13 de diciembre del 17

13/12/2017 § Deja un comentario

Son estas, cartas antiguas de las Baleares. Destacamos la variedad de formas que va adquiriendo Formentera según las mediciones de la época. Lamentamos no poder ofrecer las imágenes con mayor calidad .

Destaca esta carta de 1846 por utilizar el Meridiano de Cádiz para establecer los grados de longitud.

Carta de las Islas Baleares en las que se incluye parte de la costa peninsular.

Carta del Puerto de Ibiza de 1897 en la que se aprecia como en Botafoc, que era un islote unido a tierra por una lengua de tierra, ya existía el faro.

Carta de las Yllas Baleares y Pitiusas en las que aparecen las longitudes según dos meridianos de la época, el Meridiano de Cadiz y el Meridiano de Cartagena.

Antigua carta de las Baleares con el litoral peninsular, en la que se dibujan las islas con todavía bastante falta de exactitud.

Carta de las Baleares, casi identica a la anterior, con la costa peninsular oriental en las que se observa como se exageran las particularidades de las costas.

Carta francesa de las costas de la península que recoge parte de las Pitiusas y el norte de África, conocido en la época como Barbaria.

 

Carta de las islas en las que se aprecia bastante bien una Formentera, todavía deformada por los cartógrafos, al sur de una estilizada isla de Ibiza.

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08 de diciembre del 17

08/12/2017 § Deja un comentario

Durante siglos, tener un meridiano propio como Estado era señal de poderío y progreso. España tuvo varios: Madrid, Toledo, Isla del Hierro, Pico del Teide o Salamanca. El de Cádiz fue durante un siglo el referente mayoritario para toda la flota española.

Desde 1753 hasta 1850, la mayor parte de las cartas náuticas españolas y de los diarios de navegación están referidos al meridiano de Cádiz. Gozó de gran relevancia internacional y prestigio marítimo, pero hoy nada lo recuerda. Hasta ahora, ni siquiera se sabía por qué puntos transcurría con exactitud.

Varias causas hicieron, en 1717, del meridiano de Cádiz una guía para la navegación española. Aquel año, la ciudad se convirtió en sede de la Real Casa de la Contratación de Indias, organismo que regulaba el comercio y la navegación con los territorios de ultramar. Su traslado desde Sevilla solo confirmó lo que ya estaba ocurriendo desde hacía décadas. El poderío comercial de Cádiz en el comercio con las Indias generó a la ciudad pingües beneficios y empujó otros acontecimientos: en 1717 se crea, además, la primera Academia de Guardias Marinas de la Armada, antecedente de la actual Escuela Naval Militar.

En ese siglo de oro del comercio, a Cádiz, que en ese momento era la quinta ciudad más poblada de España, le faltaba su propio meridiano. Llegó en 1753 gracias al Observatorio Astronómico de la Marina, que se ubicaba en la desaparecida torre del homenaje del Castillo de la Villa. España pasó a contar con dos meridianos importantes activos, Madrid y Cádiz. Al calor de las rutas comerciales, el segundo se popularizó rápido entre la flota española e incluso de otras nacionalidades. En esos años, los buques se cambiaban posiciones entre ellos, referenciados a sus propios meridianos y eso hizo que el de Cádiz gozara de gran prestigio.

El primer observatorio astronómico de España se creó 1753 en el Castillo Viejo, cerca del Teatro Romano de Cádiz. El Real Observatorio de la Armada estableció el Meridiano de Cádiz como referencia para la elaboración de cartografía civil y militar de España, ya que constituir la longitud cero del mapamundi suponía un símbolo de prestigio científico, poder y hegemonía.

Entre 1753 y 1850 Cádiz fue referencia cartográfica mundial; y es que antes de que una decisión política internacional tomada en 1884 estableciera Greenwich como meridiano universal, numerosos estados establecieron observatorios astronómicos que sirvieron, a su vez, para generalizar el uso de su territorio como meridiano cero o primer meridiano.

