19 de abril del 18

19/04/2018 § Deja un comentario

Lo de servir los cubitos de hielo con gracia es una cuestión de estilo. Por eso les proponemos un artículo del mercado que parece seguro y tiene un cierto humor. Ustedes deciden.

Los interesados se pueden dirigir a Cold fingers.

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18 de abril del 18

18/04/2018 § Deja un comentario

Es inevitable aceptar que muchos individuos o incluso sociedades se consideran el centro del universo y por tanto pecan de egolatría, egocentrismo e incluso narcisismo, concepto que la Real Academia de la Lengua Española define como Culto, adoración o amor excesivo de sí mismo.

No debemos olvidar que existe el espacio exterior, llamado por los egoístas espacio vacío o también simplemente espacio, concepto que engloba las regiones que ellos definen como vacías de interés del universo fuera de las atmósferas de los cuerpos celestes. Y cuando decimos universo hablamos del entorno que algunos creen celeste.

A partir de esta hipótesis podemos decir que se usa espacio exterior para distinguirlo del espacio aéreo (nuestros sueños) y las zonas terrestres (círculos sociales próximos) Es aquí en donde debemos aclarar que el espacio exterior no está vacío de materia, es decir, no es un vacío imperfecto como ellos piensan, sino que contiene una interesante densidad de partículas que ellos podrían definir como elementos peligrosos por las diferencias culturales.

Aunque se supone que el espacio exterior ocupa prácticamente todo el volumen del universo y durante mucho tiempo se consideró prácticamente vacío, o repleto de una sustancia llamada éter, ahora se sabe que contiene la mayor parte de la materia del universo. Esto es lo que olvidan quienes se creen el ombligo del mundo y desprecian aquello que no conocen.

Ustedes decicen si quieren pecar de egocentria o altruismo, de provincianismo o cosmopolitismo. Pero recuerden aquél dicho antiguo que dice aquello que se da, vuelve.

Inspirado por los textos leídos en: Espacio exterior.

13 de abril del 18

13/04/2018 § Deja un comentario

Probablemente no sabrán de las tierras de Bislandia, la del Norte y la del Sur, que no andan lejos y que sin embargo son vírgenes, paraísos e inhóspitos infiernos. Lugares de tempestades y naufragios, de vientos y huracanes, de paz y soledad.

El pasado agosto una pequeña roca de 1,9 km2 en la boca de la ría de Arousa, Galicia, escarpada, en mar abierto y a merced de los vientos y mareas del Atlántico, se quedó sin su último farero. Julio Vilches, técnico mecánico en señales marítimas, llegó a Sálvora en 1980 para encargarse durante 37 años de este solitario candil oceánico que a tantos ha salvado.

En todo ese tiempo rellenó, junto a otros dos torreros, 17 libros de servicio, notas técnicas que con el tiempo fueron incorporando detalles de su día a día. En 2006, en una época de especial soledad, decidió juntar sus vivencias y elaborar un relato de su vida en la isla basado en la bitácora. El resultado fue una narración de 600 páginas que, con el tiempo, cayó en manos de su sobrina, Gloria Vilches, quien una década después editó el manuscrito que este otoño ha publicado la editorial Hoja de Lata bajo el título Sálvora, diario de un farero y que cubre el tiempo entre la llegada del farero a la isla hasta el año 2000.

Julio Vilches hace frente en esta entrevista al fin de los fareros en España –algo que critica– y rememora una historia vivida en un paraíso virgen en el que, en el siglo XXI, corren libres los caballos salvajes. Una historia donde no faltan naufragios, tempestades, señores feudales, peligros y fantasía. La historia del reino de Bislandia, con sus provincias del Sur (la isla de Ons) y del Norte (Sálvora), el reino de ultramar que los torreros de estas islas atlánticas imaginaron en los años 80.

Fragmento extraído de: El último farero de Bislandia del Norte

12 de abril del 18

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Con el buen tiempo no hay mayor placer que coger un libro, dar un paseo, encontrar el lugar ideal y ponerse a leer. Para no perder la página, les dejamos un marcalibros de última generación. Disfruten.

