19 de agosto del 17

19/08/2017 § Deja un comentario

Máquinas oxidadas que viven en sus pequeñas casas en donde una pequeña luz las mantiene vivas, imaginan que algún día el sol llegará y las llevará al cielo. Una de las máquinas quiere ver el sol y tiene un plan para para conseguirlo.

16 de agosto del 17

16/08/2017 § Deja un comentario

Edward Sheriff Curtis fue un fotógrafo y etnólogo autodidacta estadounidense que nació en Whitewater el 16 de febrero de 1868. Establecido en Seattle como fotógrafo de éxito, un encuentro fortuito con el antropólogo George Bird Grinnell le puso en contacto con las culturas nativas de Norteamérica.

Este descubrimiento, a los treinta y dos años, cambió su vida. A partir de entonces se dedicó de manera casi exclusiva durante más de treinta años a documentar gráficamente y recopilar por escrito la cultura de los indígenas de los Estados Unidos, con el objetivo de conservar la memoria de unas formas de vida que se encontraban amenazadas por una desaparición inminente.


A pesar de la falta de una formación académica, dejó una obra monumental de veinte volúmenes, titulada The North American Indian, una recopilación exhaustiva de la cultura de las tribus de los Estados Unidos y parte de Canadá, así como la película In the Land of the Head Hunters, precursora del cine documental. Aunque su obra etnográfica le dio renombre, no generó ingresos.

Tuvo una vida modesta durante los últimos años de su vida, y cuando murió, su obra ya se había olvidado. Sin embargo, a partir de la década de los años 1970, su obra ha sido revalorizada, no tanto por su valor académico, sino por la calidad artística, etnográfica y humana de las fotografías.

Amplia información en: Edward Sheriff Curtis.
La versión completa digitalizada por Northwestern University de The North American Indian, se puede encontrar en: The North American Indian

14 de agosto del 17

14/08/2017 § Deja un comentario

Illustrations of ornithology fue una colección de libros del naturalista escocés William Jardine editados en Edimburgo de 1825 a 1843 con la colaboración de John Selby. William Jardine, 7º baronet de Applegirth,  nació el 23 de febrero de 1800, muriendo el 21 de noviembre 1874. 

Illustrations of ornithology Volume 2.pdf

El Volume II que les ofrecemos contenie 55 ilustraciones dobles [B&N & Color] Aquellos que estén interesados, pueden encontrar el enlace al pdf [23.8MB] del Volume II de Illustrations of ornithology bajo la ilustración

13 de agosto del 2017

13/08/2017 § Deja un comentario

Seguimos con los aniversarios. El otro día conmemorábamos los 50 años de Surf en Zarauz. Hoy recordamos como en el mismo verano de 1967 se vivía el verano del amor.

El 7 de agosto de 1967, la subcultura hippy recibió el equivalente de una bendición papal. George Harrison hizo una visita rápida al barrio de Haight-Ashbury, en San Francisco. Habló con la gente, tocó la guitarra y posó para el fotógrafo que le acompañaba.

De alguna manera, todo aquello también era consecuencia de la beatlemanía: buena parte del rock de San Francisco estaba confeccionado por folkies, músicos de guitarra de palo que se electrificaron tras ver ¡Qué noche la de aquel día! Curiosamente, un año antes, los The Beatles habían dado su último concierto en la ciudad californiana, pero entonces viajaban en una burbuja y no se enteraron de lo que allí estaba fermentando.

Digamos que, ya en 1966, cristalizaba una rebelión contra los valores dominantes en la sociedad estadounidense, un rechazo de las instituciones. Y si preguntaban los motivos, una respuesta inmediata: Vietnam, una guerra insensata desarrollada por tecnócratas. Pero estas posturas no se distanciaban mucho de las de la Nueva Izquierda, afincada en la adyacente Berkeley y otras universidades. Lo extraordinario de San Francisco era la congregación de disidentes dispuestos a explorar nuevas formas de trabajo, de relaciones sexuales, de realización personal.

