22 de abril del 19

22/04/2019 § Deja un comentario

A synopsis of the birds o Australia, and the adjacent islandss, Volume I, es un interesante libro de 44 páginas de John Gould con 19 ilustraciones que fue publicado en 1837 por el autor, en Londres.

Birds of australia I

Como es habitual en nuestros posts, les dejamos el enlace al pdf [15.4MB] bajo la ilustración para que aquellos que estén interesados en hojear el volumen lo puedan hacer tranquilamente.

16 de abril del 18

16/04/2019 § Deja un comentario

EL TESORO

Tan poderosos eran los piratas berberiscos durante el primer tercio del siglo XVI que solían llegar, en sus incursiones, a todos los puertos del Mediteráneo cristiano, e incluso se aventuraban hasta los más cercanos del Atlántico. De entre los más célebres capitanes de aquellas turbas, destacan las historias a cinco hombres de distinto origen, aunque de similares propósitos: Jeir-al-Din, el segundo de los Barbarroja, hijo de un alfarero heleno, que adoptó las creencias musulmanas y se denominbó a si mismo “La bondad de la Religión”; Sinau, un judío de Esmirna apodado “El Mago”, capaz de orientarse en la mar, sin instrumentos, incluso durante la noche o entre la niebla; Dragut, natural de Anatolia, conocido por “El de Rodas”; Hassan, un renegado sardo, castrado -pues iba para eunuco-, al que la providencia privó de las aventuras del serrallo y otorgó, a cambio, las náuticas; por último -en esta relación, que no en la fama- Aydin (“El que regresa”), otro renegado, que recibió también el sobrenombre de Drub y fue llamado “El Diablo”, terror de los venecianos, franceses, genoveses, españoles y turcos (en efecto, terror incluso de sus aliados los turcos , porque nada respetó sino particulares intereses). Pues bien, la leyenda afirma que Aydin (“El que regresa”), es decir, Drib “El Diablo”, era nacido en Formentera, en algún lugar de sa Platja de Tramuntana.

Al llegar el buen tiempo, aproximadamente por el mes de abril, todas las flotillas piratas -tanto las que reconocían la supremacía de la Puerta como las reducidas a Gobierno menor- abandonaban el refugio de sus varaderos y comenzaba su actividad anual; iniciaban la acción, con sencilla técnica, situándose al acecho en las rutas cargueras, bien las que costeaban, bien las que a mar abierto seguían las más audaces naves. Por lo que a los puertos españoles hace, también al llegar el mes de abril se movían a navegar las vigilantes flotas de guerra, por si “bajaba el turco”. El mutuo acecho, con mil variantes, se producía con mayor intensidad en la vía de Cerdeña a Cartagena, y especialmente en el mar pityuso, una ruta marítima en la que los navíos parodiaban todas las suertes cinegéticas de podencos y liebres; pero de podencos y liebres mutantes porque, en función de su número y poder, los perseguidos solían revolverse para perseguir a su vez.

Los éxitos de Aydin (“El que regresa”) no se basaban tanto en su valor y astucia contrastados, ni en su ingenio al elegir el lugar y el momento más favorable para el combate, como en su importante red de espías -generalmente moriscos- que le daban información sobre fechas de arribada, riqueza de cargamentos, importancia de dotaciones, calidad de los barcos de escolta, y otros saberes que le consentían adelantarse a los hechos. Traicionaba mucho Aydin, arriesgaba poco, y atacaba en lugares conocidos, a poder ser a naves rezagadas o dispersas; gran parte de sus triunfos los obtuvo por tanto de modo fácil, y frente a las costas de Formentera que conocía con exactitud en todo su perímetro. Allí, junto a Cala Saona, venció al almirante Portuondo al que tomó siete de sus ocho galeras; allí, en la canal de Espardell, aprovechó un gargal favorable y pudo burlar a dos bergantines del rey de España; allí frente a Punta Prima -paraje sucio de rompientes- logró, con un ardid poco honroso hacer embarrancar a tres galeras de Venecia que le daban alcance, y empaló a sus capitanes. En fin, contar sus victorias más parecería difamación que admirado relato.

