30 de abril del 19

30/04/2019 § 1 comentario

EL UNGUENTO

Casi en Pla del Rei, en la costa del sureste, a unas treinta canas del acantilado, y muy cerca del Ullal (lo que no deja de ofrecer razones etimológicas para el topónimo, pues cubre otra acepción), har restos de una gran casa hundida hace por lo menos ciento cincuenta años. Perteneció a una familia de formenterenses conocidos con el apodo de «Ullets», desde que tal sobrenombre lo ganó un antepasado, llamado Jaume, que es el héroe de la presente leyenda. (Hasta su extinción, siempre fue importante la familia de los ˝Ullets˝; el último varón del que se tiene noticia era Maestre del laúd «San Agustin», que tomó fama en otra historia que algún día contaremos.)

Uno diría que el primero de la dinastía alcanzó méritos para figurar en muy serios tratados de Oftalmología. Por otra parte, de la virtud medicinal de la planta -y referida quizá a una variedad de Formentera- ya escribieron autores no recientes (*). Era Jaume labrador y pescador, doble oficio que los hombresde la isla, hechos a toda broza, siempre han poseído, por obvios motivos de supervivencia; pero también se daba maña en otras artes: sartoria, carpintera y culinaria. Y de la postrimera le vino el beneficio.

Aficionado al buen comer -en tierra de forzosos ayunos y escaseces- al nivel de su modesta formación dominaba la preparación de salsas, aderezos y sabrosos aditamentos gastronómicos; por lo que no acontecía encuentro suprafamiliar (por boda, bautizo o festividad) que no dirigiese él, con lo que era recompensado de la forma que más grata le resultaba, es decir, participando en la comida, con notable aprovechamiento.

Por tradición o por invento, tenía recogidas buenas fórmulas salseras; una era su preferida para acompañar el pescado: la que preparaba con argelaga y ajos machacados qu e apenas cocía en vino, con lo que obtenía un caldo para emulsionar después (aunque jamás poseyó Jaume ese concepto físico) con aceite de oliva. Se trataba de una típica salsa mediterránea en la que dominaba, como debe ser, el inverecundo buen sabor a ajos. Se elaboraba, repasemos la fórmula, en dos fases: primera, machacado y leve hervido; segunda, emulsionado.

Por aquellas fechas todavía los piratas de Salé (**), Trípoli, Túnez y Argel acudían hasta las costas de Murcia, Valencia, Tarragona, Barcelona, las Baleares y las Pityusas. Ya no eran aquellas poderosas flotas de otro tiempo; pero, buscando presas fáciles, y pueblos costeros con escaso poder defensivo, aún obtenían ventaja de sus expolios, especialmente consiguiendo esclavos. por eso los percadores formenterenses casi nunca se alejaban más de un par de millas de la costa.

Algo mayor era la distancia a la que se encontraban Jaume y dos hombres de su familia, pescando vacas y raors en el menguado barquichuelo de nuestro héroe, una víspera del día de Santiago, o sea, una víspera de almuerzo cumunal. Aunque, avisados desde tierra por señales de humo ( que les hicieron desde la atalaya de Garroverer), avistaron todavía lejos a los faluchos piratas, ya era tarde para llegar a la orilla antes de ser alcanzados por los berberíscos y ni lo intentaron. Así que se encomendaron a la Virgen (y a la mitad de los del calendario), y rezaron hasta el momento en que fueron apresados.

Jaume no era lerdo: tampoco se defendió; antes bien, saludó a los moros como si de amigos se tratase, y se presentó con ceremonia ante el que parecía capitán. Averiguó por éste que el verdadero Jefe de los bandidos estaba bajo cubierta, con grave dolencia de los ojos, que le supuraban; y que, casi ciego, solo podía hallar algún alivio en la oscuridad del sollado. Jaume, adoptando gestos de curandero -en lugar de los de prisionero y esclavo que correspondían a su situación-, pidió permisdo para diagnosticar el mal. Increíblemente, los piratas accedieron , tratándole con algún respeto.

Yacía el capitán en la penumbra; pero Jaume pudo observar, a moco de candil, sus irritados y ulcerados párpados unidos por legañosas secreciones. Prolongó el examen, mientras musitaba palabras incomprensibles y aureolaba su actuación con los que imaginaba -y parecía resultar así para aquella chusma expectante- doctos ademanes. después, con prosopopeya, afirmó que podría curar de daño y pringue al enfermo; pero sólo si lo desembarcaban y era llevado a su casa, porque allí poseía el único ungüento adecuado a la rara dolencia.

Convencidos, consintieron los piratas. De forma  que el enfermo, seis de los moros, Jaume, y los dos parientes, llegaron a casa de nuestro protagonista, en las inmediaciones del actual Ullal. Jaume, como es de suponer, carecía de ungüentos ni pomadas; para pasar por tales no había en su hogar mas que aceite y cocimiento de ajos, ingredientes apercibidos para elaborar su famosa salsa con ocasión de la festividad del día siguiente. Mas era necesario continuar farsa y embustes, con que así lo hizo. Tumbó al enfermo en su propio lecho, preparó una cataplama  con el caldo aliáceo -que precavidamente había rebajado con agua-, y la puso sobre los llagados ojos del capitán… A los alaridos de éste fue ver el desenvainar las cimitarras y gumias; pero Jaume, poseído de su papel, consiguió calmar al enfermo con voces y argumentos, pues ya en el viaje le había advertido de lo doloroso de su infalible terapéutica. Después limpió los ojos del gimiente con algo más del líquido que todos creían balsámico; y usando, por último, el otro componente de su salsa, aplicó el aceite a los escarmentados párpados. Sea por el contraste entre ambos fluidos, sea por la rapidez de las virtudes curativas del ajo, el moro sintió ahora un inmenso alivio, pudo abrir los ojos, dejo de temer por su ceguera, y se entendió curado o en vías de curarse. A su sonrisa todos sonrieeron, y el pícaro de Jaume comprendió que estaba de horro: los ojos lo habían librado de la esclavitud.

El agradecido capitán, portando el doble componente de la salsa en un par de vasijas de media libra cada una, marchó contento para su falucho, escoltado por la chusma. Antes de embarcar, a los tres prisioneros les regaló la libertad, y a Jaume dos pistolas con incrustaciones de plata. Naturalmente, desde entonces, los habitantes de aquella casa fueron llamados los Ullets, y la finca de Jaume Ca’n Ullets. Y a Jaume sus amigos no le saludaban de palabra, le hacían guiños; porque en ibicenco, y también en catalán, si mal no me informaron, fer l’ullet es guiñar el ojo.

(*) Vid. Anónimo.˝DISTRIBUTIO GEOGRAPHICA ET ENUMERATIO PLANTARUM MEDICINALIS IN INSULIS PROMONTORIBUS COLLEGIT˝ Palmae Balearis, anno Domini Nostri Jesu Christi millesimo sexcentesimo vigesimo sexto.

(**) El otro Salé, africano, «cuyo nombre apestó a toda la cristiandad»

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.
Capítulo V: La cabeza.
Capítulo VI: El príncipe.
Capítulo VII: El monje.
Capítulo VIII: El rescate
Capítulo IX: El tesoro
Capítulo X: El cazador
Capítulo XI: El ungüento

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.

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