27 de abril del 17

27/04/2017 § Deja un comentario

Hoy llueve. Hace un día tristón si no se lleva el corazón alegre. No hay que dejarse vencer por los elementos. Por ello, si todavía fuma, hoy le recomendamos este invento. Infalible para tierras de nubes y chubascos.

26 de abril del 17

26/04/2017 § Deja un comentario

Como llega el tiempo en el que vamos a empezar a coger aviones a todo meter porque nos vamos a ir de vacaciones por aquí y por allá, les vamos a explicar qué significa cada expresión que oirán una vez que estén colocados, preparándose para volar, despegar, etcétera.

Cerramos puertas y armamos rampas: No sé si se han fijado, pero uno de los últimos pasos antes de cerrar las puertas es contar de atrás hacia adelante y de delante hacia atrás el número de pasajeros. Si coinciden ambos recuentos, el finger se retira y el comandante da esta orden en tres pasos. No tiene mucho misterio ese cerrar puertas, pero ¿en qué consiste lo de armar las rampas? Como cada una de las salidas de emergencia dispone de un colchón hinchable para los casos de emergencia, se trata de quitar el precinto para que estas rampas se hinchen automáticamente cuando se abre la puerta ¿Qué pasa si la frase es doors to arrival and crosscheck o, en castellano, desarmamos rampas? Como bien habrá sospechado, se trata de desarmar las rampas, de forma que en el momento en que se abra la puerta, esta no se hinche con lamentables resultados.

Cross-check: Básicamente, comprobación cruzada. Es decir, revisar por partida doble un único procedimiento para contar con dos versiones. En caso de que los resultados no cuadren, uno de los dos miembros de la tripulación se habrá equivocado (como ocurre con el caso anteriormente citado del recuento de pasajeros), por lo que hay que volver a empezar.

Tiempo EFC: Si el piloto señala que el tiempo EFC, acrónimo de Expect Further Clearance, del vuelo es de 10 minutos, quiere decir que ese es el tiempo que va a pasar antes de que el avión despegue,,n exactamente espera hasta la autorización, generalmente después de haber pasado un tiempo en tierra a causa de una acumulación de vuelos en pista.

Bolsa de aire: Una de las principales causas por las que se puede producir una turbulencia. Se trata de cambios de temperatura en la atmósfera que desestabilizan a los aviones que las atraviesan. La sensación que experimentan los viajeros es la de que el avión se precipita hacia el vacío, aunque por lo general, el cambio de altura es menos sustancial de lo que parece por producirse de forma tan súbita.

Primer oficial: No, el primer oficial no es el comandante, como podríamos pensar por ese primero que jerarquiza la relación, sino el copiloto ¿Cómo distinguirlo? Aparte de que se sienta a la derecha del comandante, porque suele llevar tres rayas en su traje. Está tan cualificado como su compañero para dirigir el avión y de hecho se turna con él durante el vuelo.

ABP: Este término proviene del mundo de las azafatas y se utiliza para referirse a los pasajeros que en caso de emergencia pueden ayudar a los asistentes de vuelo. Se trata de una de las primeras cosas en las que las azafatas se fijan. Significa able bodied passenger, es decir, pasajero físicamente capacitado.

Papeleo de última hora: No hay constancia de este término en castellano, ni probablemente lo habremos oído por los altavoces del avión, pero de vez en cuando hay que llevar a cabo unos últimos cálculos relacionados con cálculo de peso y centrado, el plan de vuelo o los informes del equipo de mantenimiento que pueden llegar a retrasar el despegue.

PIL: Acrónimo de passenger information list, es decir, la lista con los pasajeros del vuelto. En ella también se reflejan las necesidades especiales que pueden tener cada uno de estos viajeros.

Cabina asegurada: Es el término que el jefe de cabina utiliza para que el resto de la tripulación sepa que todos los pasajeros están en su sitio, listos y preparados para que el avión pueda despegar. También se utiliza para asegurarse de que el pasaje está a salvo, sentado y con el cinturón puesto, durante una turbulencia.

