19 de marzo del 19

19/03/2019 § Deja un comentario

LA CABEZA

Cuenta el tracio Soféneto que, cuando Ciro el Grande, en el año 546 antes de Jesucristo, conquistó la capital de Lidia [después de un sitio adornado de cruentos combates], dio a sus guerreros autorización para el saqueo. Iniciada la rapiña en la ciudad, un soldado persa encontró escondido al rey Creso -al que no reconoció- y al hijo de éste, mudo de nacimiento. Ya iba a matar con su espada el soldado a Creso, cuando el muchacho, excitado por la amenaza del arma sobre su padre, gritó milagrosamente: ¡No le hieras! ¡Es Creso! con lo que le salvó la vida. Concluye Soféneto comentando que hay en los hombres poderes sobrenaturales, y cómo las situaciones de peligro los despiertan, y también las grandes pasiones. Dice asimismo que Ciro, al conocer el prodigio, agasajó al vencido Creso.

Ya fingidas, ya certificadas, existen tradiciones que duda en propalar incluso la torpe disposición del que escribe despreocupado de delicadezas; y eso, porque teme que al hacerlo no conseguirá ni su satisfacción ni la del lector. Tales leyendas, indignas por sus protagonistas, muestran la oscuira cara de la culpa y del odio; cabe así preguntarse si merecerán la memoria, pues exclusivamente incita a su recuerdo el temor de que quede oculta, si la tradición se silenciase, otra posible noticia sobre el origen de un nombre de lugar en Formentera.

Eran tiempos de miserias en las Pityusas; por carecer de todo muchos habían perecido de hambre, pues de solas yerbas y algún pececillo se alimentaban los más. Sin cosechas, por falta de lluvias durante varios años; sin ganados, ayunos éstos de pastos; sin vestidos, por haber cesado todo trueque o comercio; sin pesca, por falta de utensilios; en fin, desnutridos y náufragos en todo mal se hallaban los habitantes de Formentera. De tales condiciones surgieron raras pandemias y contagiosos morbos. Una sucesión de encadenadas desgracias parecía arropar la isla: Llovieron hormigas, un viento del Sur acercó una extraña enfermedad [o quizá no fue el viento sino un cerdo hinchado, a medio corromper, que la mar dejó en Migjorn], se pudrió el agua en los aljibes, no había parto bueno, todo eran achaques.

Dos pequeños grupos de organización tribal se repartían entonces aquellas tierras; uno aposentado en torno a la escasa altura que hoy se denomina es Puig Guillem, en Barbaria; el otro aproximadamente a Levante de lo que ahora es el caserío de San Fernando. Siempre rivales, su enemistad se había concretado empero en formas de desprecio; es decir, había tenido como declaradas características una aparente ignorancia mutua y una perfecta insolidaridad. Por otra parte, mientras que los miembros de una y otra tribu no sobrepasaran los límites los confines determinados para las comunidades [límites que casi exactamente constituían la mitad Este y la mitad Oeste de la isla], ningún incidente podría ocurrir entre ambas colectividades.

Pero la miseria convirtió la indiferencia en odio, y los intentos de rapiña dieron ocasión a continuos encuentros en los que la carencia de comestibles limitaba la salvación de los heridos, que eran a veces rematados incluso por sus propios compañeros. Era una elemental guerra entre pobres, una guerra sucia, de famélicos contra desnutridos, de enfermos contra malparados, de desengañados contra desesperados; el provecho, las más de las veces, unos puñados de trigo, una cabra flaca, unos pulpos secos: escaseces para engañar los vientres.

Al final triunfó uno de los grupos -ni sabemos cual, ni importa-, y los depauperados vencedores no encontraron ya alimentos en el poblado de los vencidos. Se habían acabado los sigilosos ataques al alba, las acometidas a los corrales, las nocturnas marchas. ¿Qué hacer ahora con los prisioneros? No olvidemos que los motivos de aquella guerra habían sido el hambre y la miseria. De modo que decidieron respetar temporalmente la vida de los más resistentes y, maniatados, los encerraron en un murado recinto. A partir de ese día comenzaron a matarlos uno a uno; y uno a uno se los fueron comiendo. Pensaron que incluso había suficiente carne para mantener a los mismos prisioneros mientras llegaba su turno, y así les duraría el ganado humano al menos durante toda una luna, y podrían alargar su privación.

