16 de abril del 18

16/04/2019 § 2 comentarios

EL TESORO

Tan poderosos eran los piratas berberiscos durante el primer tercio del siglo XVI que solían llegar, en sus incursiones, a todos los puertos del Mediteráneo cristiano, e incluso se aventuraban hasta los más cercanos del Atlántico. De entre los más célebres capitanes de aquellas turbas, destacan las historias a cinco hombres de distinto origen, aunque de similares propósitos: Jeir-al-Din, el segundo de los Barbarroja, hijo de un alfarero heleno, que adoptó las creencias musulmanas y se denominbó a si mismo «La bondad de la Religión»; Sinau, un judío de Esmirna apodado «El Mago», capaz de orientarse en la mar, sin instrumentos, incluso durante la noche o entre la niebla; Dragut, natural de Anatolia, conocido por «El de Rodas»; Hassan, un renegado sardo, castrado -pues iba para eunuco-, al que la providencia privó de las aventuras del serrallo y otorgó, a cambio, las náuticas; por último -en esta relación, que no en la fama- Aydin («El que regresa»), otro renegado, que recibió también el sobrenombre de Drub y fue llamado «El Diablo», terror de los venecianos, franceses, genoveses, españoles y turcos (en efecto, terror incluso de sus aliados los turcos , porque nada respetó sino particulares intereses). Pues bien, la leyenda afirma que Aydin («El que regresa»), es decir, Drib «El Diablo», era nacido en Formentera, en algún lugar de sa Platja de Tramuntana.

Al llegar el buen tiempo, aproximadamente por el mes de abril, todas las flotillas piratas -tanto las que reconocían la supremacía de la Puerta como las reducidas a Gobierno menor- abandonaban el refugio de sus varaderos y comenzaba su actividad anual; iniciaban la acción, con sencilla técnica, situándose al acecho en las rutas cargueras, bien las que costeaban, bien las que a mar abierto seguían las más audaces naves. Por lo que a los puertos españoles hace, también al llegar el mes de abril se movían a navegar las vigilantes flotas de guerra, por si «bajaba el turco». El mutuo acecho, con mil variantes, se producía con mayor intensidad en la vía de Cerdeña a Cartagena, y especialmente en el mar pityuso, una ruta marítima en la que los navíos parodiaban todas las suertes cinegéticas de podencos y liebres; pero de podencos y liebres mutantes porque, en función de su número y poder, los perseguidos solían revolverse para perseguir a su vez.

Los éxitos de Aydin («El que regresa») no se basaban tanto en su valor y astucia contrastados, ni en su ingenio al elegir el lugar y el momento más favorable para el combate, como en su importante red de espías -generalmente moriscos- que le daban información sobre fechas de arribada, riqueza de cargamentos, importancia de dotaciones, calidad de los barcos de escolta, y otros saberes que le consentían adelantarse a los hechos. Traicionaba mucho Aydin, arriesgaba poco, y atacaba en lugares conocidos, a poder ser a naves rezagadas o dispersas; gran parte de sus triunfos los obtuvo por tanto de modo fácil, y frente a las costas de Formentera que conocía con exactitud en todo su perímetro. Allí, junto a Cala Saona, venció al almirante Portuondo al que tomó siete de sus ocho galeras; allí, en la canal de Espardell, aprovechó un gargal favorable y pudo burlar a dos bergantines del rey de España; allí frente a Punta Prima -paraje sucio de rompientes- logró, con un ardid poco honroso hacer embarrancar a tres galeras de Venecia que le daban alcance, y empaló a sus capitanes. En fin, contar sus victorias más parecería difamación que admirado relato.

Tanto fue aumentando el tesoro de Aydin («El que regresa»), o sea, de Drub «El Diablo», que pensó en esconderlo. ¿Dónde mejor que en Formentera, isla de su nacimiento, epicentro de sus rapiñas, entonces tierra deshabitada por el temor a los piratas? Escogió un lugar que fue boscoso, y hoy está dedicado a tierra de labor; ordenó a una docena de sus más fielers que cavaran hoyos en los puntos que marcó; y como había señalado no menos de cien la tarea duró meses. Eran huecos de boca circular, de seis palmos de diámetro y quince de profundidad, acampanados. Si la roca aparecía antes de lo previsto, admitía Aydin alguna variación en las medidas, mas no demasiada, porque siempre había tenido afanes de simetría y equilibrio, pero ahora harto más importaban a su proyecto. Los hoyos seguían alineaciones, guardaban relaciones de distancia, dibujaban figuras elementales que, a su vez, componían otras más complejas; eran como puntos de un diseño inmenso para un imaginario espectador aéreo, ampliación del que a escala reducida había buscado Aydin con diversión.