En cualquier guía de viajes de Londres o París encontramos numerosas referencias a sus respectivos meridianos. Desde 1995 París está recorrida de norte a sur a lo largo de 17 kilómetros sur por 135 medallones de bronce incrustados en el pavimento que siguen la línea del antiguo meridiano de París, con el nombre del científico francés Arago.

El magnífico ensayo de Miguel Ramos Grosso El Meridiano de Cádiz no deja lugar a dudas; propone a Cádiz un nuevo atributo para mostrar al mundo el determinante papel que ha jugado en la historia de la navegación, y busca materializar el recuerdo colocando algún testigo para que los gaditanos y quienes visitan la ciudad puedan leer sobre el terreno algo más que La Carta Esférica.

Documentación: El meridiano perdido de CádizEl Meridiano de Cádiz

21 de noviembre del 17

21/11/2017 § Deja un comentario

Fatigados y triunfales, los guerreros celtas regresaban a sus hogares tras vencer en la batalla. De sus carros y monturas colgaban las cabezas de sus enemigos vencidos. Cráneos arrancados se exhiben ensartados en las lanzas, a modo de macabros trofeos que ensalzan su victoria.

Numerosos autores clásicos recogen este ritual de guerra como una práctica muy extendida por toda la Céltica. Según parece, no se trataba de una simple cosecha de cabezas: el pueblo celta estaba convencido de que en esta parte del cuerpo residía el espíritu de la persona. De acuerdo con sus creencias, guardar la cabeza del enemigo vencido implicaba poseer su espíritu. De este modo, no sólo se impedía al alma proseguir su camino al más allá, sino que además se la obligaba a proteger a su nuevo portador, traspasando a éste el coraje y el valor del soldado caído.
Las puertas de las casas, los recintos sagrados y otras zonas del poblado estaban adornados con cráneos humanos, generalmente bien limpios y pulidos para la ocasión. Las familias más ricas de la comunidad celta guardaban en sus hogares las cabezas momificadas de grandes guerreros y reyes que abandonaron este mundo hace tiempo Para conservar estas cabezas especiales, patrimonio familiar de gran valor para los celtas, se utilizaba un carísimo aceite de cedro. Cuanta más fama de valeroso hubiese tenido aquella persona en vida, más valioso sería después su cráneo, y mayor el poder que alcanzaría como amuleto. Pero no siempre eran de enemigos caídos en combate. En ocasiones las cabezas pertenecían a los antepasados de la aldea. De este modo, los vivos velaban el alma de los familiares muertos.


Varios autores latinos citan en sus escritos casos de personas que rehusaron vender una de estas cabezas por su peso en oro. No era lo habitual. Los grandes coleccionistas llegaban a pagar enormes cantidades por las cabezas de guerreros de gran prestigio. De algún modo podría considerarse esta práctica como un reconocimiento a la importancia del guerrero, un homenaje reservado solamente a personas excepcionales.

El culto a las cabezas constituyó un elemento de suma importancia en la formación del espíritu celta. En algunos lugares, los jóvenes tenían como prueba iniciática final el salir de cosecha, regresando con la consabida cabeza que les permitiera ingresar con pleno derecho en el estrato social de la casta guerrera dominante.

Algunas familias llegaron incluso a recurrir al pago de un rescate para recuperar la cabeza de un ser querido. En estos casos, un druida se encargaba de realizar el ritual correspondiente para liberar su espíritu, agujereando el cráneo e indicándole el camino a seguir en su ruta hacia el más allá. Podría ser éste el caso de los cráneos encontrados en Puig Castellar o el que se puede admirar en el museo numantino de Soria. Todos ellos están atravesados por un clavo. También hay que tener en cuenta que muchos de los cráneos taladrados que se encuentran en museos de toda Europa, podrían responder a trepanaciones practicadas por druidas médicos y relacionadas con problemas de presión craneal. Los druidas también utilizaban las cabezas para sus propios fines, extrayendo de ellas el medio para incrementar su poder. Otros cráneos se adornaban con orlas engastadas en oro, a modo de tatuajes.