Cabina estéril: Acuñado por la FAA o Federal Aviation Administration en los años ochenta, son todos aquellos momentos cruciales para el viaje en los que no se permiten las conversaciones irrelevantes, comer alimentos o en general todo aquello que puedan distraer a los pilotos. Además, durante estas fases no se puede entrar en la cabina del avión. Se trata, por ejemplo, el período que comprende entre que el avión comienza su rodaje hasta que ha estabilizado su altura.

Código Adam: Adam Walsh fue un niño secuestrado en un centro comercial en Hollywood, Florida, y que ha dado nombre a un código que se utiliza en aeropuertos para alertar a los trabajadores de que un niño se ha perdido.

Código Bravo: ¿Su objetivo? Que cunda el pánico, básicamente. Es un término utilizado cuando la alarma generalizada facilita identificar al potencial agresor, que se comportará de manera diferente al resto de pasajeros. Como señala Urban Dictionary, la utilización del término anuncia que hay un terrorista cerca y, por lo tanto, utilizarlo de una forma inapropiada o racista puede ser motivo de multa o sanción, o también tener el objetivo de poner nervioso al agresor. En los barcos tiene otro significado: Fuego.

Piloto pesado: No, no es que sufra sobrepeso o sea imposible quitárselo de encima después de tomarse tres copas. Se trata del piloto que acompaña al comandante y al primer oficial en los vuelos más largos para turnarse con ellos.

Entrando en pista para despegue, buen vuelo: Es la última frase con el avión en tierra. Lo dicen los pilotos cuando el avión está entrando en la pista de despegue y tiene permiso para despegar. Cuando se escucha, toda la tripulación ha de estar sentada y con los cinturones de seguridad abrochados. A partir de ese momento el avión empieza la carrera de despegue a potencia máxima.

Se apagan las luces de los cinturones: Esto es comunicación indirecta, una señal para la tripulación. Cuando los pilotos apagan la señal de cinturones, quiere decir que se han superado los 10.000 pies de altitud (AMSL) y que no hay turbulencias. Entonces es cuando la tripulación se puede levantar para empezar a preparar el servicio para el vuelo. Además, los pasajeros podrán levantarse para ir al baño o coger lo que necesiten de los compartimentos superiores, pero lo más recomendable es permanecer sentados con los cinturones abrochados.

Se enciende la señal de los cinturones: Esto quiere decir dos cosas, o bien que el avión se acerca a una zona de turbulencias y los pasajeros han de volver a sus asientos, o bien que se inicia la operación de descenso. En el segundo caso, no solo los pasajeros deberán volver a sus asientos, sino que la tripulación deberá a proceder a recoger los objetos que hayan consumido los pasajeros, comprobar mesas y cinturones, para volver a declarar lo que antes hemos comentado: cabina asegurada.

Documentación:
El código de los pilotos
Mensajes a bordo

25 de abril del 17

25/04/2017 § Deja un comentario

Ahora le llaman es Bosc de sa Pujada; pero hace cientos de años lo llamaban es Bosc d’es Diable. Me refiero, claro está, a esa parte de pinar desmedrado que hoy día queda a la derecha de la carretera, según se sube a La Mola, poco después de sobrepasar el inicio de la corta desviación que conduce a dos modernas urbanizaciones hosteleras.

Cuando sucedió lo que voy a relatar, aquel rincón del bosque desde el monte de sa Talaia al mar, era impenetrable; siglos de respeto por parte del hombre habían hecho crecer allí una espesura en la que se entrelazaban el pi bord, el pi ver, la savina, el ginebre, el raspai, la mata, el matapoll, la espinalera… en una maraña de tales características que constituía el reducto salvador de todos los animales del bosque cuando eran perseguidos por  los cazadores armados de ballestas. Dicen las viejas, las consabidas viejas que cuentan estas leyendas, que el respeto sentido por los habitantes de Formentera hacia aquel marañal partía de haber observado que era el único lugar de la isla donde se daba un determinado arbusto de escaso porte llamado garrover d’es diable. Pongámoslo más claro diciendo que ese arbusto no es otro que el denominado en latín anagyris foetida y en español altramuz hediondo. Tal vegetal, como el lector avisado ya habrá supuesto, tiene unas hojas de las que se puede decir cualquier cosa, excepto que de ellas emanen aromas gratos. Y como produce unos frutos relativamente parecidos a las algarrobas, han dado en llamarlo garrover, solo que las mismas viejas a las que arriba hemos aludido sostienen que si al algarrobo verdadero lo hizo Cristo para regalo del hombre, a este otro algarrobo repulsivo lo hizo el diablo para contrarrestar la bondad del divino don. Vamos, una de las que se llaman acciones de oposición eterna.

