15 de octubre del 17

15/10/2017 § Deja un comentario

Cada vez es más evidente, la vida es un bolero, una milonga, un canyengue. Hubo quien lo definió a la perfección cuando dijo que era un pensamiento triste que se baila. Más claro, agua.

Para la masificación del bolero fue fundamental el desarrollo de medios de comunicación como la radio y los programas en vivo en televisión. Otro factor que incide en el auge del bolero fue el relativo aislamiento cultural. El éxito del bolero sirve a los intereses de los regímenes, ya que promueve cierta alienación romántica en el público.

Estás perdiendo el tiempo
Pensando, pensando
Por lo que más tú quieras
Hasta cuando, hasta cuando

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04 de octubre del 17

04/10/2017 § Deja un comentario

Kintsugi (金継ぎ) que podríamos traducir del japonés como carpintería de oro, o Kintsukuroi (金繕い) como reparación de oro, es una técnica de origen japonés para arreglar fracturas de la cerámica con barniz de resina espolvoreado o mezclado con polvo de oro, plata o platino. Forma parte de una filosofía que plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en lugar de ocultarse, incorporarse y además hacerlo para embellecer el objeto, poniendo de manifiesto su transformación e historia, una buena idea para los tiempos que corren.
La historia del kintsugi se remonta a finales del siglo XV cuando el shōgun, Ashikaga Yoshimasa envió a China, para ser reparado, dos de sus tazones de té favoritos. Los tazones volvieron reparados pero con unas feas grapas de metal, que los volvían toscos y desagradables a la vista. El resultado no fue de su agrado, así que busco artesanos japoneses que hicieran una mejor reparación, dando así con una nueva forma de reparar cerámicas, convertida en arte.

La técnica y arte de dicha forma de encarar la reparación de los objetos fue tan apreciada que algunos llegaron al punto de ser acusados de romper cerámica para luego poderla reparar con dicho método, sobre la base de que la complejidad de la reparación transforma estéticamente la pieza reparada, dándole así un nuevo valor. De esa manera se da el caso de que antiguas piezas reparadas mediante este método sean más valoradas que piezas que nunca se rompieron.

Volvemos a decir que aplicada a la sociedad, los políticos, los seres humanos, deberíamos a aprender que las fracturas, si se reparan con cariño, se convierten en algo muy valioso, mientras que una sociedad rota no es otra cosa que caos. Ustedes y sus orgullos eligen.

Documentación: Kintsugi

03 de octubre del 17

03/10/2017 § Deja un comentario

Arcadia, es el nombre que ha quedado en la cultura occidental para evocar un sueño de armonía y de paz, un estado perdido y deseado en el que el ser humano vive en equilibrio con la creación, un lugar donde el hombre no se siente desarraigado.

Arcadia, del griego: Ἀρκαδία, era una región de la antigua Grecia que con el tiempo, se ha convertido en el nombre de un país imaginario, creado y descrito por diversos poetas y artistas, sobre todo del Romanticismo.

En este lugar imaginado reina la felicidad, la sencillez y la paz en un ambiente idílico habitado por una población de pastores que vive en comunión con la naturaleza, como en la leyenda del buen salvaje. En este sentido posee casi las mismas connotaciones que el concepto de Utopía o el de la Edad de oro.


Un sueño que algunos políticos venden a las masas alienadas olvidando que el siglo XXI es un tiempo mestizo y universal.

Amplia información al respecto: Mitos y falsedades.
Documentación: Arcadia (utopia) y Pedro Olalla.

27 de agosto del 17

27/08/2017 § Deja un comentario

Hoy proponemos al compositor norteamericano de todos conocido, Leonard Bernstein y su popular versión de Romeo y Julieta, por estar compositor y creación en el limbo del olvido cuando ambos son rabiosamente actuales. Porque, West Side Story trata de un problema que ha llegado a ser mundial y que todos hemos vivido, bien como desheredados en busca de un mundo mejor, o hijos de estos, bien como sociedad bien pensante que cuando el tema le roza, disimula o rechaza según lo que se ha dado en llamar el síndrome Ferrusola.

Deberíamos hacer un esfuerzo y tratar de comprender que algunos valientes dejan familia, cultura y a veces país, arriesgando vida y fortuna, para luchar por un mañana.

West Side Story (1961)

Y no son pocos aquellos que teniendo todo, los rechazan por su color, cultura o religión. Que ahí tenemos sin ir más lejos a los maquetos, charnegos, coreanos y otras lindezas que se les ha dado en llamar. Imaginen lo que pueden oír los de más allá del mar. Para después quejarse de que no se integran. Desde el blog votamos por un mundo de color, por un mundo mestizo de razas y culturas. No a las tribus y hechiceros. No a las banderas ni a las patrias. Ni a aquellos que las siguen.