Los guerreros celtas aprovechaban los banquetes para mostrar sus trofeos favoritos, con todo el orgullo y la jactancia de que eran capaces, y sin ahorrarse ningún detalle escabroso sobre su captura. En la leyenda irlandesa de Cu Chulainn se narra cómo durante uno de estos banquetes celebrado en Emain, la entonces capital del Ulster, un tal Cet increpa a Connall, quien se considera a sí mismo el mejor de los presentes, respondiéndole que si estuviera allí su amigo Aulan, sería quien ocupase el puesto del campeón. Entonces Connall lo corrige: Aulan está presente; su cabeza, aun chorreante de sangre, colgaba de su cinto.


Al final de esta misma leyenda, cuando el héroe protagonista Cu Chulainn muere, uno de los guerreros del bando contrario le corta la cabeza con un respeto reverencial. No hay en toda Irlanda un trofeo más valioso que ese, el hombre más valeroso de Irlanda e hijo espiritual del dios Lugh. No durará mucho en su poder, pues poco después este guerrero caerá bajo la espada de Connall, el mejor amigo de Cu Chulainn, quien cumple con la misión de vengarlo y recuperar su prestigiosa cabeza para entregársela a su viuda.


La cabeza del joven irlandés Donn Bo, famoso por su hermosa voz, fue encontrada en el campo de batalla y llevada a la tienda del rey vencedor, donde cantó una canción tan melancólica que todos los presentes rompieron a llorar. La leyenda galesa del Mabinogion recoge el relato del rey Bran el Bendito, Gwynn Vrynn, un héroe que, tras ser vencido por los irlandeses en aplastante mayoría, ordena a los suyos que le corten la cabeza para evitar que la tomen los enemigos. Más tarde la cabeza les serviría para salvar el país de una invasión. Para ello tenían que enterrarla en una colina cercana a Llunedin o Londres, con la cara mirando hacia Francia.

El viaje hasta allí fue largo, pero la cabeza de Bran seguía tan locuaz como cuando estaba sobre el cuerpo del rey, entreteniendo a la comitiva y realizando varias predicciones que se cumplieron. Esta leyenda ha perdurado en el tiempo, hasta el punto en que se asegura que tal cabeza aún sigue enterrada en la antigua Gwynfrynn, actual Torre de Londres, protegiendo al país. Famosos son sus cuervos, Bran, en gaélico, significa cuervo, alimentados con dinero público por el maestre de los pájaros. Estas aves, según la tradición, mantendrán a salvo a la monarquía británica mientras no se muevan de allí. Tan fuerte es esta creencia aún hoy en día que estos cuervos, ante el peligro que supuso la pasada epidemia de gripe aviar, fueron encerrados en jaulas especiales dentro de la Torre, para evitar un posible contagio de la enfermedad.


Las cabezas cortadas pasaron a la historia del arte como esculturas que adornaban dinteles, muros, joyas y monedas. Algunas, como las del santuario galo-celta de Entremon, considerado tradicionalmente como una puerta al infierno, en el sur de Francia, tienen un inquietante aspecto, al no tener marcadas las órbitas de los ojos. Este detalle podría indicar que fueron cercenadas post-mortem. Por ello, algunos autores creen que no se trataría de personas caídas en combate, sino de víctimas sacrificadas dentro de algún ritual propiciatorio, destinado a contactar con los dioses en épocas de especial necesidad. En cualquier caso, este lugar fue uno de los muchos que fueron visitados por los arqueólogos esotéricos nazis, y de donde supuestamente se llevaron numerosas cajas llenas de estas cabezas.