De los comentarios que anteceden se deduce que nada de extraño había en que una parte de bosque tan agreste, tan intrincada, tan llena de barrancadas, tan espesa en leños, tan oscura y además poseedora en exclusiva de ejemplares de un arbusto denominado algarrobo del diablo, fuera llamada, como queda dicho, es Bosc d’es Diable.

Aconteció, pues, que un cazador morisco acechaba ya durante muchas lunas a un negro jumento salvaje, y que, siempre que estaba a punto de alcanzarlo, este lo esquivaba refugiándose en el bosque del diablo. Al igual que hacen todos los caminantes, que en lugar de atajar por el bosque lo rodean sin penetrar en él, al igual que hacen los pastores, que silbaban para recoger el rebaño cuando las cabras y las ovejas se acercaban a aquella espesura y retrocedían, nuestro cazador abandonaba la persecución apenas la pieza había atravesado los lindes de la zona prohibida. Y no es que este hubiera sido hitada, es que sus límites eran tan evidentes, tan manifiestos, como si de una finca murada se tratase. El cazador era joven, era audaz y era vigoroso; pero el miedo crea fronteras incluso para el vigor, la audacia y la juventud.

No obstante, a medida que, con unas u otras variantes, huyendo desde el norte o desde el sur, se repetía la burla, crecía también en nuestro hombre el afán de apoderarse del negro jumento y domeñarlo. Naturalmente, lo quería vivo, y eso le impedía hacer uso de su ballesta, de forma que solo lazos y trampas eran las armas que empleaba conta la codiciada pieza. Mas tanto progresó su interés, alimentado lateralmente por la burla de que creía ser objeto por parte de tan inferior animal, que un infausto día, en lugar de pararse por el linde del marañal, penetró con osadía en él, violando la reserva del bosque. Al seguir la pista que la pieza iba dejando, se internó en el secreto paraje; avanzó tanto que llegó a oír el mar, lo que indicaba que estaba ya más cerca de la costa que del camino desde el que había entrado. Rabioso, dos veces intentó disparar su ballesta; lleno de ira, ya no quería apresar vivo al asno salvaje, sino matarlo. Pero entre la maraña no resultaban eficaces los virotes. Por otra parte, era muy difícil avanzar, pues debido a los arañazos de las ramas sangraba por la cara, los brazos y las piernas; y mal le defendía la ropa desgarrada. El jumento, inexplicablemente, podía pasar por lugares que luego se cerraban al cazador. Detenerse para afinar la puntería suponía el riesgo de perder al animal de vista. Al fin, ya muy cerca del acantilado, en un reducido claro del bosque, se topó con la pieza parada, vuelta cara a él. Y dicen que entonces el asno le habló.

Un hedor insoportable siguió a las increíbles y obscenas palabras de la bestia. A continuación el bosque se oscureció y, simultáneamente, para mayor contraste se fue haciendo una luz misteriosa, como un halo flamígero, alrededor del perseguido jumento: el cazador comprendió que tenía ante sí la abominable figura del diablo que le increpaba y amenazaba. Sintió el joven tal terror que dejó caer la ballesta; un nunca imaginado largo escalofrío le recorrió la espalda; las piernas le temblaban, blandas; el sudor de la carrera se le había helado. Entonces el maligno avanzó hacia él lentamente, seguro del trágico final de aquel encuentro. Buscando el cazador la que se le daba más fácil salida del lugar, corrió alocado por el barranco, hacia la mar. Cambiados los cometidos, era ahora el diablo quien le perseguía. Aullando de pavor, el joven corrió con desespero al acantilado, buscó una bajada por la que llegar al agua, pues se le antojaba a él que en la mar podía estar su salvación y, finalmente, perdió el equilibrio, dio un salto imposible y cayó rodando, rebotando por las rocas hasta la pedregosa orilla donde las olas rompen ruidosas a la menor marejada.