24 de agosto del 17

24/08/2017 § Deja un comentario

Como vivimos unos tiempos en los que todos dicen mucho y parece que muy importante y son muy pocos los que se enteran, les ofrecemos información sobre un invento que puede ser interesante para todos aquellos que no les oyen. Y así ahorramos esfuerzo, ganamos tiempo y quizás todo vaya mejor, mucho mejor. Porque peor, la verdad es que…

El diccionario de la Real Academia Española define la trompetilla como: instrumento en forma de trompeta, que servía para que los sordos percibieran los sonidos, aplicándoselo al oído. 

Este tipo de instrumentos simplemente concentraba el sonido y lo dirigía al canal auditivo externo. El audífono contemporáneo incorpora el uso de tecnología electrónica sofisticada que básicamente amplifica electrónicamente la señal de sonido obtenida en un micrófono, la ecualiza a la pérdida auditiva del usuario, y la reproduce con transductores de sonido llamados receptores.

La Real Academia, en su elegante sutileza, no sabemos si cuando dice sordos quiere significar políticos, pero así nos parece. Aunque ya se sabe, que lo dice el refranero popular, no hay peor sordo que el que no quiere oír.

18 de agosto del 17

18/08/2017 § 2 comentarios

El equipo del blog desea expresar su rechazo a la violencia de todo género. Considera que las tribus y hechiceros pertenecen al tiempo de las cavernas y que tratar de traerlos al presente es simple y puro fascismo, incompatible con la sociedad actual y el respeto por la vida.

Lamentamos profundamente que mentes enfermas se defiendan en banderas, patrias, razas o dioses para imponer sus ideas sacrificando inocentes.

13 de agosto del 2017

13/08/2017 § Deja un comentario

Seguimos con los aniversarios. El otro día conmemorábamos los 50 años de Surf en Zarauz. Hoy recordamos como en el mismo verano de 1967 se vivía el verano del amor.

El 7 de agosto de 1967, la subcultura hippy recibió el equivalente de una bendición papal. George Harrison hizo una visita rápida al barrio de Haight-Ashbury, en San Francisco. Habló con la gente, tocó la guitarra y posó para el fotógrafo que le acompañaba.

De alguna manera, todo aquello también era consecuencia de la beatlemanía: buena parte del rock de San Francisco estaba confeccionado por folkies, músicos de guitarra de palo que se electrificaron tras ver ¡Qué noche la de aquel día! Curiosamente, un año antes, los The Beatles habían dado su último concierto en la ciudad californiana, pero entonces viajaban en una burbuja y no se enteraron de lo que allí estaba fermentando.

Digamos que, ya en 1966, cristalizaba una rebelión contra los valores dominantes en la sociedad estadounidense, un rechazo de las instituciones. Y si preguntaban los motivos, una respuesta inmediata: Vietnam, una guerra insensata desarrollada por tecnócratas. Pero estas posturas no se distanciaban mucho de las de la Nueva Izquierda, afincada en la adyacente Berkeley y otras universidades. Lo extraordinario de San Francisco era la congregación de disidentes dispuestos a explorar nuevas formas de trabajo, de relaciones sexuales, de realización personal.

Sí, tenían conexión con los beats de la era Eisenhower, aunque esos veteranos les miraban con condescendencia. Les llamaron hippies con un matiz despectivo, como si fueran una versión degradada de aquellos hipsters retratados por Jack Kerouac y celebrados por Norman Mailer.

Nada de eso molestaba a los hippies. En comparación con las pandillas de beatniks, se sabían un movimiento masivo, producto del baby boom de posguerra. No habían conocido las estrecheces y se enfrentaban a un futuro donde, según la cantinela de los futurólogos, robots y máquinas harían el trabajo desagradable, convirtiendo la gestión del ocio en un problema central. Disponían de una música, una moda, una jerga propias. Una vida mejor gracias a la química, el lema publicitario de los años cincuenta, se había materializado en la píldora anticonceptiva y en drogas como el LSD, legal hasta octubre de 1966.

En San Francisco, se concentraron en Haight-Ashbury, un barrio bonito. Y barato: abundaban las casas llamadas victorianas, construidas después del terremoto de 1906, ahora desechadas por la clase media con aspiraciones. La ciudad siempre presumió de su tradición de tolerancia y eso evitó los automatismos represivos que habrían ahogado proyectos similares en otras latitudes. De hecho, el mote de la generación del amor fue una ocurrencia del jefe de policía de San Francisco, impresionado ante la elocuencia de sus cabecillas.

