15 de octubre del 19

15/10/2019 § Deja un comentario

La procesión das Xás o Xans es muy semejante a la conocida con el nombre de Santa Compaña pero se diferencia de esta en que no son fantasmas de muertos los que van en ella, sino fantasmas de vivos. Estos marchan en dos hileras y llevan un ataúd. Cuanto más cerca del ataúd van los miembros, más inminente es su muerte. Los que van más lejos pueden tardar hasta tres o cuatro años en fallecer. El que se encuentra con esta procesión, sólo la ve, pero no la siente. El encuentro se da casi siempre en los cruces de los caminos, donde es costumbre detenerse con los difuntos para que los curas echen responsos. Si el que la encuentra es un amigo de los que van en la procesión, lo único que le hacen es llevarlo por el aire a otra parte. Si es enemigo, le dan una gran paliza y lo arrastran por las zarzas.

Curiosamente, al contrario de lo que ocurre con la Santa Compaña, no todos los seres humanos son capaces de ver a esta procesión de vivos muertos. Tan solo los vedoiros, personas con la facultad de ver a los muertos y más sensibles a los fenómenos sobrenaturales, son capaces de vislumbrar a los componentes de la Procesión das Xás. Estas personas cuentan con esta capacidad desde que tienen uso de razón. Para ello se ha de cumplir que el padrino de quien la ve rezase mal el credo cuando lo bautizaron, o bien que el cura cambiase los santos óleos confundiendo los de la extremaunción con los del bautismo. Tal error se puede remediar bautizándose de nuevo.

Ambas procesiones de almas tienden a aparecerse cerca de los campos santos o en los cruces de los caminos, lugares en los que en la tradición gallega se colocan cruces de piedra conocidas como cruceiros. La leyenda dice además que la Santa Compaña no podrá llevarse las almas de aquellas personas que se encuentran subidas a las escaleras que preceden al cruceiro. Una manera más de burlar muerte por el momento.

Fuente: Procesión das Xás

08 de octubre del 19

08/10/2019 § Deja un comentario

La Piedra del Corazón de Lágrima es una leyenda popular propia de las comarcas zamoranas de Aliste y Tábara, también dándose en parte de Tierra de Alba y con posible origen en los siglos XIV ó XV sin encontrarse en fuente escrita en ningún caso, lo que dificulta la autentificación de éste dato.

Existen variaciones sobre la misma, sin embargo la más extendida es la siguiente: Se dice que hace mucho tiempo existía una princesa o reina gata de color negro que anhelaba poder amar, sin embargo no podía porque era muy puro y delicado su corazón y temía que se rompiese, puesto que ya se encontraba agrietado por estragos pasados. Así le pidió al cielo y a la montaña que la guardasen hasta que se presentase una persona que, aun sin verla ni conocerla, estuviera enamorado de ella. Así el cielo y la montaña empezaron a entonar cánticos y sus sonidos se convirtieron en una prisión para la princesa que la preservó del tiempo. Pasado mucho tiempo un zorro rojo encontró la piedra y empezó a juguetear con ella. Cuando lo vieron el cielo y la montaña, le reprendieron lo que hacía y le contaron lo que en realidad era. El zorro, muy afligido empezó a cuidar a la roca para que nada le pasara y lloraba cada noche pensando en la princesa gata. Sus lágrimas caían sobre la piedra y se convertían también en roca, abrigando a ésta y cuando la piedra fue totalmente recubierta, la princesa en su interior notó el calor de las nuevas capas y salió para amar al zorro.

El origen de la leyenda se haya en cuentos populares transmitidos siempre vía oral con el paso del tiempo y las generaciones. Puede referirse al hallazgo de algún tipo de piedra o cristal magmático o desprendida del impacto de un cometa. Parece ser que el evento real quedó olvidado y se mistificó al objeto, dándole un aire pseudo-divino. Si la piedra realmente existió, hace muchos años que fue extraviada, ya que no se encuentran datos acerca de la estancia de la piedra en la provincia.