Al sitio donde el cazador se despeñó le llaman hoy Caló d’Es Mort. Y en el borde del derrumbadero persisten visibles unas huellas, como de pezuñas, que las viejas dicen que son las que dejó el diablo en su persecución. Todo el que vaya allí puede verlas.

Documentacuión:
Leyendas de Formentera
Leyendas de Formentera.

20 de abril del 17

20/04/2017 § Deja un comentario

Al surf le han salido todo tipo de imitaciones y variantes. Empezó el patinete o skate, le siguió el windsurf y tras el single ski llegó el snow. Después, a viejos inventos como coger la ola que deja un barco se les puso un nombre moderno y se revitalizaron. Apareció el kite surfing y muchos otros hasta llegar al paddle. Y si creían que lo habían visto todo, aquí tienen el Motorized Surfboard, una creación de Joe Gilpin de 1948.


Indudablemente, lo mejor del invento es el modelo de quien lo disfruta en la foto. Traje y zapatos a los que acompañan guantes de paño y sombrero. Un caballero. Otro día les ponemos patentes de viejas tablas de surf, para que vean hasta donde llega la imaginación de los creadores del mundo del surf.

19 de abril del 17

19/04/2017 § Deja un comentario

El otro día se pusieron a hablar el Gafotas y el Bajito y se lió. Empezaron comentando cosas del blog y acabaron preguntándose curiosidades del otro.


Por ejemplo, el Gafotas, que es nuestro artista, le preguntó al Bajito si compartía la teoría de los colores de los pigmeos y empezaron a troncharse.

Con el Bajito es peligroso empezar a reírte porque acabas como los minions, haciendo travesuras, que es como mejor se puede acabar.

Respondió el Bajito que bongyisi define el color de la piel de un pigmeo que tiene la piel oscura. Dicen a bongyisi, es decir, es negro.

Según dijo, los pequeños también usan el color negro que se extrae de las semillas de un fruto de la selva, que se mezcla con un poco de carbón vegetal, para decorar su cuerpo. Esto se hace de ordinario, no sólo durante las fiestas. A este color se le llama ibhii, que es también el nombre del fruto.

Si hablamos de blanco decimos tomo: Se usa el color blanco de la arcilla del río para indicar que estamos de luto, es decir, didiima.

Cuando un pigmeo tiene la piel clara se usa el vocablo ngbomgbou que es la palabra para rojo y decimos a ngbomgbou, que significa es rojo.

Para las fiestas usamos el color rojo que extraemos frotando dos trozos de madera de un árbol de la selva. Entre los dos trozos ponemos un poco de arena para extraer bien el color. Al así obtenido lo llamamos onguue y así se llama también el árbol.

Y llorandso de risa, porque ninguno de los dos habla kinyarwanda, kirundi, rukiga o aka-baka-gundi, terminaron en suajili, que ambos chapurrean: ni wewe kidding?

Quisiéramos que este post sea un homenaje de admiración y respeto por las tribus de África y su forma de entender el color.

18 de abril del 17

18/04/2017 § Deja un comentario

Ya fingidas, ya certificadas, existen tradiciones que duda en propalar incluso la torpe disposición del que escribe despreocupado de delicadezas; y eso, porque teme que al hacerlo no conseguirá ni su satisfacción ni la del lector. Tales leyendas, indignas por sus protagonistas, muestran la oscura cara de la culpa y del odio; cabe así preguntarse si merecerán la memoria, pues exclusivamente incita a su recuerdo el temor de que quede oculta, si la tradición se silenciase, otra posible noticia sobre el origen de un nombre de lugar en Formentera.