Sí, tenían conexión con los beats de la era Eisenhower, aunque esos veteranos les miraban con condescendencia. Les llamaron hippies con un matiz despectivo, como si fueran una versión degradada de aquellos hipsters retratados por Jack Kerouac y celebrados por Norman Mailer.

Nada de eso molestaba a los hippies. En comparación con las pandillas de beatniks, se sabían un movimiento masivo, producto del baby boom de posguerra. No habían conocido las estrecheces y se enfrentaban a un futuro donde, según la cantinela de los futurólogos, robots y máquinas harían el trabajo desagradable, convirtiendo la gestión del ocio en un problema central. Disponían de una música, una moda, una jerga propias. Una vida mejor gracias a la química, el lema publicitario de los años cincuenta, se había materializado en la píldora anticonceptiva y en drogas como el LSD, legal hasta octubre de 1966.

En San Francisco, se concentraron en Haight-Ashbury, un barrio bonito. Y barato: abundaban las casas llamadas victorianas, construidas después del terremoto de 1906, ahora desechadas por la clase media con aspiraciones. La ciudad siempre presumió de su tradición de tolerancia y eso evitó los automatismos represivos que habrían ahogado proyectos similares en otras latitudes. De hecho, el mote de la generación del amor fue una ocurrencia del jefe de policía de San Francisco, impresionado ante la elocuencia de sus cabecillas.

Esto es importante. El hipismo tuvo la buena fortuna de contar con gente audaz y preparada. Visionarios de la categoría de Ken Kesey, autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, que difundió el LSD como una experiencia festiva y comunitaria. Eficaces organizadores de eventos como Billy Graham, luego principal promotor de conciertos de rock en Estados Unidos. Más criaturas voluntariamente marginales, como Augustus Owsley III, fabricante de millones de dosis de LSD de máxima calidad, o Emmett Grogran, inspirador de los Diggers anticapitalistas.

A primera vista, el Haight-Ashbury de finales de 1966 era un experimento social marcado por la promiscuidad y la abundancia de drogas. Esa carnaza, unido a la atractiva estética de sus protagonistas, hizo que funcionara como imán para los medios. De rebote, San Francisco se convirtió en una meca para adolescentes frustrados, dispuestos a escaparse de sus casas. Fueron los reportajes de prensa y TV los que hicieron la labor de promoción: aunque Jefferson Airplane publicaría sus mayores éxitos (Somebody to love, White rabbit) en 1967, el rock de San Francisco solo lograría impacto nacional tras el Verano del Amor.

Así que las cabezas pensantes se imaginaron cómo sería el verano de 1967 y planearon una respuesta a lo que percibieron como lo que ahora llamaríamos una crisis humanitaria. Una oleada de, tal vez, 200.000 personas que vendrían de fuera, dispuestas a sumergirse en un nirvana de paz y amor. A diferencia de los nativos, ignoraban que San Francisco tiene un clima húmedo y desapacible. Haight-Ashbury sencillamente no podía absorber semejante invasión.

Mientas Scott McKenzie triunfaba con San Francisco, (be sure to wear some flowers in your hair), un disco concebido en Los Ángeles, las autoridades locales discutían formas de disuadir aquel turismo no deseado. Fue la propia comunidad hippy la que reaccionó ante lo inevitable, con servicios que pretendían paliar el previsible desastre. Vía telefónica, el Switchboard proporcionaba información básica. La Communications Company imprimía en multicopista avisos que se difundían por calles y parques. Se puso en marcha la Free Clinic que, sin reproches morales, atendía los pasotes de drogas y las enfermedades de transmisión sexual. HALO, un colectivo de abogados, ofrecía respaldo legal. Y los Diggers se ocupaban de servir comida, conseguida mediante donaciones o robos.

Todo en un ambiente lúdico, donde circulaban todo tipo de fantasías. Durante unos meses, se difundió el rumor de que las pieles de plátano, convenientemente secadas y trituradas, tenían propiedades alucinógenas. Todavía no se sabe si fue una broma genial o el empeño de algún psiconauta en busca de nuevos colocones.