Esto es importante. El hipismo tuvo la buena fortuna de contar con gente audaz y preparada. Visionarios de la categoría de Ken Kesey, autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, que difundió el LSD como una experiencia festiva y comunitaria. Eficaces organizadores de eventos como Billy Graham, luego principal promotor de conciertos de rock en Estados Unidos. Más criaturas voluntariamente marginales, como Augustus Owsley III, fabricante de millones de dosis de LSD de máxima calidad, o Emmett Grogran, inspirador de los Diggers anticapitalistas.

A primera vista, el Haight-Ashbury de finales de 1966 era un experimento social marcado por la promiscuidad y la abundancia de drogas. Esa carnaza, unido a la atractiva estética de sus protagonistas, hizo que funcionara como imán para los medios. De rebote, San Francisco se convirtió en una meca para adolescentes frustrados, dispuestos a escaparse de sus casas. Fueron los reportajes de prensa y TV los que hicieron la labor de promoción: aunque Jefferson Airplane publicaría sus mayores éxitos (Somebody to love, White rabbit) en 1967, el rock de San Francisco solo lograría impacto nacional tras el Verano del Amor.

Así que las cabezas pensantes se imaginaron cómo sería el verano de 1967 y planearon una respuesta a lo que percibieron como lo que ahora llamaríamos una crisis humanitaria. Una oleada de, tal vez, 200.000 personas que vendrían de fuera, dispuestas a sumergirse en un nirvana de paz y amor. A diferencia de los nativos, ignoraban que San Francisco tiene un clima húmedo y desapacible. Haight-Ashbury sencillamente no podía absorber semejante invasión.

Mientas Scott McKenzie triunfaba con San Francisco, (be sure to wear some flowers in your hair), un disco concebido en Los Ángeles, las autoridades locales discutían formas de disuadir aquel turismo no deseado. Fue la propia comunidad hippy la que reaccionó ante lo inevitable, con servicios que pretendían paliar el previsible desastre. Vía telefónica, el Switchboard proporcionaba información básica. La Communications Company imprimía en multicopista avisos que se difundían por calles y parques. Se puso en marcha la Free Clinic que, sin reproches morales, atendía los pasotes de drogas y las enfermedades de transmisión sexual. HALO, un colectivo de abogados, ofrecía respaldo legal. Y los Diggers se ocupaban de servir comida, conseguida mediante donaciones o robos.

Todo en un ambiente lúdico, donde circulaban todo tipo de fantasías. Durante unos meses, se difundió el rumor de que las pieles de plátano, convenientemente secadas y trituradas, tenían propiedades alucinógenas. Todavía no se sabe si fue una broma genial o el empeño de algún psiconauta en busca de nuevos colocones.

Muchos años después, batallones de sociólogos investigaron las dimensiones del Verano del Amor. Han comprobado que, en aquellos meses, el Haight-Ashbury era la residencia de unos 7.000 hippies; llegaron entre 50.000 y 70.000 aspirantes a instalarse allí. Por muchos pisos francos que funcionaran, la mayoría terminó por dispersarse. En general, no fue un gran trauma: coincidió con una creciente atracción por la vida rural, a veces organizada en comunas en los cercanos condados de Marin y Sonoma.

Evitaron así los años de decadencia, marcados por la epidemia de heroína. Esquivaron a monstruos como Charles Manson, que convertiría a su Familia en un escuadrón de zombis asesinos. No contemplaron la transformación de Los Ángeles del Infierno, motorizados compañeros de viaje, en un implacable grupo mafioso.

Hoy, el hipismo todavía provoca polémica. Resulta cómodo destacar el fracaso de su programa maximalista. Por el contrario, se necesita hacer un esfuerzo para apreciar sus aportaciones al modo de vida actual: la conciencia ecológica, la flexibilidad sexual, el vegetarianismo, el háztelo-tu-mismo que sugerían iniciativas como el Whole Earth Catalog; hasta las reglas que rigen en la World Wide Web tienen raíces contraculturales. Dejando aparte el folclor psicodélico, el mundo de hoy ha asumido mucho del hipismo de 1967. Y Haight-Ashbury fue su kilómetro cero.

Como es imposible hacer una breve selección de la música de aquél momento, les dejamos un enlace en el que, a través de Spotify pueden encontrar 89 canciones que fueron la banda sonora del verano del amor. Disfruten. https://open.spotify.com/embed/user/1233852097/playlist/5yJEzNXdGuXOW3jONvfA8V

Dedicado a aquellos que vivieron el sueño que conservan en su corazón.
Texto original: Paz y amor, verano del 67.

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