
Rev. d’Argot. N.º 39. Asnières.1901.
-Zazzo, Salomon. “EXPERIMENTAL PSYCHOLOGY [VII.-Brain mechanisms and visual perception]”.
MacMillan and MacMillan. New York.1976.

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.
Capítulo V: La cabeza.

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.

12 de marzo del 19

12/03/2019 § 1 comentario

LAS HERMANAS

Lector: Si alguna vez vas a Formentera y, cualquier día, ya avanzada la tarde, te acercas al Estany Pudent, podrás asombrarte al ver el extraño color lila de sus densas y saladas aguas; espera entonces unos minutos, hasta que llegue el instante en que la luz solar casi no alcanza a iluminar el lago, y mira cómo sus aguas se giran a cárdenas, como vinazos de gormador, y parecen veteadas. En esos momentos, cada anochecer, un prolongado suspiro suena en el centro del estanque y se expande hacia las orillas. Se oye siempre: en los crepúsculos tormentosos -cuando el viento, frotándolas, hace gemir las ramas de los árboles- por encima del viento; y en los atardeceres casi silentes -por ejemplo en verano-, cubriendo los escasos ruidos campesinos. Es un suspiro largo, entre paciente y resignado; es, sobre todo, un suspiro necesario.

Cuenta la leyenda que, en una de las varias ocasiones en que la isla ha estado deshabitada, hace aproximadamente mil años, llegó a ella desterrado un grupo familiar compuesto por seis personas: dos hermanos, sus mujeres, y dos hijas -una de cada matrimonio- a las que la tradición ha conocido por “las hermanas”, aunque eran primas. Acompañaban a estos parientes hasta más de veinte esclavos de ambos sexos. Se aposentaron los desterrados en un llano de favorables condiciones agrícolas y, con los años, consiguieron cultivar muchas hectáreas y levantar un poblado. Después fueron muriendo los más viejos y, al fin, quedaron solas las dos hermanas (y tres docenas de esclavos). Al morir, sus respectivos padres les habían recomendado auxilio mutuo, y les habían dejado en propiedad a cada una la mitad de sus bienes muebles, y la mitad de la tierra culta e inculta que poseían.

Un solo pozo importante tenía la enorme finca y, en el reparto, fue a parar a la menor de las dos, llamada Viola, que era dura de corazón y estúpidamente ambiciosa (porque no puede ser, si no es estúpida, la ambición que germina y crece en una isla prácticamente desierta).

Ocurrió que vinieron once años de sequía, y los poquísimos manantiales de Formentera -meros aliviaderos del nivel freático del agua dulce que flota sobre la salada- dejaron de manar, y las viejas cisternas se secaron, y los pozos se agotaron; y todos parecían bocas agonizantes, sumideros para la muerte: los pozos, las cisternas y los manantiales. Sólo el pozo de Viola, la hermana mala, siguió teniendo agua en abundancia. De modo que la hermana buena hubo de pedirla para sí, para sus esclavos y para los restos de su rebaño ya muy menguado por la seca.

No cabe recuperar lo que se dijeron; no las palabras, no el acento. Mas los sentimientos de ambas eran simples, y con sencillas expresiones cabrá reflejarlos sin variar sustancialmente la verdad. Así, un día hablaron: -Necesito agua para mí, para mis esclavos y para mis ovejas. -Dame primero todos tus esclavos. El siguiente día: -Necesito agua para mi y mis ovejas. -Dame todas tus ovejas. Dos días más tarde: -Necesito agua para mí. -Primero dame tus tierras. Y a los tres días: -Otra vez necesito agua. -Antes dame tu casa y tu ropa.