Trabajaron los piratas con ímpetu, quizá guiados por la codicia. No se les había ocultado que el objeto de la tarea era disimular entre tanta hoya -una vez vueltas a cubrir las cien- la que verdaderamente escondería el tesoro. Posiblemente se les prometió gratificar la fatigosa empresa repartiendo entre los doce algo del inmenso botín; tal vez conciliados pensaban en robarlo años más tarde, después de desertar; lo cierto es que trabajaron como forzados. No menos de cinco meses navegó Aydin («El que regresa»), mientras sus hombres cavaban, extraían tierra, picaban en la roca, apartaban arena, sacrificados, de sol a sol, desgastando herramientas, hasta concluir los cien agujeros precisamente en los cien puntos del complicado dibujo de su jefe.

Así que acabaron el trabajo (eran esas las instrucciones recibidas) colocaron un gallardete en lo más alto de un montículo de la parte de la isla hoy llamada Platja de Migjorn. No tuvieron que guardar mucho. Aydín había calculado bien el plazo necesario para las excavaciones; de forma que a los pocos días, su bajel, sin escolta alguna, fondeó a un cuarto de milla, frente al lugar, y desde el navío dio instrucciones a sus fieles -o quizá no tan fieles- para que embarcasen en la chalupa y se llegaran hasta él todos juntos.

El leído en narraciones de piratas y otros bandidos de la mar ya está imaginando lo que ocurrió: ninguno de los doce alcanzó a pisar la cubierta del bajel. Es bien cierto que no sabían qué hoyo de los cien había de elegir Aydín; pero conocían el emplazamiento de todos. Aunque «El Diablo» no supiera estadística, poseía el suficiente simplicísimo bagaje de sentido común para saber que, incluso rellenados todos, buscando al azar, hubieran podido encontrar su tesoro muy probablemente antes de intentar el centésimo agujero. Sólo no saber que los hoyos eran cien y que guardaban cierta disposición entre ellos daba valor al ingenioso propósito de Drub. Su intención era ocultar el botín -sin ayuda de nadie- en uno de los agujeros, rellenarlo, y disimularlo, después, también sin ayuda, rellenar y disimular otros cuatro; el resto de las hoyas no tenía más razón que servirle de referencia y desorientar a los codiciosos, y para esto valían igual visibles que rellenas pues, con tal de poder referenciar tres cualesquiera de ellas, según su muy estudiado diseño, podía encontrar la única importante.

Una vez que se hubo asegurado de la eterna lealtad de los doce excavadores, sin otra colaboración que la de su lugarteniente, Aydín («El que regresa») llevó hasta la playa un mulo, dos palas y las ocho arcas que guardaban su tesoro. Por la historia de sus saqueos cabe deducir cuales eran las mejores piezas del botín: Un copón egipcio con siete facetas -en cada una, un diamante de treinta quilates, los siete de igual talla-; un cáliz que había sido de Clemente VII; dos collares de rubíes y dos de granos de aljófar, que fueron de los Angulema; un broche con cuarenta esmeraldas, por supuesto demasiado grande para soportarlo como adorno, que había pertenecido a Hipólito de Médicis; seis candelabros de factura mudéjar procedentes de la catedral de Barcelona. Menos inventariados, pero no menos valiosos: cruces, hebillas, diademas, puñales, fíbulas, pendientes, vasos; y piedras preciosas sin engastes.

Depositado el botín en la playa, el lugarteniente volvió al bajel. Cuatro veces vió la marinería desde lejos como Aydín se internaba en la isla, en cuatro viajes sucesivos con el cargado mulo. Siguiendo sus órdenes, nadie desembarcó durante dos días enteros; mas, al ver que no regresaba después del máximo plazo pretendido, decidieron todos sus hombres ir a buscarlo.

No les fue difícil encontrar el lugar de las hoyas. (Una curiosa, pero no infrecuente, variación topográfica ha hecho por desplazamiento que el área donde Aydín mandó excavar no sea precisamente la que hoy conserva el nombre de ses Clotades, sino otra zona cercana en la que los labradores han ido rellenando los agujeros con tierra y estiercol para plantar árboles frutales en las gigantescas macetas. El que esto escribe no desea comprometer con incitaciones a extraños la tranquilidad de tales labradores, alguno amigo suyo; por eso ocultará aquí el verdadero emplazamiento de ses Clotades que no es el que marcan los planos actuales.) No les fue difícil a los piratas -decíamos- encontrar el lugar de las hoyas; allí estaba el mulo y allí las palas. Recontados los visibles agujeros varias veces, eran noventa y nueve, sólo noventa y nueve. El centésimo habría podido hallarlo uno cualquiera de los doce escavadores, pero ya eran vianda de peces.

Por supuesto, el tesoro no fue hallado, y Aydín tampoco. Pero todos, entonces y ahora, estuvieron y estamos convencidos de que Aydín había regresado definitivamente a Formentera.

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.
Capítulo V: La cabeza.
Capítulo VI: El príncipe.
Capítulo VII: El monje.
Capítulo VIII: El rescate
Capítulo IX: El tesoro

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.

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