No nos gusta hacer publicidad comercial, pero si les interesa, lo pueden encontrar en: Bookmark

06 de abril del 18

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El faro de Tevennec esta situado en la punta de Raz, en la Bretaña francesa. El paso desde la punta de Raz a la isla de Sein presenta enormes dificultades y peligros. En 1869 se decidió construir un faro dirigido por el arquitecto Pablo Joli. Hubo numerosas dificultades en su construcción,debido al fuerte oleaje y terribles corrientes.

El faro se encendió por primera vez el 15 de Marzo de 1875. Se nombró como responsable del mantenimiento del faro a Henry Porsmoguer. Debia encender todas las noches el faro para poder orientar a los barcos hacia la isla de Sein. Tras cinco meses en el faro no aguantó la soledad y renunció.

Fue sustituido por Hervé Marie, un hombre solitario y sin familia, el cual solo aguantó cuatro meses; a su vez fue sustituido por Guezennec Guillaume que apenas duró otros pocos meses.


En 1898 se decidió dejar que las esposas de los fareros vivieran con ellos. Los Miliner fueron ls primeros en instalarse en el faro, a los que siguió la pareja Quemeré en 1900, los Queré en 1905 y el matrimonio Ropart en 1907. Todos ellos aseguraron oir extraños ruidos y gritos provenientes de las profundidades. Unido a la soledad, aquellos sonidos hacían que el vivir allí se convertia en un autentico infierno. Unos buzos descubrieron posteriormente una cueva bajo las aguas, de lo cual se deduce que el aire al pasar a través de la grietas, podía originar los perturbadores sonidos.

La peor de las tragedias fue la que soportó la señora Queré cuando su marido falleció inesperadamente y ella tuvo que soportar la soledad durante semanas, en semi oscuridad, con el cadáver de su marido, hasta que pudo ser rescatada.

Finalmente el faro fue automatizado en 1910.
Teído en: Historia de un faro

31 de marzo del 18

31/03/2018 § Deja un comentario

30 de marzo del 18

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Guillermo Isidoro Larregui Ugarte nació en Pamplona, el 27 de noviembre de 1885. Inquieto por naturaleza, romántico incurable, a los 15 años decidió embarcarse hacia Buenos Aires. Llegado con el nacimiento del siglo, sus primeros trabajos tuvieron relación con la marina, la carpintería, y la cría de cerdos… pero no iba a quedarse mucho tiempo en la gran ciudad.
Al enterarse de la muerte de su madre, decide cambiar de vida, y como había muchas posibilidades de trabajo en la Patagonia, emigró al sur para emplearse en una empresa petrolera norteamericana. Allí vivió más de treinta años, hasta que en 1935, cuando cesaron las actividades petroleras de la compañía por conflictos laborales, quedó sin trabajo. Nuevamente su vida transcurría sin destino fijo, con trabajos temporarios en las estancias de la zona.

Las horas de ocio en un ambiente frío e inhóspito como el del sur patagónico se pasaban al calor de los fogones, tomando mate y contando hazañas, algunas verdades y no pocas mentiras, entre los peones desocupados. Entonces, en una estancia en el paraje Mata Amarilla, entre habladurías y hazañas inconclusas que cada uno relataba, nace una apuesta: Yo me animaría, les dije, a cruzar toda la Patagonia a pie y a ir hasta Buenos Aires con una carretilla.
Lo tomaron a broma y uno de ellos me trajo una carretilla. Luego, cuando vieron que yo me disponía a emprender el viaje y que la cosa iba en serio, se sorprendieron se rieron y lo tomaron para la farra, me dijeron que, por lo mentiroso, yo era más andaluz que vasco, y que les extrañaba mucho, porque nunca habían visto un andaluz trabajador ni un vasco mentiroso. 
Los peones le aceptan la apuesta pero le cuestionan de donde sacará el dinero cuando tenga que pagarla… el patrón de la estancia entra en el juego y le ofrece al pamplonés saldarle la apuesta si perdía, pero que luego tendría que trabajar para él un año gratis.