Una vez expoliada, mandó Viola que azotasen a la desgraciada y que la echaran de la finca. Un cálido viento de xaloc llevaba la sequía a extremos increíbles. Desnuda, sin más provisión que un cantarillo lleno del último líquido que tan caro había comprado, la hermana buena tuvo que marchar por el polvoriento camino hacia el Sur, hacia Barbaria, ya preparada para morir en soledad. Se sintió muy pequeña; una torrentera de angustia se le subió a los ojos. Huída la razón, preguntó a las rocas si valía la pena seguir andando. Era la hora del resistero. El cielo tenía un color desvaído. A lo lejos, el mar parecía casi negro. Escasas manchas vegetales, en diferentes tonos del gris al verde disipado, aparecían entre los calcinados ocres y sienas que la sequía había conseguido. El cielo y la mar parecían agarrarse al monte. ¡Y Formentera era tan pequeña! El sol, monstruoso, se aplicaba a abrir las tierras ya resquebrajadas y a quemar las piedras.

Un ángel se encolerizó -siempre hay un ángel que al final se irrita ante la maldad, sobre todo si la maldad carece de doctrina-, y empezó a mandar llover. Diluvió durante tres días y tres noches. Los barrancos de Formentera bajaban llenos, las arenas ya no tragaban tanta lluvia, los arboles se ahogaban. Con la constancia de la inundación la inmensa finca, ahora propiedad entera de la hermana mala, se hundió lentamente por peso del agua; se hundió con sus pajares, sus casas, sus ganados, sus esclavos y su dueña; también con su pozo, ya inútil agujero por el que entraba en vez de salir. Pocos días después comenzó la corrupción del estanque. Y de qué modo.

Pestilencias imposibles de imaginar daban fe de la podredumbre de las aguas; y el alejamiento de las gentes, durante siglos, fue imagen de la desolación de sus orillas, crecidas de mosquitos. Hasta que, hace menos de trescientos años, los industriosos formenterenses comunicaron la inmunda charca con el mar, dieron entrada a las aguas saladas, y aquella zona maldita se vió en buena medida libre de corrupción, de la podre y del paludismo. La densidad que ahora concede la evaporación al agua de mar facilita su aprovechamiento en las cercanas salinas, que la admiten del Estant Pudent,  es decir, del estanque “maloliente”, “fétido”, “hediondo”, porque el nombre ya parece difícil que lo pierda. Y es curioso que así sea (no queda otro remedio que ligar el hecho con la leyenda), pues aunque ha tenido otros nombres, algunos muy bellos, que la geografía oficial admitió, siempre acabó en recuperar el penoso apelativo: pudent.

El que toma una de las escasas barcas (que las hay en las cercanías del lago), si rema hasta el centro y mira al fondo podrá observar, bajo las aguas, restos de las construcciones hundidas, cuando fue castigada la hermana mala y cuando se perdieron tres millones y medio de metros cuadrados de buena tierra.

Es el espíritu de Viola el que suspira todos los atardeceres, esperando salir del Estany Pudent; y es el nombre de ella, Viola, y no la concentracion de sales, lo que explica el color violeta de las aguas del lago. Usque ad emendationem.

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.

05 de marzo del 19

05/03/2019 § 4 comentarios

LA PROMESA

Sabida viene la profusión de cuevas en Formentera; es sobre todo en las partes acantiladas donde resulta frecuente el hallazgo de oquedades, de abrigo y de espeluncas. El curioso de esta materia, a poco que se arriesgue en lo más escabroso del paisaje de la isla, puede todavía encontrar antros no visitados por los turistas -por lo general bastante menos ávidos éstos de acercarse a los lugares donde no llega el autobús, la Formentera abrupta y verdadera, que de tumbarse al sol en las más urbanizadas playas- ; pero hay una cueva que nadie, ni nativos ni forasteros, ha encontrado en estas eras. Se sabe que existe y se conoce aproximadamente su emplazamiento; mas sólo un hombre tiene la potestad para hallarla, y ese hombre murió hace cientos de años.