El Caldero de Gundestrup, actualmente en el Museo Nacional de Copenhague, está considerado como el objeto celta más valioso encontrado hasta la fecha. Está formado por doce placas de plata dorada con imágenes en relieve, representando escenas cuyo significado resulta complicado de descifrar por el momento. Dignos de mención son los diferentes rostros que aparecen en cada placa, teniendo en cuenta que los celtas no eran muy proclives a representar a sus dioses y menos con pormenorizada forma humana. Podría tratarse de reyes o héroes de la antigüedad y que, como homenaje póstumo, sus cabezas quedaron reflejadas en un objeto creado para perdurar en el tiempo. No sería descabellado pensar que este lujoso caldero hubiera servido como recipiente en ritos de contacto con el más allá.


Incluso en los tiempos en que los celtas ya estaban cristianizados, la cosecha de cabezas siguió siendo una costumbre de guerra, cuando por ejemplo el rey irlandés Aed Finnliath ordenó que se cortasen y amontonasen las cabezas de los vikingos derrotados. O cuando la cabeza del rey Cormac, ya en el siglo X, fue entregada por su verdugo a su enemigo, el rey Flann, quien en contra de lo esperado se apiadó de los familiares del difunto y se la devolvió.
El carácter espiritual que los celtas otorgaban a las cabezas no pasó desapercibido para los monjes cristianos, que no dudaron en incluirlas en la decoración de los nuevos templos para facilitar la conversión a la nueva fe. Así llegaron a convertirse en un elemento recurrente del arte medieval, hasta que poco a poco llegó a perderse el recuerdo de su origen druídico.

Y aun hoy en día, aunque pocos sean conscientes de ello, el ritual se repite de manera simbólica en la Noche de Todos los Santos. Renacido por el marketing americano de Halloween, la noche de los muertos vivientes reproduce de una manera bastante particular la parafernalia del Samhain celta, la noche en la que las puertas que separaban el mundo de los muertos y los vivos permanecían abiertas, conectando ambos mundos. En dicha noche los cráneos servían como lámparas, posiblemente con la idea simbólica de iluminar el camino de los espíritus en su viaje entre los dos planos. Ahora las calabazas americanas, con agujeros que forman grotescas calaveras, son las que iluminan esa noche mágica, donde los espíritus han sido sustituidos por zombies, vampiros y monstruos varios.Leído en: Celtas: cortadores de cabezas.
Más información: El rito celta.pdf

01 de noviembre del 17

01/11/2017 § Deja un comentario

El Día de Todos los Santos fue instaurado por la iglesia Católica a principios del siglo IV por la Gran Persecución de Diocleciano. Fueron tantos los mártires causados por el poder romano, que la iglesia decidió marcar un día para dedicárselo a ellos.
Aunque durante los primeros siglos no hubo una fecha fija, Gregorio III decidió fijarla el 1 de noviembre. El papa Gregorio IV, por su parte, extendió la celebración a toda la iglesia en el siglo IX.

Desde la instalación de la fiesta en el calendario católico, muchos de los países que profesan esta religión disfrutan de un día de fiesta y veneración a los que ya no están entre nosotros. En América Latina es una festividad muy popular y un ejemplo de ello es México, país que celebra el día de los muertos, un día marcado por la sátira.

La fiesta de Halloween se celebra en la noche del 31 de octubre. Es una fiesta que cuenta con gran popularidad en Canadá, Estados Unidos, Irlanda o Reino Unido, pero que cada vez tiene más seguidores en España y Latinoamérica. Aunque se celebra un día antes del 1 de noviembre, esta celebración tiene una gran vinculación con el Día de Todos los Santos y la conmemoración del Samhain, una festividad que sirve como celebración del fin de la temporada de cosechas en la cultura celta.

Desde 1840, Halloween está muy arraigada en la cultura estadounidense y canadiense, y en la actualidad, está fiesta está ensombreciendo otras más tradicionales. Los más pequeños se disfrazan con vestimentas de lo más terroríficas y recorren las casas pidiendo dulces con el archifamoso truco o trato.