Muchos hablan de una apuesta de miles de pesos. No es cierto. Lo más importante es que he empeñado mi palabra. Varios amigos hablaban de las grandes travesías realizadas por automovilistas, de los raids de aviación y otras proezas. Yo oía y callaba. Pensaba que no es difícil llevar a cabo una proeza con los maravillosos aparatos modernos que se manejan sin esfuerzo y que necesitan del hombre seguridad y valor. Pero pocas veces exigen del individuo fuerza física, paciencia y resistencia. Entonces dije: A cualquiera de esos señores aviadores y automovilistas los desafío yo a hacer una travesía caminando y conduciendo además una carretilla de cien kilos.


Guillermo Larregui ya rondaba los 50 años, pero sin pensarlo tomó la carretilla, cargó en ella unos cuantos enseres y al día siguiente muy temprano, partió rumbo a Comandante Piedra Buena, una localidad distante 120 Km de la estancia donde se hizo la apuesta.
En menos de lo pensado, el vasco ya estaba en el pueblo… y no iba a desistir de la aventura. Un amigo mecánico le cambió la caja de hierro por otra de madera, le puso unos rulemanes en el eje de la rueda y revistió la llanta con una goma de auto. Encima le cargó una pequeña carpa, pilchas de dormir, cinco litros de agua, una pavita, el mate, un asador chico, una ollita y otras cosas indispensables, hasta completar los cien kilos.
Ya no se trataba de una apuesta absurda… era su palabra la que estaba en juego, y eso era más importante que todo el dinero del mundo.


El vasco de la carretilla
se fue haciendo famoso a medida que transcurrían los kilómetros por las llanuras argentinas, donde su hazaña empezó a ser tratada por los periódicos de cada lugar por donde pasaba. La gente lo esperaba con vítores en cada etapa cumplida.
 El 25 de Mayo de 1936, recorridos los 3.500 Km que separan Comandante Piedra Buena de Buenos Aires, luego de atravesar los desiertos de la meseta patagónica, con sus inclementes vientos, nieves y frío, acompañado únicamente de un fiel perro al que llamó Pancho, llega a la capital argentina.
Larregui era un hombre sencillo, fuerte y libre, que llevaba en su carretilla lo necesario para el cuerpo y encontraba en los caminos el alimento de su alma. La solidaridad de la gente, especialmente de la colectividad vasca, hacía más tenues las peripecias que debía enfrentar. El Vasco de la carretilla poseía una sana curiosidad para descubrir lo desconocido. Hablaba y escuchaba a la gente con la atención de los niños. Conocía varios idiomas, como inglés, francés, italiano, alemán y holandés.

Terminado el viaje, el Vasco de la Carretilla, o el Quijote de una sola rueda, como también se lo conocía, no conforme con su logro supremo, decidió que debía seguir caminando y recorrer el mundo y así recorrió más de 22.000 kilómetros a pie.
-Primer Viaje: parte del paraje Cerro Bagual, a 120 km de Comandante Luis Piedrabuena (Santa Cruz), llegando a Buenos Aires 14 meses después.
-Segundo viaje:  comenzó en 1943, desde Coronel Pringles (Pcia. De Bs. As.) y lo finalizó en La Paz (Bolivia) cruzando los altiplanos de la Puna.
-Tercer viaje: lo realizó desde Villa María (Córdoba), hasta Santiago de Chile, cruzando la cordillera de los Andes.
-Cuarto viaje: desde Trenque Lauquen (Buenos Aires), hasta el Parque Nacional Iguazú, en Misiones

El 9 de Junio de 1964, a los 78 años, luego de ingerir algún alimento en mal estado, Guillermo Isidoro Larregui Ugarte fallece en Puerto Iguazú, Misiones, esperando un subsidio estatal que nunca llegó, y empieza a convertirse en leyenda.

Breve documental de su vida: El-vasco-de-la-carretilla
Leído en: El vasco de la carretilla
Gracias especiales al marciano 61R34U

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