Tanto fue aumentando el tesoro de Aydin (“El que regresa”), o sea, de Drub “El Diablo”, que pensó en esconderlo. ¿Dónde mejor que en Formentera, isla de su nacimiento, epicentro de sus rapiñas, entonces tierra deshabitada por el temor a los piratas? Escogió un lugar que fue boscoso, y hoy está dedicado a tierra de labor; ordenó a una docena de sus más fielers que cavaran hoyos en los puntos que marcó; y como había señalado no menos de cien la tarea duró meses. Eran huecos de boca circular, de seis palmos de diámetro y quince de profundidad, acampanados. Si la roca aparecía antes de lo previsto, admitía Aydin alguna variación en las medidas, mas no demasiada, porque siempre había tenido afanes de simetría y equilibrio, pero ahora harto más importaban a su proyecto. Los hoyos seguían alineaciones, guardaban relaciones de distancia, dibujaban figuras elementales que, a su vez, componían otras más complejas; eran como puntos de un diseño inmenso para un imaginario espectador aéreo, ampliación del que a escala reducida había buscado Aydin con diversión.

Trabajaron los piratas con ímpetu, quizá guiados por la codicia. No se les había ocultado que el objeto de la tarea era disimular entre tanta hoya -una vez vueltas a cubrir las cien- la que verdaderamente escondería el tesoro. Posiblemente se les prometió gratificar la fatigosa empresa repartiendo entre los doce algo del inmenso botín; tal vez conciliados pensaban en robarlo años más tarde, después de desertar; lo cierto es que trabajaron como forzados. No menos de cinco meses navegó Aydin (“El que regresa”), mientras sus hombres cavaban, extraían tierra, picaban en la roca, apartaban arena, sacrificados, de sol a sol, desgastando herramientas, hasta concluir los cien agujeros precisamente en los cien puntos del complicado dibujo de su jefe.

Así que acabaron el trabajo (eran esas las instrucciones recibidas) colocaron un gallardete en lo más alto de un montículo de la parte de la isla hoy llamada Platja de Migjorn. No tuvieron que guardar mucho. Aydín había calculado bien el plazo necesario para las excavaciones; de forma que a los pocos días, su bajel, sin escolta alguna, fondeó a un cuarto de milla, frente al lugar, y desde el navío dio instrucciones a sus fieles -o quizá no tan fieles- para que embarcasen en la chalupa y se llegaran hasta él todos juntos.

El leído en narraciones de piratas y otros bandidos de la mar ya está imaginando lo que ocurrió: ninguno de los doce alcanzó a pisar la cubierta del bajel. Es bien cierto que no sabían qué hoyo de los cien había de elegir Aydín; pero conocían el emplazamiento de todos. Aunque “El Diablo” no supiera estadística, poseía el suficiente simplicísimo bagaje de sentido común para saber que, incluso rellenados todos, buscando al azar, hubieran podido encontrar su tesoro muy probablemente antes de intentar el centésimo agujero. Sólo no saber que los hoyos eran cien y que guardaban cierta disposición entre ellos daba valor al ingenioso propósito de Drub. Su intención era ocultar el botín -sin ayuda de nadie- en uno de los agujeros, rellenarlo, y disimularlo, después, también sin ayuda, rellenar y disimular otros cuatro; el resto de las hoyas no tenía más razón que servirle de referencia y desorientar a los codiciosos, y para esto valían igual visibles que rellenas pues, con tal de poder referenciar tres cualesquiera de ellas, según su muy estudiado diseño, podía encontrar la única importante.

Una vez que se hubo asegurado de la eterna lealtad de los doce excavadores, sin otra colaboración que la de su lugarteniente, Aydín (“El que regresa”) llevó hasta la playa un mulo, dos palas y las ocho arcas que guardaban su tesoro. Por la historia de sus saqueos cabe deducir cuales eran las mejores piezas del botín: Un copón egipcio con siete facetas -en cada una, un diamante de treinta quilates, los siete de igual talla-; un cáliz que había sido de Clemente VII; dos collares de rubíes y dos de granos de aljófar, que fueron de los Angulema; un broche con cuarenta esmeraldas, por supuesto demasiado grande para soportarlo como adorno, que había pertenecido a Hipólito de Médicis; seis candelabros de factura mudéjar procedentes de la catedral de Barcelona. Menos inventariados, pero no menos valiosos: cruces, hebillas, diademas, puñales, fíbulas, pendientes, vasos; y piedras preciosas sin engastes.

Depositado el botín en la playa, el lugarteniente volvió al bajel. Cuatro veces vió la marinería desde lejos como Aydín se internaba en la isla, en cuatro viajes sucesivos con el cargado mulo. Siguiendo sus órdenes, nadie desembarcó durante dos días enteros; mas, al ver que no regresaba después del máximo plazo pretendido, decidieron todos sus hombres ir a buscarlo.