Eran tiempos de miseria en la Pityusas; por carecer de todo muchos habían perecido de hambre, pues de solas yerbas y algún pececillo se alimentaban los más. Sin cosechas, por falta de lluvias durante varios años; sin ganados, ayunos estos de pastos; sin vestidos, por haber cesado todo trueque o comercio; sin pesca, por falta de utensilios; en fin, desnutridos y náufragos en todo mal se hallaban los habitantes de Formentera. De tales condiciones surgieron raras pandemias y contagiosos morbos. Una sucesión de encadenadas desgracias parecía arropar a la isla: llovieron hormigas, un viento del sur acercó una extraña enfermedad (o quizás no fue el viento, sino un cerdo hinchado, a medio corromper, que la mar dejó en Migjorn), se pudrió el agua en los aljibes, no había parto bueno, todo eran achaques.

Dos pequeños grupos de organización tribal se repartían entonces aquellas tierras; uno aposentado en torno a la escasa altura que hoy se denomina Es Puig Guillem, en Barbaria; el otro aproximadamente a levante de lo que ahora es el caserío de San Fernando. Siempre rivales, su enemistad se había concretado empero en formas de desprecio; es decir, había tenido como declaradas características una aparente ignorancia mutua y una perfecta insolidaridad. Por otra parte, mientras los miembros de una u otra tribu no sobrepasaran los confines determinados para las comunidades (límites que casi exactamente constituían la mitad del este y la mitad del oeste de la isla), ningún incidente podría ocurrir entre ambas colectividades.

Pero la miseria convirtió la indiferencia en odio y los intentos de rapiña dieron ocasión a continuos encuentros en lo que la carencia de comestibles limitaba la salvación de los heridos, que eran a veces rematados por sus propios compañeros. Era una elemental guerra entre pobres, una guerra sucia, de famélicos contra desnutridos, de enfermos contra malparados, de desengañados contra desesperados; el provecho, la más de las veces, unos puñados de trigo, una cabra flaca, unos pulpos secos: escaseces para engañar los vientres.

Al fin triunfó uno de los grupos —ni sabemos cuál, ni importa— y los depauperados vencedores no encontraron ya alimentos en el poblado de los vencidos. Se habían acabado los sigilosos ataques al alba, las acometidas a los corrales, las nocturnas marchas. ¿Qué hacer ahora con los prisioneros? No olvidemos que los motivos de aquella guerra habían sido el hambre y la miseria. De modo que decidieron respetar temporalmente la vida de los más resistentes y, maniatados, los encerraron en un murado recinto. A partir de ese día comenzaron a matarlos uno a uno; y uno a uno se los fueron comiendo. Pensaron que incluso había suficiente carne para mantener a los mismos prisioneros mientras llegaba su turno, y que así les duraría el ganado humano al menos durante toda una luna y podrían alargar su privación.

Solamente el antiguo jefe de los vencidos, un indócil gigante con la cara acuchillada, salido de la guerra sin lesión reprehensible, se negó a alimentarse con las carnes de sus compañeros. Famélico y depauperado como estaba, todavía le temieron y, aunque en el turno que habían establecido los vencedores el jefe enemigo iba a ser el último, lo madrugaron a morir para evitar una revuelta de los prisioneros.

Temores religiosos impedían que las matanzas (aquellos no eran sacrificios) se hicieran cerca del emplazamiento de la aldea; por eso el centenar de supervivientes —contamos a los vencedores y a los vencidos—residía ahora en las inmediaciones del carnicero lugar: una elevación pedregosa de escasa vegetación. Allí llevaban a los prisioneros cuando los sacaban de su encierro. Designada la víctima, entre cuatro la sujetaban, la obligaban a posar la cabeza sobre un tocón de pino y le cortaban el cuello de un hachazo.

Anticipadamente, como hemos dicho, le llegó el turno al jefe de los vencidos. Con aparente docilidad, que la fiereza de su mirada desmentía, subió al lugar. Casi toda la tribu enemiga se había congregado allí para presenciar la muerte. El condenado miró a los vencedores despaciosamente, recreándose en observarlos. Antes de colocar su cabeza sobre el tajo volvió a mirarlos; buscaba los rostros de sus enemigos y les sonreía. Era una mirada tan extraña que los que ocupaban las primeras filas retrocedían incómodos.

