12 de marzo del 19

12/03/2019 § 1 comentario

LAS HERMANAS

Lector: Si alguna vez vas a Formentera y, cualquier día, ya avanzada la tarde, te acercas al Estany Pudent, podrás asombrarte al ver el extraño color lila de sus densas y saladas aguas; espera entonces unos minutos, hasta que llegue el instante en que la luz solar casi no alcanza a iluminar el lago, y mira cómo sus aguas se giran a cárdenas, como vinazos de gormador, y parecen veteadas. En esos momentos, cada anochecer, un prolongado suspiro suena en el centro del estanque y se expande hacia las orillas. Se oye siempre: en los crepúsculos tormentosos -cuando el viento, frotándolas, hace gemir las ramas de los árboles- por encima del viento; y en los atardeceres casi silentes -por ejemplo en verano-, cubriendo los escasos ruidos campesinos. Es un suspiro largo, entre paciente y resignado; es, sobre todo, un suspiro necesario.

Cuenta la leyenda que, en una de las varias ocasiones en que la isla ha estado deshabitada, hace aproximadamente mil años, llegó a ella desterrado un grupo familiar compuesto por seis personas: dos hermanos, sus mujeres, y dos hijas -una de cada matrimonio- a las que la tradición ha conocido por «las hermanas», aunque eran primas. Acompañaban a estos parientes hasta más de veinte esclavos de ambos sexos. Se aposentaron los desterrados en un llano de favorables condiciones agrícolas y, con los años, consiguieron cultivar muchas hectáreas y levantar un poblado. Después fueron muriendo los más viejos y, al fin, quedaron solas las dos hermanas (y tres docenas de esclavos). Al morir, sus respectivos padres les habían recomendado auxilio mutuo, y les habían dejado en propiedad a cada una la mitad de sus bienes muebles, y la mitad de la tierra culta e inculta que poseían.

Un solo pozo importante tenía la enorme finca y, en el reparto, fue a parar a la menor de las dos, llamada Viola, que era dura de corazón y estúpidamente ambiciosa (porque no puede ser, si no es estúpida, la ambición que germina y crece en una isla prácticamente desierta).

Ocurrió que vinieron once años de sequía, y los poquísimos manantiales de Formentera -meros aliviaderos del nivel freático del agua dulce que flota sobre la salada- dejaron de manar, y las viejas cisternas se secaron, y los pozos se agotaron; y todos parecían bocas agonizantes, sumideros para la muerte: los pozos, las cisternas y los manantiales. Sólo el pozo de Viola, la hermana mala, siguió teniendo agua en abundancia. De modo que la hermana buena hubo de pedirla para sí, para sus esclavos y para los restos de su rebaño ya muy menguado por la seca.

No cabe recuperar lo que se dijeron; no las palabras, no el acento. Mas los sentimientos de ambas eran simples, y con sencillas expresiones cabrá reflejarlos sin variar sustancialmente la verdad. Así, un día hablaron: -Necesito agua para mí, para mis esclavos y para mis ovejas. -Dame primero todos tus esclavos. El siguiente día: -Necesito agua para mi y mis ovejas. -Dame todas tus ovejas. Dos días más tarde: -Necesito agua para mí. -Primero dame tus tierras. Y a los tres días: -Otra vez necesito agua. -Antes dame tu casa y tu ropa.

Una vez expoliada, mandó Viola que azotasen a la desgraciada y que la echaran de la finca. Un cálido viento de xaloc llevaba la sequía a extremos increíbles. Desnuda, sin más provisión que un cantarillo lleno del último líquido que tan caro había comprado, la hermana buena tuvo que marchar por el polvoriento camino hacia el Sur, hacia Barbaria, ya preparada para morir en soledad. Se sintió muy pequeña; una torrentera de angustia se le subió a los ojos. Huída la razón, preguntó a las rocas si valía la pena seguir andando. Era la hora del resistero. El cielo tenía un color desvaído. A lo lejos, el mar parecía casi negro. Escasas manchas vegetales, en diferentes tonos del gris al verde disipado, aparecían entre los calcinados ocres y sienas que la sequía había conseguido. El cielo y la mar parecían agarrarse al monte. ¡Y Formentera era tan pequeña! El sol, monstruoso, se aplicaba a abrir las tierras ya resquebrajadas y a quemar las piedras.

Un ángel se encolerizó -siempre hay un ángel que al final se irrita ante la maldad, sobre todo si la maldad carece de doctrina-, y empezó a mandar llover. Diluvió durante tres días y tres noches. Los barrancos de Formentera bajaban llenos, las arenas ya no tragaban tanta lluvia, los arboles se ahogaban. Con la constancia de la inundación la inmensa finca, ahora propiedad entera de la hermana mala, se hundió lentamente por peso del agua; se hundió con sus pajares, sus casas, sus ganados, sus esclavos y su dueña; también con su pozo, ya inútil agujero por el que entraba en vez de salir. Pocos días después comenzó la corrupción del estanque. Y de qué modo.

Pestilencias imposibles de imaginar daban fe de la podredumbre de las aguas; y el alejamiento de las gentes, durante siglos, fue imagen de la desolación de sus orillas, crecidas de mosquitos. Hasta que, hace menos de trescientos años, los industriosos formenterenses comunicaron la inmunda charca con el mar, dieron entrada a las aguas saladas, y aquella zona maldita se vió en buena medida libre de corrupción, de la podre y del paludismo. La densidad que ahora concede la evaporación al agua de mar facilita su aprovechamiento en las cercanas salinas, que la admiten del Estant Pudent,  es decir, del estanque «maloliente», «fétido», «hediondo», porque el nombre ya parece difícil que lo pierda. Y es curioso que así sea (no queda otro remedio que ligar el hecho con la leyenda), pues aunque ha tenido otros nombres, algunos muy bellos, que la geografía oficial admitió, siempre acabó en recuperar el penoso apelativo: pudent.

El que toma una de las escasas barcas (que las hay en las cercanías del lago), si rema hasta el centro y mira al fondo podrá observar, bajo las aguas, restos de las construcciones hundidas, cuando fue castigada la hermana mala y cuando se perdieron tres millones y medio de metros cuadrados de buena tierra.

Es el espíritu de Viola el que suspira todos los atardeceres, esperando salir del Estany Pudent; y es el nombre de ella, Viola, y no la concentracion de sales, lo que explica el color violeta de las aguas del lago. Usque ad emendationem.

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.

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