No les fue difícil encontrar el lugar de las hoyas. (Una curiosa, pero no infrecuente, variación topográfica ha hecho por desplazamiento que el área donde Aydín mandó excavar no sea precisamente la que hoy conserva el nombre de ses Clotades, sino otra zona cercana en la que los labradores han ido rellenando los agujeros con tierra y estiercol para plantar árboles frutales en las gigantescas macetas. El que esto escribe no desea comprometer con incitaciones a extraños la tranquilidad de tales labradores, alguno amigo suyo; por eso ocultará aquí el verdadero emplazamiento de ses Clotades que no es el que marcan los planos actuales.) No les fue difícil a los piratas -decíamos- encontrar el lugar de las hoyas; allí estaba el mulo y allí las palas. Recontados los visibles agujeros varias veces, eran noventa y nueve, sólo noventa y nueve. El centésimo habría podido hallarlo uno cualquiera de los doce escavadores, pero ya eran vianda de peces.

Por supuesto, el tesoro no fue hallado, y Aydín tampoco. Pero todos, entonces y ahora, estuvieron y estamos convencidos de que Aydín había regresado definitivamente a Formentera.

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.
Capítulo V: La cabeza.
Capítulo VI: El príncipe.
Capítulo VII: El monje.
Capítulo VIII: El rescate
Capítulo IX: El tesoro

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.

15 de abril del 19

15/04/2019 § 1 comentario

A history of the birds of Europe not observed in rhe Britis Isles, Volume I, es un interesante libro de Charles Robert Bree con 55 ilustraciones publicado ampliado en su segunda edición en 1875 por George Bell & Sons, en Londres, primera parte de una colección de cinco tomos.

History of birds of Europe.pdf

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09 de abril del 19

09/04/2019 § Deja un comentario

EL RESCATE

Por lo común, la consagración de un lugar suele requerir algún ceremonial, y a veces hasta complicados ritos. El caso inverso, la desacralización, viene menos señalada por la necesidad del ritual, y más por sucesivas demostraciones de indiferencia. Luego, ni eso; porque la indiferencia en estado perfecto se comprueba por la falta de demostraciones.

Existe en Formentera, cabe San Francisco Javier, un viejo edificio que casi nadie (ni siquiera la menor parte de los formenterenses) sabe que fue una capilla, la única abierta al culto durante el siglo XIV. Después, en alguna de las ocasiones de abandono de la isla y subsiguiente despoblación, perdería la construcción -probablemente expoliada- su sagrado carácter, y llegaría, con los años, a ser una edificación rural adscrita a la finca rústica llamada sa Tanca véia. Hoy mismo, la indiferencia con la que todos observamos ese edificio, se extrapola ya a la pérdida de su lejana vinculación sagrada, pues ni como masía parece tener interés.

Pues bien, esa construcción está unida a la leyenda que ahora relatamos. Se cuenta, en efecto, que la finca se vendió, hace más de quinientos años, a una familia, vuelta de una prolongada emigración por reinos extranjeros, que había regresado a las Pityusas tan fortalecida de imperio económico como descreída y paganizada.

Al parecer, un día en que los ateos nuevos dueños de sa Tanca véia andaban obrando en la que fue capilla, dieron con una hornacina oculta en la pared -grueso muro de casi un metro de espesor-, y encontraron allí una talla: una imagen de Cristo de escaso arte, realizada en madera de pino.

El hallago de un escondrijo tapiado siempre exacerba la codicia, de forma que no puede sorprender el desencanto de los buscadores cuando, en lugar del tesoro que confiaban en encontrar, apareció la talla de reducido valor que, además, representaba al Crucificado. Apartaron a un lado el objeto religioso, que era del tamaño de un niño de cuatro o cinco años, y buscaron en la tapiada hornacina algo de más precio; pero ni en aquel hueco, ni en otros con los que afanosamente dieron, se halló nada más. Solo un Cristo de pobre industria habían escondido aquellos muros.

Acudieron desde el desengaño a la exasperación; de forma que, por conseguir mayor irreverencia, echaron la talla en el cercano muladar (un antiguo osario), y prendieron fuego a la basura. Aunque se formó una gran hoguera, el Cristo no ardía por más que le arrimasen tizones o añadieran leña a la fogata.

Lo prolongado de los intentlos hizo que la rara situación llegase a advertirla un vecino cuya pierdad era celebrada en la isla; y tan pronto como éste comprendió el portentoso significado del malévolo y fallido designio se acercó a evitar la profanación. Ya que no la fuerza de sus brazos -pues era canijo, y los ateos le hubieran aporreado- utilizó la de su ingenio, echando cebo a la codicia de los impíos: de modo que les prometió la compra de la talla si la sacaban del fuego.