Era mediado el siglo IX (al menos así lo cuenta el teólogo calvinista, e historiador famoso, Petrus Apianus * en uno de sus Estudios), es decir, cuando las invasiones francas. Habitaba entonces en Formentera un tal Ibrahim-al-Samit (llamado también Al-Jaud, es decir, el Abundante o algo parecido), señor “poco poderoso” aludiendo al escaso número de sus vasallos y de sus barcos; pero dominaba sobre toda la isla; y lo hacía con tan suave preminencia (impropia de aquellas edades), que la sumisión de su gente se lograba más frecuentemente con amor que con castigos. Estaba tan prendado de su esposa que jamás, desde su matrimonio, quiso saber de poligamia o de caprichosas relaciones con esclavas. La fortuna que le proporcionaba su actividad de pirata (de alguna profesión hay que vivir), en sus correrías por las costas peninsulares y las islas más cercanas, la repartía siempre con equidad entre sus vasallos. En suma, era un hombre recto y, como tal, riguroso cumplidor de sus afirmaciones, ofrecimientos y compromisos.

En pleno invierno -época inhabitual para la navegación de entonces-, aprovechando las mediterráneas calmas de enero, en las que el mar aparece tranquilo como pequeño lago y en la orilla se aprecian las más notables bajamares, una importante flota franca acudió desde Mallorca a las costas de Formentera, fondeó frente a la boca de la Rada d’es Peix, hoy inapropiadamente denominada Estany d’es Peix, a relativo abrigo de los vientos, y desembarcó sus tropas en los cercanos arenales del Noroeste.

Mal podía resistir nuestro judío a las numerosas fuerzas ni impedir el seguro saqueo; pero era valeroso, confiaba en la lealtad de sus hombres, comprendía lo escasas que eran las posibilidades de huída y, en tal tesitura, no quiso de intentar la defensa de la isla. En su sensatez, empero, recelaba del resultado de la desigual pugna, y quiso esconder a su amada en un  lugar fuera de todo peligro. Para ello le buscó cobijio en una cueva situada entre la Gavina y sa Pedrera, amplia (provista de un escaso, pero suficiente, manantial de agua dulce), y con secreta entrada que nadie sino él conocía. Allí guarecida debía esperar su regreso del combate. -Confía en mi vuelta, le dijo. Y ante los expresados temores de ella insistió: -Volveré, te lo promerto; queda tan segura de mi regreso como de que Formentera linda con el agua salada. Después partió a enfrentarse con el invasor.

Los isleños lucharon con valor; primero que cayeron dejaron a sus pies montes de invasores. Mas, como era de esperar, dada la desproporción entre ambas fuerzas, los formenterenses resultaron vencidos, y sus casas ardieron después del pillaje. Escasos fueron los supervivientes llevados como esclavos a las naves francas; si nuestro Al-Jaud no estaba entre ellos, y los atacantes habían sometido a todos los heridos, es de suponer su triste final. Hasta aquí la historia de Petrus Apianus.

Pero hay más: las gentes que viven cerca de Portu-Salé (nombre que  viene de Portus salarius, al decir de algunos eruditos) afirman, con toda seriedad, que cada año, cuando llega el plenilunio del mes de enero y está la mar en leche, de una cueva cuya entrada nadie ha podido hallar sale la esposa de Al-Jaud; saltando como un cabritillo baja por el acantilado hasta la orilla, introducew sus manos en el mar y las lleva a la boca; permanece allí un momento, emprende el regreso, sube por las rocas, y se adentra de nuevo en la ignorada cueva. Todos los plenilunios de enero sucede de la misma forma.

Han pasado siglos; pero fiel y constante espíritu todavía confía en una promesa que, así Dios nos guarde, algún día se cumplirá

  • Apianus, Petrus. “ZWÖLF STUDIEN ZUR GESCHISTE DER JUDEN IM PITHIUSEN KÖNIGREICH WÄHREND DES 8. UND 10. JAHRUNDERTS”. SDtuttgart, 1942. (Sic en la portada)

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós

 

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