Fuente: Corazón de lágrima

01 de octubre del 19

01/10/2019 § Deja un comentario

Existe una tercera leyenda sobre el lago de Sanabria, que puede buscarse en el año 1109, cuando un monje de la región francesa de Poitou llamado Aymeric Picaud, inició un viaje con el objetivo de acompañar al pontífice Calixto, Guido de Borgoña, en la peregrinación que éste iba a realizar a Santiago de Compostela. Al terminar el viaje, el monje Aymerico escribió un manuscrito en el que narraba las vicisitudes del viaje y que denominó el Liber Sancti Iacobiconocido como Codex Calixtinus, que pasó a convertirse en una suerte de guía para viajeros a Compostela durante la Edad Media. En el cuarto libro del Códice, conocido como el Pseudo Turpín -ya que Picaud atribuyó su autoría a Turpin, obispo de Reims en el siglo VIII- se cuentan las legendarias hazañas de Carlomagno en Hispania. Allí se dice que el Emperador sometió a más de cien ciudades en la península, de las que sólo tres opusieron una feroz resistencia, por lo que el emperador no sólo las destruyó al conquistarlas, sino que las maldijo, para que quedaran para siempre reducidas a ruinas. Dos de estas tres ciudades, Capparria -al parecer la actual Ventas de Caparra, en la provincia de Cáceres- y AdaniaIdaña La Vieja, en Portugal- ya estaban en ruinas cuando Picaud compuso el texto; sin embargo es la tercera, Lucerna Ventosa, la que nos interesa ya que es la que acabará dando el nombre a la ciudad legendaria sumergida en el Lago de Sanabria.

Según la historia que se narra en el Pseudo Turpín, cuando el Emperador ruega a Dios para que le entregue la ciudad, los muros de Lucerna se caen y del suelo empieza a brotar un sucio torbellino de agua que inunda la ciudad, convirtiendo el lugar en un estanque de aguas turbias en las que nadan grandes peces negros. No sabemos bien ni donde se encontraba aquella legendaria ciudad, ni en qué ubicación estaba pensando Picaud cuando escribió el texto. En la actualidad, existe acuerdo entre los autores que más han estudiado la obra de Picaud en considerar que la ciudad estaba ubicada en la tierra del Bierzo, en la actual provincia de León, en el camino de Santiago. Según esta hipótesis, el lago de la leyenda es el lago de Carucedo, originado cerca de las minas romanas de las Médulas, lago que se habría formado tras la destrucción de Lucerna, que se identifica con el Castro de Ventosa. Hasta aquí, la leyenda vinculada al camino de Santiago.

Picaud pudo ponerle el nombre de Lucerna al pueblo por la localidad suiza del mismo nombre. Se trata de una ciudad que en la Edad Media se vinculaba como morada del cuerpo de Poncio Pilatos, el gobernador romano de Judea que no hizo nada por evitar la muerte de Cristo. En la Edad Media una leyenda aseguraba que esta Lucerna era en realidad una ciudad nueva que se había edificado junto a un lago en los que se hallaba una ciudad sumergida y destruida por Carlomagno al negarse a rendirse. Probablemente Picaud, nuestro monje, conocía la leyenda de Lucerna suiza y la transcribió para su obra referida a la península ibérica.

El paso que faltaba por dar, es decir, la llegada de Lucerna a Sanabria, está relacionado con la comunicación que hubo sin duda entre los monjes cistercienses del Monasterio de Carracedo, fundado en el siglo X, y al que pertenecía el Lago de Carucedo, con los monjes, también cistercienses, del Monasterio de San Martín de Castañeda, dueños del lago de Sanabria. En algún momento, alguno de los monjes llevó la historia de un lago a otro. Y si allí, en el lago berciano, se hablaba de una maldición, aquí la historia cobraba un matiz religioso al asegurarse que fue Dios, en forma de peregrino, quien destruyó el pueblo ante la avaricia y falta de caridad de sus vecinos.

Fuente: Leyenda del lago de Sanabria

24 de septiembre del 19

24/09/2019 § Deja un comentario

Una vez que las aguas inundaron el lugar, cuenta la leyenda que los vecinos de los alrededores del lago de Sanabria quisieron sacar las dos campanas de la iglesia hundida.