Separado de la hoguera, el Cristo apareció sin menoscabo, pues en la imagen no habían prendido las llamas. Ahora quedaba por estipular un precio. Era complicado hacer compatibles la avaricia de los impíos, y las escasas posibilidades dinerarias del vecino bueno; intervinieron mediadores en las discusiones, y se acordó al fin entre ellos algo que parecía muy favorable a los dueños de la talla: se pesaría el Cristo, y el precio sería su peso en plata.

En sa Tanca véia se juntó todo el pueblo para presenciar el lance. Los ateos se lo prometían muy provechoso, puesto que una pieza como aquella no podía estar en menos de cuarenta libras. El comprador y sus amigos habían reunido la totalidad de su dinero, e incluso algunos objetos de plata; pero desconfiaban de poseer tanto como sería preciso para contraponer al Cristo.

Se inició la pesada. En uno de los platos de la balanza colocaron el Crucifijo y en el otro un gran montón de monedas que, a ojo calcularon que no alcanzaría a equilibrar la carga de la talla. Vieron, sorprendidos, que el Cristo parecía pesar muchísimo menos de lo imaginado. Así que quitaron bastantes monedas, pero no bastó. Quitaron más, y siguió siendo insuficiente. Llegaron a reducir el montón a la décima parte de lo que al principio habían puesto; pero, por más monedas que quitaban de uno de los platos, el otro seguía en alto. Y continuaron apartando plata, para desesperación de los dueños de la talla.

Al fin se consiguió el equilibrio de la balanza; la imagen descendió hasta que el fiel manifestó la estabilidad entre ambos pesos: en uno de los platos la fea imagen, en el otro treinta monedas de plata. porque ese fue el precio del Cristo de sa Capella de sa Tanca véia.

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.
Capítulo V: La cabeza.
Capítulo VI: El príncipe.
Capítulo VII: El monje.
Capítulo VII: El rescate.

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.

08 de abril del 19

08/04/2019 § Deja un comentario

El libro Zimmerblattpflanzen del Profesor Dr. Udo Dammer fue editado en Berlín en 1908 por Karl Sirgismund y contiene 48 ilustraciones acompañadas de notas para su identificación.


Zimmerblattpflanzen
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02 de abril del 19

02/04/2019 § Deja un comentario

EL MONJE

Una tarde lluviosa, estando de paseo por Barcelona, entré en cierta librería de lance que me sirvió, a la vez, de distracción y de cobijo. En mi búsqueda sin urgencias por los anaqueles, mientras esperaba que cesase la lluvia, encontré uno de los quince volúmenes de la importante obra de William Klocck, escrita en Londres el año 1769, “An inquiry into the importance os sources odf the mediaeval history”, más concretamente el volumen noveno, es decir, el que debajo del título indica: “9th part. The legends”. Al pasar las hojas desde la portada al índice, saltó varias veces la palabra Formentera. Por eso, aun consciente de mi defientísimo inglés, compré el libro.

Media hora después, una vez acomodado en mi cuarto del Hotel, con la necesaria ayuda de un diccionario adquirido al tiempo que el volumen de klock, traduje la leyenda. Contaba ésta de cierto monasterio en Formentera, y de las raras circunstancias en que hubo de abandonarse, después de una saerie de sucesos que acontecieron tras la muerte de dos hombres, el segundo de ellos -el segundo en morir, si es que murió- un monje. La verdad es que el viejo monasterio por entonces ya había decaído en importancia, pues solamente acogía a a seis profesos. Por lo escrito se sabe que, siendo imposible señalar distinción jerárquica entre ellos, los seis habían optado por gobernarse mediante esa funesta forma que en política llaman democracia. “De ahí digo yo que nacería el decaimiento de sus costumbres.) Está claro que, con o sin el desgraciado fin del monje Guiu, y la subsecuente persecución de sus otros compañeros, el candente monasterio probablemente habría sido abandonado de todos modos, pues ya es síntoma degenerativo aplastar la pirámide natural de las subordinaciones con el artificio del sufragio.

En aquellos años (parece ser que la narración indica que los hechos sucedieron alrededor de 1340 de la Encarnación, aunque eso no es seguro porque el libro tiene unas páginas deterioradas, y la fecha se lee con notoria dificultad), Formentera mantenía pocos habitantes, solamente dos centenares; y eso barajados los cristianos y los árabes que habían permanecido tras la conquista de la isla por el rey de Aragón. No debemos olvidar que estos monasterios solían erigirse en lugares solitarios pues las comunidades se decían, con forzada paradoja, ansiosas de las comodidades del desierto.