Solamente el antiguo Jefe de los vencidos, un indócil gigante con la cara acuchillada, salido de la guerra sin lesión reprehensible, se negó a alimentarse con las carnes de sus compañeros. Famélico y depauperado comno estaba, todavía lo temieron, y, aunque en el turno que habían establecido los vencedores el jefe enemigo iba a ser el último, lo madrugaron a morir para evitar una revuelta de los prisioneros


Temores religiosos impedían que las matanzas [aquellos no eran sacrificios] se hicieran cerca del emplazamiento de la aldea; por eso el centenar de supervivientes -contamos a los vencedores y a los vencidos– residía ahora en las inmediaciones del carnicero lugar: una elevación pedregosa de escasa vegetación. Allí llevaban a los prisioneros cuando los sacaban de su encierro. Designada la víctima, entre cuatro la sujetaban, la obligaban a posar la cabeza sobre un tocón de pino, y le cortaban el cuello de un hachazo.

Anticipadamente, como hemos dicho, le llegó el turno al Jefe de los vencidos. Con aparente docilidad, que la fiereza de su mirada desmentía, subió al lugar. Casi toda la tribu enemiga se había congregado allí para presenciar la muerte. Antes de colocar su cabeza sobre el tajo el condenado miró a los vencedores despaciosamente, recreándose en observarlos. Antes de colocar su cabeza sobre el tajo volvió a mirarlos; buscaba los rostros de sus enemigos, y les sonreía. Era una mirada tan extraña que los que ocupaban las primeras filas retrocedían incómodos.

Cuando el hacha habilmente manejada partió su cuello con un limpio corte, la cabeza del condenado rodó por el suelo; al detenerse, quedó plantada sobre la parte seccionada: era como si se asomara desde dentro de la roca sobre la que permanecía. Sea porque ello impidiera la pérdida de sangre, sea por otra causa natural o misteriosa, lo cierto es que la cabeza habló; se le oyó decir con tardanzas: -Malditos los que nos han comido, los que ahora están aquí y yo he podido ver después de muerto… (*)

Y así fue. Otra epidemia exterminó en pocos días a la mayoría de los habitantes. Siete quedaron vivos; parece que ninguno había comido carne humana, ni tampoco acudido a presenciar el fin del decapitado. [Estos siete pudieron haber sido los redimidos antepasados de las siguientes generaciones de formenterenses]

El lugar donde dicen que ocurrió todo lo que antecede es hoy conocido con el nombre de sa Mirada. Cabe en lo posible que la tradición, en distintas lenguas, haya conservado el recuerdo del macabro hecho: la cabeza que miró y habló; tampoco sería insensato que el nombre se refiriera a la excepcional panorámica que desde aquél sitio cabe gozar; es igualmente admisible que el topónimo aluda, concretamente, a la ventajosa situación de esa colina para observar la llegada de las barcas procedentes de Ibiza, una vez superados los Freos. No habiendo vestigios que lo confirmen o nieguen la leyenda, cabe desflecar todas las acepciones de la palabra mirada;

(*) Casos similares -cabezas que separadas del tronco siguen dando señales de actividad vital- pueden leerse en las obras siguientes:
-D.E.A. «COPIA DE INSTRUCTIVA CARTA QUE ESCRIBIO EL MUY B. PADRE FRAY JUAN ALZINA, DE LA ORDEN DE MONTEGAUDIO, DESDE LA PROVINCIA DE ORIENTE EN LAS TIERRAS QUE COMBATEN A LOS ENEMIGOS DE LA RELIGION VERDADERA, AL REVERENDISIMO PADRE FRAY JUSTO YAÑEZ MAESTRE PERPETUO, EN LA QUE LE HACE RELACION DE LOS AVISOS Y MEDIOS PARA BIEN MORIR, Y COMO SE HA DE ASISTIR A LOS QUE NO SON AFORTUNADOS, A LOS REOS DE SABLE Y A LOS DE AHORCAR, CON LAS CONVENIENCIAS QUE EN LAS HORCAS SE ADVIERTEN SOBRE OTROS USOS DE LA JUSTICIA».
«Ibiza, Imprenta Ballester, anno de 1691. 8.º de 64 páginas.
-Sénéchal, Pierre.  «LE VETIR, LE GESIR ET LA GUILLOTINE».
Editeurs de la Mode. París, 1798.
-Vicarius. «TABULAE HISTORIA RERUM IN PARTIBUS TRANSMARINIS»
Manuscrito s.l. y s.a.
-Vidal, Feliu. «VIURE LA EXECUCIO O EL PORTAVEU PELS ESPECIALISTES DE LA DESTRAL» [Sic en la portada]
Ribas, Editor i llibrer. Barcelona 1819.
-Youdi, Jean Le. «POUR DÉCHIRER SON TABLIER, LA BUTTE»
Rev. d’Argot. N.º 39. Asnières.1901.
-Zazzo, Salomon. «EXPERIMENTAL PSYCHOLOGY [VII.-Brain mechanisms and visual perception]».
MacMillan and MacMillan. New York.1976.

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.
Capítulo V: La cabeza.

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.

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