Emplearon para ello a dos jatos que estuvieran bien alimentados. Sin embargo, uno de ellos que no había podido mamar, no pudo sacar la campana del fondo del Lago mientras el bien alimentado le decía:

-Tira buey bragau
que la leche quí ordeñarum
por el llomu le fue echau
Ven aquí bragau.
-No puedo, quí estoy ordeñau

La campana que se hundía le decía a la otra que salía:

Tu te vas, Verdosa,
yo me quedo Bamba
y hasta el fin del mundo
no seré sacada

Y esta es la campana que los hombres de bien pueden oír repicar desde el fondo de las aguas la noche de San Juan.

Fuente: Leyenda del lago de Sanabria.

17 de septiembre del 19

17/09/2019 § Deja un comentario

Cuentan que un buen día llegó a la aldea de Villaverde de Lucerna un peregrino pidiendo limosna al que nadie le atendió, salvo unas mujeres que estaban cociendo pan en el horno de este pueblo. Estas se apiadaron de él y le dejaron entrar en la sala del horno para que pudiera guarecerse del intenso frío y saciar su hambre con algo más de masa que pusieron en el horno.

La masa que introdujeron en el horno creció tanto que finalmente el pan se salió del horno y, las mujeres, sorprendidas ante este hecho, escucharon de boca del peregrino que resultó ser Jesucristo, el castigo que iba a implantar al pueblo ante su falta de caridad: inundaría la aldea por lo que debían de huir de sus casas para refugiarse en el monte. Seguidamente el hombre clavó su bastón en el suelo diciendo:

Aquí clavo mi bastón
aquí salga un gargallón
aquí cavo mi ferrete
que salga un gargallete

El agua brotó a borbotones anegando el pueblo de Villaverde, salvándose de las aguas tan solo el horno, que conforma hoy en día la pequeña isla que hay en el lago.

Fuente: Leyenda del lago de Sanabria

10 de septiembre del 19

10/09/2019 § Deja un comentario

Dice la leyenda que el Cid galopaba a la cabeza de una compañía formada por 20 caballeros con destino al santuario de Santiago, para rendir homenaje al Santo Patrón.

Encontróse a un leproso en el Camino, que con voz débil pedía caridad cristiana. Se detuvo Ruiz de Vivar, desmontó y ayudó al hombre a ponerse de pie. Lo subió a su caballo y galopó junto a él, compartiendo montura.

Pararon en una posada para pasar la noche. Don Rodrigo tuvo que imponerse para que permitieran la entrada al leproso, al cual sentó en su mesa. Cuando se encendieron las velas, el Cid condujo al leproso a su habitación y allí compartió la cama con él.

En la oscuridad de la noche, el caballero despertó sobresaltado y sintió una fría respiración entre sus hombros. Saltó de la cama y pidió que encendieran las velas de la estancia. Cuando se hizo al luz vieron que el leproso había desaparecido.

Rodrigo cayó de rodillas al aparecer quien, con la apariencia del leproso, resplandecía. Dijo ser Lázaro, resucitado por Jesucristo, vaticinando al caballero un futuro de gloria, una muerte honorable.

Cuando la visión desapareció Don Rodrigo cayó de rodillas rezando a la Virgen María, a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo el resto de la noche.

Fuente: El Cid y el leproso.

03 de septiembre del 19

03/09/2019 § Deja un comentario

En el año 1134 el pueblo fantasma que hoy es conocido como Ochate o Portillo de Lobos tenía otro nombre: Goate o Puerta de arriba. Está ubicado en el Condado de Treviño, a unos 14 kilómetros de Vitoria. Quienes se animan a visitar y pasear por las pocas casas que quedan en el pueblo, ya bastante destruidas, sienten una extraña sensación de miedo y respeto.