Cerca del monasterio -demasiadocerca para cumplir las apetencias que señala el voluntariopropósito de solitud con anterioridad expresado- habitaba un matrimonio anciano al que la providencia había concedido tardíamente una hija. Y ésta, según dice la leyenda, era tan joven como atractiva (*). En nuestro monje se fueron acumulando deseos que a nadie relataba; no podía hacerlo a su superior porque no lo había; no cabía que se descargase de tales  concupiascencias aconsejándose de sus hermanos de religión, porque temía sus burlas. De forma que buscó en la oración y en las disciplinas la ayuda que mejor le hubiera otorgado la confesión. ¡Cuántas veces, asomado a la mar en el extremo oriental de la isla, la Punta d’es Garbaions -donde se solía retiraer ebn busca de trasnquilidad-, prometió a Dios vencer sus inclinaciones! Pero ni los sacrificios físicos ni los rezos lograron el efecto mitigador que el desdichado Guiu precisaba. Sus deseos crecían cada vez que la inocente moza acudía desde el aljibe al monasterio para llevar la diaria provisión de agua, o cada vez que la oía cantar a lo lejos, entonces desmayaba en sus propósitos devotos, desajustaba su continencia, y se le desmoronaban los argumentos de castidad.

(*) Traducido literalmente: “venusta como súcubo, bella en demasía para mujer”

No obstante, mal que bien, fue resistiendo el atribulado monje sus amorosos impulsos, hasta que supo que se había concertado el matrimonio de la joven campesina con un pescador de es Carnatge que vivía en la parte baja de la isla, en es Caló de Sant Agustí (*). Sintió entonces tales celos que, apenas supo el nombre del prometido, decidió darle muerte. Y un anochecer, en un recodo del labrado camino que rodeando el acantilado de sa Cala sube desde es Pou d’es Verro hasta la Mola, le machacó la cabeza con un garrote. Tras la fechoría, creció en él el deseo; el crimen le había estimulado, le había servido de excitante, de malsanio catalizador amoroso (Klock emplea en el texto palabras tales como erogenous y love-sickness); y corriendo, rijoso, chorreándole las barbas, acudió a la ventana del cuarto de su amada para acecharla en el lecho, pues todo en él solicitaba declarala sus intentos, ya degradado a deshonesto esfuerzo.

(*) Conservado el nombre completo hasta hace muy poco tiempo, hoy día sólo se llama, quizás por no hacer gasto, es Caló. Lo de San Agustín, por otra parte, alude al santo titular de la orden monástica del cenobio que esta leyenda cita.

Cuando se acercó al reducido hueco, e introdujo por él la cabeza, sintió repentinamente una gran rigides en sus brazos y en sus piernas; asustado, quiso apartarse, más ya no pudo. Alcanzó a dar un grito que casi pareció un maullido, con lo que despertó la doncella dormida en su intimidad.

Estupefacta, pudo ver la moza cómo, ante su ventana, el infeliz Guiu, tartamudo de movimientos, se iba convirtiendo lentamente en un leño; sus brazos se extendían como ramas, su cuerpo se asemejaba cada vez más a un tronco, y sus piernas se introducían en la tierra como raíces.

Klock termina indicando que nunca fue posible arrancar el árbol ni cortarlo; así era de duro. Tampoco consiguieron quemarlo, aunque repitieron el intento varias veces: parecía incombustible. Los otros cinco monjes, agreduidos por los amigos del asesinado, y amenazados de ataúdes, tuvieron que huir a Ibiza. La casa de la joven fue abandonada, y nadie quiso ya utilizarla ni siquiera como corral o porqueriza.

***

Uno no afirma ni niega nada. Pero en la Mola, cerca de los escasos restos de es Monestir d’es Frares,hay todavía una viej´ñisima construcción; y delante de una de sus ventanas existe una gruesa sabina seca, gris, muchas veces centenaria, retorcida, que tiene toda la apariencia de un hombre que se asomara al hueco. El tronco muestra marcas de hachazos inconclusos, y señas de intentos de combustión.

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.
Capítulo V: La cabeza.
Capítulo VI: El príncipe.
Capítulo VII: El monje

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.

01 de abril del 19

01/04/2019 § 1 comentario

Histoire naturelle des Salamandres de France précédées d’un tableau mèthodique des autres reptiles indigènes es un libro de Pierre André Latreille publicado en 1800 que contiene doce ilustraciones muy interesantes de este reptil.

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