Una de las costumbres más tradicionales durante el Día de Todos los Santos es comer dulces. Son muchos los productos típicos con los que celebrar esta jornada, una gran variedad de  postres con la que endulzar un día que muchos consideran triste.

Los buñuelos de viento son el dulce por excelencia de este día. Cuenta la leyenda que cuando te comes un buñuelo de viento, un alma se salva del Purgatorio.

Los huesos de Santo, hechos con masa de mazapán, no tienen forma de hueso, sino de tubo de un dedo de grosor. Se les denomina así por su particular color una vez han sido cocinados: un color beige que se asemeja al de los huesos.

Los Panellets son típicos de Cataluña, Aragón, Comunidad Valenciana e Islas Baleares. Una masa dulce hecha con azúcar, almendra cruda molida, huevo y ralladura de limón, que se cubre con clara de huevos y una capa de piñones.

La castañada son otra tradición de estos días. El origen de esta celebración fue para recuperar la importancia de este fruto seco después de la generalización y popularización del maíz y las patatas traídas de las américas

16 de agosto del 17

16/08/2017 § Deja un comentario

Edward Sheriff Curtis fue un fotógrafo y etnólogo autodidacta estadounidense que nació en Whitewater el 16 de febrero de 1868. Establecido en Seattle como fotógrafo de éxito, un encuentro fortuito con el antropólogo George Bird Grinnell le puso en contacto con las culturas nativas de Norteamérica.

Este descubrimiento, a los treinta y dos años, cambió su vida. A partir de entonces se dedicó de manera casi exclusiva durante más de treinta años a documentar gráficamente y recopilar por escrito la cultura de los indígenas de los Estados Unidos, con el objetivo de conservar la memoria de unas formas de vida que se encontraban amenazadas por una desaparición inminente.


A pesar de la falta de una formación académica, dejó una obra monumental de veinte volúmenes, titulada The North American Indian, una recopilación exhaustiva de la cultura de las tribus de los Estados Unidos y parte de Canadá, así como la película In the Land of the Head Hunters, precursora del cine documental. Aunque su obra etnográfica le dio renombre, no generó ingresos.

Tuvo una vida modesta durante los últimos años de su vida, y cuando murió, su obra ya se había olvidado. Sin embargo, a partir de la década de los años 1970, su obra ha sido revalorizada, no tanto por su valor académico, sino por la calidad artística, etnográfica y humana de las fotografías.

Amplia información en: Edward Sheriff Curtis.
La versión completa digitalizada por Northwestern University de The North American Indian, se puede encontrar en: The North American Indian

13 de agosto del 2017

13/08/2017 § Deja un comentario

Seguimos con los aniversarios. El otro día conmemorábamos los 50 años de Surf en Zarauz. Hoy recordamos como en el mismo verano de 1967 se vivía el verano del amor.

El 7 de agosto de 1967, la subcultura hippy recibió el equivalente de una bendición papal. George Harrison hizo una visita rápida al barrio de Haight-Ashbury, en San Francisco. Habló con la gente, tocó la guitarra y posó para el fotógrafo que le acompañaba.

De alguna manera, todo aquello también era consecuencia de la beatlemanía: buena parte del rock de San Francisco estaba confeccionado por folkies, músicos de guitarra de palo que se electrificaron tras ver ¡Qué noche la de aquel día! Curiosamente, un año antes, los The Beatles habían dado su último concierto en la ciudad californiana, pero entonces viajaban en una burbuja y no se enteraron de lo que allí estaba fermentando.

Digamos que, ya en 1966, cristalizaba una rebelión contra los valores dominantes en la sociedad estadounidense, un rechazo de las instituciones. Y si preguntaban los motivos, una respuesta inmediata: Vietnam, una guerra insensata desarrollada por tecnócratas. Pero estas posturas no se distanciaban mucho de las de la Nueva Izquierda, afincada en la adyacente Berkeley y otras universidades. Lo extraordinario de San Francisco era la congregación de disidentes dispuestos a explorar nuevas formas de trabajo, de relaciones sexuales, de realización personal.