Ochate llegó a ser en el siglo XIX, la zona más poblada de la comarca. Se asegura que en sólo diez años tres grandes epidemias arrasaron toda la población. La primera se hizo presente en el año 1860, cuando se extiende la viruela, de la que apenas sobreviven una decena de personas. El pueblo consigue rehacerse y nuevos habitantes pueblan sus casas, pero sorprendentemente en 1864 se propaga el tifus con furia devastadora y vuelve a destuír el lugar. Con esfuerzo pues ya mucha gente estaba reticente a volver al pueblo, Ochate vuelve a repoblarse, pero la maldición aún no había acabado.

En 1870, una epidemia de cólera hunde de manera definitiva a las personas que intentaban reconstruir y repoblar el lugar. Tal es la mortandad que en el pequeño cementerio de la localidad no se pudo enterrar a todos los cadáveres a los que se sepultó en la vaguada que forma el cerro de la aldea.

La incógnita reside en ¿por qué las epidemias afectaron solamente  al pueblo de Ochate sin mermar la salud de ningún otro habitante de aldeas cercanas?

27 de agosto del 19

27/08/2019 § Deja un comentario

En la isla de Tenerife, Canarias, existe un barranco conocido como el Barranco de Chamoco, o Barranco de Badajoz. Se trata de un gran cañón que, según varias leyendas, ha sido testigo de la presencia de seres que emiten una intensa luz blanca.

Cuenta una leyenda que en los primeros años de 1900, unos padres enviaron  a su hija al barranco en busca de fruta. La niña no volvió casa, desapareció. La zona fue rastreada exhaustivamente por familiares, amigos y vecinos sin resultado, por lo que la autoridad del lugar la declaró desaparecida.

Años más tarde la niña regresó a su casa tal como salió de ella veinte años antes. Asombrosamente, presentaba el mismo aspecto, vestía las mismas ropas y tenía el mismo largo de pelo, que peinaba como cuando desapareció. Tal como contó, llegó al barranco a por la fruta que le habían pedido cuando se encontró con un ser alto vestido de blanco, al cual siguió al interior de una cueva en las que había unas escaleras que descendían a  unjardín en el que había otros como él.

Al rato, el ser la acompañó a la entrada de la cueva y se despidió de ella. La niña recogió la fruta a por la que había ido y regresó a casa. Habían pasado más de 20 años.

20 de agosto del 19

20/08/2019 § Deja un comentario

Según dice una leyenda castellana del siglo XVI, corría el año 1550. El oro venía del Perú en galeones bien custodiados y acompañando el dulce tintineo, llenos de orgullo y acariciados por doradas esperanzas, también llegaban los propietarios. Uno de ellos, viejo, corcovado, con los ojos cansados de contemplar tesoros, desembarca en Cádiz. Era rico, y con el oro pensaba que podía comprarlo todo: hasta el amor. Se hizo largo el viaje hasta la Villa y Corte, pues recordaba que su amigo el médico del rey quedó tutor de una niña encantadora que ahora estaría por los 20 años y soñaba contagiarse de su juventud contrayendo matrimonio con ella.

Una vez todo estuvo dispuesto para la ceremonia, el viejo médico llevó a su pupila al palacio real. Don Felipe II siempre le había mostrado afecto y en esta ocasión  le ofreció como regalo nupcial las trece monedas de oro que habían de servir de arras

El casamiento se celebró con gran pompa. El anciano esposo había regalado a la juvenil desposada un magnífico traje blanco, bordado con perlas. De encaje de Bruselas era el manto, que le llegaba hasta su borde, y ocultaba su cara y sus ojos…. enrojecidos por el llanto.

Vino después el banquete, en el que los invitados, obsequiados hasta la saciedad, se tambaleaban en los límites de la embriaguez. Cayó la tarde; los criados encendieron las luces. La novia se había retirado a sus habitaciones, lejos del bullicio. Y en medio de la noche, cuando el anciano, pensando en su felicidad, comprada con oro, y a costa de las lágrimas de una obediente muchacha, fue a buscarla… no la encontró.