Muchos años después, batallones de sociólogos investigaron las dimensiones del Verano del Amor. Han comprobado que, en aquellos meses, el Haight-Ashbury era la residencia de unos 7.000 hippies; llegaron entre 50.000 y 70.000 aspirantes a instalarse allí. Por muchos pisos francos que funcionaran, la mayoría terminó por dispersarse. En general, no fue un gran trauma: coincidió con una creciente atracción por la vida rural, a veces organizada en comunas en los cercanos condados de Marin y Sonoma.

Evitaron así los años de decadencia, marcados por la epidemia de heroína. Esquivaron a monstruos como Charles Manson, que convertiría a su Familia en un escuadrón de zombis asesinos. No contemplaron la transformación de Los Ángeles del Infierno, motorizados compañeros de viaje, en un implacable grupo mafioso.

Hoy, el hipismo todavía provoca polémica. Resulta cómodo destacar el fracaso de su programa maximalista. Por el contrario, se necesita hacer un esfuerzo para apreciar sus aportaciones al modo de vida actual: la conciencia ecológica, la flexibilidad sexual, el vegetarianismo, el háztelo-tu-mismo que sugerían iniciativas como el Whole Earth Catalog; hasta las reglas que rigen en la World Wide Web tienen raíces contraculturales. Dejando aparte el folclor psicodélico, el mundo de hoy ha asumido mucho del hipismo de 1967. Y Haight-Ashbury fue su kilómetro cero.

Como es imposible hacer una breve selección de la música de aquél momento, les dejamos un enlace en el que, a través de Spotify pueden encontrar 89 canciones que fueron la banda sonora del verano del amor. Disfruten. https://open.spotify.com/embed/user/1233852097/playlist/5yJEzNXdGuXOW3jONvfA8V

Dedicado a aquellos que vivieron el sueño que conservan en su corazón.
Texto original: Paz y amor, verano del 67.

12 de agosto del 17

12/08/2017 § Deja un comentario

Como están de vacaciones les suponemos con tiempo. Por ello, les ponemos una película que dura más de una hora. A ver quien es el valiente que se queja.

07 de agosto del 17

07/08/2017 § Deja un comentario

La primera edición de Flowers of mountain and plain de la botánica norteamericana Edith Clements, fue publicado en Nueva York en 1916 por W.Wilson Company. Aquí les presentamos la segunda edición del libro, publicado en 1920 conteniendo 25 ilustraciones de la autora.

Flowers of Mountain and Plain.pdf

Edith Gertrude Clements (1874-1971), también conocida como Edith S. Clements y Edith Schwartz Clements, fue una pionera de la ecología botánica, siendo la primera mujer en recibir un doctorado por la Universidad de Nebraska. Estuvo casada con el botánico Frederic Edward Clements, con quien colaboró a lo largo de su vida profesional. Juntos fundaron el Alpine Laboratory de investigación en Pikes Peak, Colorado. Clements también fue una artista botánica que ilustró sus propios libros, así como publicaciones conjuntas con su marido.

Bajo la primera ilustración se encuentra el enlace al pdf [7.9MB] que les permitirá disfrutar de este maravilloso ejemplar de clasificación botánica para aficionados.

6 de agosto del 17

06/08/2017 § Deja un comentario

Tor Aulin  fue un violinista, director de orquesta y compositor sueco que nació en Estocolmo el 10 de septiembre de 1866, muriendo en Saltsjöbaden el 1 de mayo de 1914. De 1877-1883 cursó sus estudios de música en el Real Conservatorio de Estocolmo y posteriormente en el Conservatorio de Berlín de 1884 a1886, junto a Émile Sauret y Philipp Scharwenka.

Entre 1889 y 1892, Aulin fue primer violín de la Ópera Real de Suecia en Estocolmo. Durante su carrera musical, dirigió a las principales orquestas sinfónicas de Estocolmo y Gotemburgo. En 1887 formó el Quatour Aulin, cuarteto muy reputado hasta su disolución en 1912.

Aulin compuso un buen número de obras orquestales y de música de cámara, incluidas una sonata para violín, tres concertos para violín, una suite orquestral y variadas piezas para violín.

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