Sí, tenían conexión con los beats de la era Eisenhower, aunque esos veteranos les miraban con condescendencia. Les llamaron hippies con un matiz despectivo, como si fueran una versión degradada de aquellos hipsters retratados por Jack Kerouac y celebrados por Norman Mailer.

Nada de eso molestaba a los hippies. En comparación con las pandillas de beatniks, se sabían un movimiento masivo, producto del baby boom de posguerra. No habían conocido las estrecheces y se enfrentaban a un futuro donde, según la cantinela de los futurólogos, robots y máquinas harían el trabajo desagradable, convirtiendo la gestión del ocio en un problema central. Disponían de una música, una moda, una jerga propias. Una vida mejor gracias a la química, el lema publicitario de los años cincuenta, se había materializado en la píldora anticonceptiva y en drogas como el LSD, legal hasta octubre de 1966.

En San Francisco, se concentraron en Haight-Ashbury, un barrio bonito. Y barato: abundaban las casas llamadas victorianas, construidas después del terremoto de 1906, ahora desechadas por la clase media con aspiraciones. La ciudad siempre presumió de su tradición de tolerancia y eso evitó los automatismos represivos que habrían ahogado proyectos similares en otras latitudes. De hecho, el mote de la generación del amor fue una ocurrencia del jefe de policía de San Francisco, impresionado ante la elocuencia de sus cabecillas.

Esto es importante. El hipismo tuvo la buena fortuna de contar con gente audaz y preparada. Visionarios de la categoría de Ken Kesey, autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, que difundió el LSD como una experiencia festiva y comunitaria. Eficaces organizadores de eventos como Billy Graham, luego principal promotor de conciertos de rock en Estados Unidos. Más criaturas voluntariamente marginales, como Augustus Owsley III, fabricante de millones de dosis de LSD de máxima calidad, o Emmett Grogran, inspirador de los Diggers anticapitalistas.

A primera vista, el Haight-Ashbury de finales de 1966 era un experimento social marcado por la promiscuidad y la abundancia de drogas. Esa carnaza, unido a la atractiva estética de sus protagonistas, hizo que funcionara como imán para los medios. De rebote, San Francisco se convirtió en una meca para adolescentes frustrados, dispuestos a escaparse de sus casas. Fueron los reportajes de prensa y TV los que hicieron la labor de promoción: aunque Jefferson Airplane publicaría sus mayores éxitos (Somebody to love, White rabbit) en 1967, el rock de San Francisco solo lograría impacto nacional tras el Verano del Amor.

Así que las cabezas pensantes se imaginaron cómo sería el verano de 1967 y planearon una respuesta a lo que percibieron como lo que ahora llamaríamos una crisis humanitaria. Una oleada de, tal vez, 200.000 personas que vendrían de fuera, dispuestas a sumergirse en un nirvana de paz y amor. A diferencia de los nativos, ignoraban que San Francisco tiene un clima húmedo y desapacible. Haight-Ashbury sencillamente no podía absorber semejante invasión.

Mientas Scott McKenzie triunfaba con San Francisco, (be sure to wear some flowers in your hair), un disco concebido en Los Ángeles, las autoridades locales discutían formas de disuadir aquel turismo no deseado. Fue la propia comunidad hippy la que reaccionó ante lo inevitable, con servicios que pretendían paliar el previsible desastre. Vía telefónica, el Switchboard proporcionaba información básica. La Communications Company imprimía en multicopista avisos que se difundían por calles y parques. Se puso en marcha la Free Clinic que, sin reproches morales, atendía los pasotes de drogas y las enfermedades de transmisión sexual. HALO, un colectivo de abogados, ofrecía respaldo legal. Y los Diggers se ocupaban de servir comida, conseguida mediante donaciones o robos.