Alarmado, gritó a los servidores, recorrieron la inmensa casa, registraron los rincones, repasaron los salones del banquete, sin el menor éxito, y por último bajaron a los sótanos. Y allí, en el suelo húmedo, en un aire mohoso, pesado e irrespirable, la encontraron echada. El velo de encaje aún temblaba en su frente, el traje de perlas estaba teñido de rojo. Acercaron los candiles; entre sus manos sostenía el pañuelo bordado, trece monedas de oro a sus pies y un puñal florentino incrustado con gemas de colores, clavado en su corazón.

Horrorizados se retiraron en silencio el amo y los servidores. ¿Quién pudo cometer aquello?, aún queda en pie el enigma, sólo sabemos que el anciano a partir de entonces y hasta el final de sus días todo el oro que tocaba quedó manchado de sangre, y que por los sótanos de la casa se oyen gemidos, y dicen que alguien ha visto pasear, como un espectro, en las altas horas de la noche, a una dulce joven, envuelta en velos, haciendo tintinear en sus blancas manos las trece monedas de oro que vendieron su juventud e inocencia.

Fuente: Leyenda castellana

13 de agosto del 19

13/08/2019 § Deja un comentario

Una tarde de septiembre de 1528, bajo una imponente tormenta, llamó a un albergue perdido en el monte, un noble caballero. Sus vestidos eran lujosos y el ventero, después de inspeccionar por la mirilla de la puerta, abrió complacido. El recién llegado pidió lumbre para secar sus ropas y permiso para meter en la cuadra a su caballo. Como la tormenta no cesaba y la noche se echaba encima, decidió alojarse allí. Mandó que le prepararan una buena cena y una habitación para dormir.

El ventero, imaginando que el caballero sería algún gran personaje extraviado en el monte y con sus bolsillos repletos de escudos, determinó apoderarse del oro, ya que a un rincón tan intrincado del bosque nadie le habría visto entrar. Le sirvió la cena lo más rápido posible y no cambió palabra con él para que, sin ninguna distracción, se retirara inmediatamente a su aposento. El dueño de la posada se despidió para acostarse, se metió en su cuarto, buscó un afilado cuchillo y con gran agitación esperó a que su huésped estuviese acostado.

Escuchó un rato sin percibir el menor ruido y sabiendo con certeza que el caballero ya dormía, abrió con cuidado la puerta, se lanzó sobre el lecho y clavó repetidas veces el arma sobre el infeliz durmiente. El asesino cuando comprobó a la luz de una bujía que el hombre estaba muerto, registró sus ropas hallando en ellas varias bolsas de oro.

El hostelero se sintió feliz, varias veces contó las monedas y finalmente las puso en lugar seguro. Metió a la víctima rápidamente en un saco lleno de piedras, lo cosió, lo cargó y lo transportó  hasta la cercana laguna de Taravilla, la cual creen sin fondo y comunicada con la Muela de Utiel por abismos subterráneos.

Vuelto a casa, el criminal borró toda huella del crimen, se acostó satisfecho y durmió toda la noche. Al día siguiente, como no encontró el cuchillo, se inquietó con el pensamiento de que lo hubiese dejado clavado en el muerto ya que el arma llevaba grabada en la hoja su nombre y apellidos. Pero se tranquilizó pensando ¿quién podría verlo nunca ? Podría vivir tranquilo, ningún humano había llegado jamás al fondo del lago.

Pasados unos meses, una negra noche, un fuerte temblor de tierra se dejó sentir en la comarca, abriendo las entrañas de la Muela de Utiel, lo que hizo que bajaran las aguas del lago de Taravilla, que finalmente desaparecieron en las entrañas de las simas, quedando el lago seco. Acudieron a contemplarlo los vecinos de los pueblos de alrededor y descubrieron un saco abierto por algo cortante y un cadáver con un puñal en la mano. El arma llevaba el nombre del hostelero grabado. La noticia se divulgó rápidamente. El asesino, al verse descubierto, antes de ser detenido se ahorcó de una viga.

Semanas más tarde las aguas comenzaron a llenar de nuevo el lago. Desde entonces se ha repetido varias veces el fenómeno y los vecinos creen que las aguas se retiran cuando el lago esconde algún secreto, volviendo a la normalidad cuando se le ha dado al cadáver cristiana sepultura.

Fuente: La laguna de Taravilla.

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