Cuando el hacha hábilmente manejada partió su cuello con un limpio corte, la cabeza del condenado rodó por el suelo; al detenerse, quedó plantada por la parte seccionada: era como si se asomara desde dentro de la roca sobre la que permanecía. Sea porque ello impidiera la pérdida de sangre, sea por otra causa natural o misteriosa, lo cierto es que la cabeza siguió aparentemente viva. Los ojos trazaron casi un semicírculo mirando a la gente allí agrupada, y la cabeza habló; se le oyó decir con tardanzas: —Malditos los que nos han comido, los que ahora están aquí y yo he podido ver después de muerto…

Y así fue. Otra epidemia exterminó en pocos días a la mayoría de los habitantes. Siete quedaron vivos; parece que ninguno de ellos había comido carne humana, ni tampoco acudido a presenciar el fin del jefe decapitado. (Esos siete pudieron haber sido los redimidos antepasados de las siguientes generaciones de formenterenses).

El lugar donde dicen que ocurrió todo lo que antecede es hoy conocido por el nombre de Sa Mirada. Cabe en lo posible que la tradición, en distintas lenguas, haya conservado el recuerdo del macabro hecho: la cabeza que miró y habló; tampoco sería insensato que el nombre se refiera a la excepcional panorámica que desde aquel sitio cabe gozar; es igualmente admisible que el topónimo aluda, en concreto, a la ventajosa situación de esa colina para observar la llegada de las barcas procedentes de Ibiza, una vez superados los Freos. No habiendo vestigios que confirmen o nieguen la leyenda, cabe desflecar todas las acepciones de la palabra “mirada”; y que el lector escoja el origen del topónimo.

Extraído de: Leyendas de Formentera.

14 de abril del 17

14/04/2017 § Deja un comentario

¿Saben quien era von Karman? ¿Han oído hablar de los vórtices? Esas preguntas las hizo el Listo el otro día en el blog y todos pusimos cara de tener mucho trabajo y no haber oído nada. Puro disimulo, porque nos pilló en la más santa de las ignorancias.

Una calle de vórtices de von Kármán es un patrón que se repite, compuesto de vórtices en remolino causados por la separación no estacionaria de la capa de fluido al pasar sobre cuerpos sumergidos. Debe su nombre al ingeniero y estudioso de la dinámica de los fluidos, Theodore von Kármán.

Los remolinos de von Karman se generan cuando el flujo incide sobre un obstáculo orográfico, como puede ser una isla. En determinadas condiciones atmosféricas se forman una familia de vórtices ciclónicos y anticiclónicos a sotavento del obstáculo, extendiéndose hasta varios cientos de kilómetros corriente abajo del obstáculo.

Un ejemplo accesible es la sucesión de remolinos que aparecen en las aguas de un río al pasar por piedras. Esto, aplicado a escala planetaria es lo que se produce cuando los vientos pasan por islas que posean montes elevados. Ejemplo típico, los alisios y las Canarias en días nubosos.

En 1964, los científicos Chopra y Hubert comprobaron la existencia de estas estructuras en las cercanías de las Islas de Madeira utilizando las fotos de los satélites, lo que venía a demostrar que las teorías originarias de Von Karman podrían explicar la presencia de dichas estructuras.

Los lugares más comunes en donde generalmente se forman calles de vórtices suelen ser, además de las Islas Canarias, las islas de Madeira, Cabo Verde o Guadalupe y Socorro. También en el Atlántico norte, la isla de Jan Mayen, con alturas superiores a los 2.277 metros, genera calles de remolinos. También se pueden observar en las islas Aleutianas en Alaska.Otro día les hablamos de la ventana de Kollsman y de cómo calar el altímetro a las diferentes presiones, que las hay. Que la presión, sea en bares o pascales es muy ladina, cambia mucho y gracias a estos cambios pasan muchas cosas.

Documentación:
Calle de vórtices de von Karman.
-Kimerius Aircraft
.
-Vórtices de Von Karman.
Calle de remolinos de von Karman.

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