Todo en un ambiente lúdico, donde circulaban todo tipo de fantasías. Durante unos meses, se difundió el rumor de que las pieles de plátano, convenientemente secadas y trituradas, tenían propiedades alucinógenas. Todavía no se sabe si fue una broma genial o el empeño de algún psiconauta en busca de nuevos colocones.

Muchos años después, batallones de sociólogos investigaron las dimensiones del Verano del Amor. Han comprobado que, en aquellos meses, el Haight-Ashbury era la residencia de unos 7.000 hippies; llegaron entre 50.000 y 70.000 aspirantes a instalarse allí. Por muchos pisos francos que funcionaran, la mayoría terminó por dispersarse. En general, no fue un gran trauma: coincidió con una creciente atracción por la vida rural, a veces organizada en comunas en los cercanos condados de Marin y Sonoma.

Evitaron así los años de decadencia, marcados por la epidemia de heroína. Esquivaron a monstruos como Charles Manson, que convertiría a su Familia en un escuadrón de zombis asesinos. No contemplaron la transformación de Los Ángeles del Infierno, motorizados compañeros de viaje, en un implacable grupo mafioso.

Hoy, el hipismo todavía provoca polémica. Resulta cómodo destacar el fracaso de su programa maximalista. Por el contrario, se necesita hacer un esfuerzo para apreciar sus aportaciones al modo de vida actual: la conciencia ecológica, la flexibilidad sexual, el vegetarianismo, el háztelo-tu-mismo que sugerían iniciativas como el Whole Earth Catalog; hasta las reglas que rigen en la World Wide Web tienen raíces contraculturales. Dejando aparte el folclor psicodélico, el mundo de hoy ha asumido mucho del hipismo de 1967. Y Haight-Ashbury fue su kilómetro cero.

Como es imposible hacer una breve selección de la música de aquél momento, les dejamos un enlace en el que, a través de Spotify pueden encontrar 89 canciones que fueron la banda sonora del verano del amor. Disfruten. https://open.spotify.com/embed/user/1233852097/playlist/5yJEzNXdGuXOW3jONvfA8V

Dedicado a aquellos que vivieron el sueño que conservan en su corazón.
Texto original: Paz y amor, verano del 67.

02 de agosto del 17

02/08/2017 § Deja un comentario

Hoy, hace 50 años, se podría decir que empezó el surf en Zarauz. Fue entonces cuando empezaron los jóvenes residentes en la Villa. El 2 de agosto de 1967 Juan Ignacio Aguirrezabala estrenaba la Barland/Rott que le había regalado a Alfonso Biescas su madre.

Sucedió en este orden porque el menor de los Chirri había cogido alguna ola en Sopelana y tenía cierta experiencia, mientras que Nito solo había conseguido probar unos breves minutos en julio de 1966 la tabla de Carlos Pradera en una de sus visitas a Zarauz.

Decimos que en tal fecha empezó a hacerse surf en nuestra orilla porque hasta entonces solo gentes de fuera, con visitas esporádicas de algún extranjero, de Carlos Pradera  y, especialmente, de los hermanos Arteche, Iñaki, Jose Mari y Javier, habían cogido olas en Zarauz.

Existe la posibilidad de que Luis Beraza y Jaime Prado empezaran antes a coger olas discretamente cerca del desierto pequeño, una suposición que se basa en que semanas más tarde se encontraron los dos grupos, el que hacía surf frente a Santillana y aquellos que hacían más hacia el Golf, sin preguntarse cuándo.

En el blog entendemos que no es importante quien fue primero. Si no hubieran sido ellos no hubiera pasado mucho tiempo en ser otros los que lo intentaran. Y esto es lo que aquí celebramos, los 50 años transcurridos desde aquel momento.

Fueron pocos los que entonces creyeron que fuera posible. Sin embargo, a partir de aquella tarde de verano, han sido escasos los días en los que no ha habido un residente, un veraneante o un simple visitante, cogiendo olas en el lugar.

Fotos: Archivo B&B.

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