07 de mayo del 19

07/05/2019 § 1 comentario

LA SEPTIMA

Esta es una leyenda de la que conozco tres versiones recogidas de los marineros pityusos que la cuentan. La escuché por primera vez de un excelente hombre -que hoy no vive- durante una travesía de Ibiza a Formentera, a bordo del famoso «Manolito». Tal referencia indica que me la contaron antes de 1960, porque fue aproximadamente ese año cuando el zarandeado «Manolito» (menos que barco, bulto marinero: desproporcionada chimenea; casco mestizo, archivo de todo achaque mecánico; y toldo que parodiaba cobijo a los pasajeros) se partió en es Freus y, después de una habilidosa maniobra de su avezado patrón, como un raro cetáceo malherido, fue a varar al sur de Espalmador donde se hundió.

Después de esta primera ocasión me han contado la leyenda bastantes veces -siempre de forma diferente, como pasa con todas las leyendas que han corrido mucho-; pero las variantes que ahora sé pueden reducirse a las tres versiones que ya he dicho. Hay una línea argumental, siempre la misma, que parece encaminar a la moraleja de que la traición y la cobardía suelen hallar su castigo (lección que hasta luce redundancia, pues toda traición procede de alguna forma de cobardía). Esa línea argumental plantea un enigma que pide esfuerzos a la imaginación del oyente, lo cual es provechoso (y resalta las diferencias entre cuentos y leyendas).

Es mi intención escribir este relato en corto y por derecho. El que se interese por los detalles haría bien en recogerlos de algún marinero viejo, de los pocos apacibles sin prisas, sentenciosos, que van quedando por los alrededores del puerto de la Savina. Todavía mejor, que le cuenten los detalles a la vista del sitio del extraño suceso; y más mejor aún, vaya al lugar -pues la excursión es breve y grata-.

***

Por así decirlo, los protagonistas de la narración -vaya, protagonista uno; los demás coro- son siete compañeros (número, el siete, de particulares características esotéricas, para los pitagóricos y para nuestros modernos brujos), prisioneros, quizá malhechores, condenados todos a la infamante pena de horca. ¿Piratas ingleses? ¿Conjurados antiborbónicos tras la guerra de Sucesión? ¿Desertores de la Armada? ¿Corsarios tripolitanos? ¿Vasallos del Turco? Nada del origen de los malandantes se aclara por la transmisión oral. «Era un grupo de siete condenados», eso es todo.

Bien se alegraron los siete a ahorcar cuando supieron que una grave dificultad impedía que las penas se cumplieran: el tribunal ibicenco no había tenido en cuenta que en las Pityusas faltaba verdugo. La profesión de verdugo requiere insignes aptitudes, conocimientos y personalidad que ni entonces ni ahora se ofrecen en la mayoría de la gente; se trata de una actividad difícil para la que es necesario primero vocación a prueba de sentimientos, y después experiencia, aunque se haya ganado como ayudante. Este punto de la experiencia en el caso que nos ocupa era exigible en el más alto grado; ahí es nada, repetir siete veces seguidas tan compleja tarea, en una sola sesión (sesión, pues las ahorcaduras solían ser públicas, y a nadie se le vedaba el asiento en ellas).

Solicitáronse voluntarios, para lo cual fue ofrecida una alta recompensa ecobnómica al que apeteciera el ejercicio de tan macabra gestión; mas, a pesar de la cuantía de la oferta, ampliada con el transcurso de los días, nadie se adelantó. La situación que parecía apurada (definitivamente no aparecía verdugo profesional o aficionado), vino a complicarse cuando una controversia entre autoridades civiles y militares dio en significar, a la postre, que las penas no podían aplicarse ni en tierras de Ibiza ni en tierras de Formentera, sino fuera de ambas. Quizá en la mar, pensaron algunos, que siempre los hay ingeniosos.

En estas circunstancias -cuando ya se había insinuado incluso la salida de conmutar las condenas- surgió, decisoria, la cobardía de uno de los siete; a cambio del perdón para sí, y la libertad, se prestaba a actuar como verdugo de sus otros seis camaradas. El nombre del traidor no lo ha conservado la leyenda. Lo que sí se sabe es que el lugar elegido para levantar las horcas fue la pequeña isla que hoy se llama d’es Penjats, y entonces no tenía nombre. (Si lo tenía era menos seductor, porque se ha perdido.)

Penjats es un árido islote deshabitado que separa el Freo mayor del Freo mediano; está situado casi exactamente a mitad de camino entre Ibiza y Espalmador, con lo que -al menos en un sentido lato- cumplía el requisito de no ser tierra de Formentera, pero tampoco de Ibiza. Asi que, conseguidos emplazamiento y verdugo, a Penjats se fueron varias barcas en las que llevaron madera para las horcas, suficiente rollo de soga, y a los siete prisioneros. Seis de estos atados de pies y manos; el otro libre, aunque todavía custodiado.

Cuando allí los abandonaron, con la madera ya apercibida en la zona de mayor altitud, donde sólo desde hace ciento veinte años está el faro-, nadie temió que alguno huyese. Soplaba fuerte gargal, estaba el tiempo de tormenta, y no se pensó que ninguno de ellos pudiera nadar hasta otra isla venciendo las corrientes de los Freos. Las intenciones al verdugo estaban claras: sin otra ayuda que la de sus mañas tenía que ahorcar a seis compañeros; al día siguiente, cumplida la tarea, volverían por él y por quemar los cadáveres. Su recompensa era la libertad. Al zarpar los barcos para Ibiza, les gritó algo que no entendieron, y volvió a gritarles mientras corría por las peñas; pero la mar que rompía y los graznidos de las gaviotas impidieron oír sus voces.

Fue una noche caliginososa que, al fin, acabó en tormenta y aguacero matinal; se picó todavía más la mar, así que los ibicencos demoraron 24 horas su ida a Penjats. Desde el cabo de Portas (apenas dos mil metros de distancia) intentaron ver lo que sucedía en el islote; pero la lluvia y la espuma del mar prohibían resultados a la atalaya. Al fin, un día después de lo previsto, dos barcas acudieron a buscar seis reos muertos y un desleal superviviente.

Cuando se acercaban al islote pudieron ver las horcas bien plantadas, y los rígidos cuerpos de los ajusticiados balanceándose al viento. Desembarcaron. Las horcas eran siete; de seis de ellas pendían, con las caras tapadas por improvisados caperuzos, los seis hombres finalmente condenados; de la séptima en inesperada horca -el rostro en una carátula que decía de largos sufrimientos- colgaba el traidor.

Enmiende cada uno la tragedia a sus acontecimientos. Y cavile el desleal en su abominable condición.

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.
Capítulo V: La cabeza.
Capítulo VI: El príncipe.
Capítulo VII: El monje.
Capítulo VIII: El rescate
Capítulo IX: El tesoro
Capítulo X: El cazador
Capítulo XI: El ungüento
Capítulo XII: La séptima.

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.

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