06 de enero del 18

06/02/2018 § Deja un comentario

Corría el año de 1600 y a la capital de la Nueva España continuaban llegando mercaderes, aventureros y no pocos felones, gentes de rompe y rasga que venían al Nuevo Mundo con el fin de enriquecerse como lo habían hecho los conquistadores.

Uno de los que llegaron a la capital de la Nueva España con el fin de dedicarse al comercio, fue don Tristán de Alzúcer, quien negociaba en víveres y géneros allá en las Filipinas. Instaló don Tristán su comercio en la antigua Tenochtitlán  ayudado por su hijo, un recio mocetón de buen talante y alegre carácter.

Tenía don Tristán un buen amigo y consejero nacido en su mismo pueblo, su ilustrísima el Arzobispo don Fray García de Santa María Mendoza, quien solía visitarlo en su comercio para conversar de las cosas de Filipinas y la tierra hispana

Amplió el negocio don Tristán, para lo cual envió a su joven hijo a la Villa Rica de la Vera Cruz y a las costas malsanas de la región de más al Sureste. Quiso la mala suerte que enfermara Tristán chico y llegara a tal grado su enfermedad que se temió por su vida.

Así lo dijeron los mensajeros que informaron a don Tristán que era imposible trasladar al enfermo en el estado en que se hallaba y que sería cosa de medicinas adecuadas y de un milagro, para que el joven enfermo de salvara. Atormentado por la enfermedad de su hijo y temiendo por su vida, don Tristán se arrodilló ante la imagen de la Virgen y prometió ir caminando hasta el Santuario del Cerrito si su hijo se aliviaba y podía regresar a su lado. Semanas más tarde el muchacho entraba a la casa de su padre, pálido, convaleciente, pero vivo. Su padre feliz lo estrechó entre sus brazos.

Vinieron tiempos de bonanza, el comercio caminaba con la atención esmerada de padre e hijo y con esto, don Tristán se olvidó de su promesa, aunque de cuando en cuando recordaba la promesa hecha a la Virgen. Un día con, un par de botellas de buen vino, se fue a visitar a su amigo y consejero el Arzobispo. Para hablarle de sus remordimientos, de la falta del cumplimiento de la promesa hecha a la Virgen, de lo que sería conveniente hacer a pesar de que le había dado las gracias a la Virgen rezando por el alivio de su vástago.
–Bastará con eso–dijo el preladosi habéis rezado a la Virgen dándole las gracias, creo que no hay necesidad de cumplir lo prometido.
Don Tristán salió de la casa arzobispal muy complacido, volvió al trabajo y al olvido de aquella promesa de la cual lo había relevado el Arzobispo.

Un día, al amanecer, el Arzobispo, cuando caminaba se encontró a su viejo amigo don Tristán, que pálido, ojeroso, cadavérico, envuelto en una túnica blanca, caminaba rezando con una vela encendida en la mano mientras la otra descansaba sobre su pecho.
–¿A dónde vais a estas horas, amigo Tristán?–le preguntó el Arzobispo.
–A cumplir con la promesa hecha a la Virgen–respondió con voz hueca y tenebrosa el comerciante.

Esa noche el Arzobispo decidió visitar a su amigo, para que le contara el motivo por el cual había decidido cumplir la promesa de la que él le había eximido. Lo encontró muerto, envuelto en el sudario con el que caminaba, mientras su hijo lo velaba.
–Mi padre murió al amanecer–dijo Tristan chico–recordando la promesa sin cumplir a la Virgen.
De todo ello dedujo el Arzobispo que cuando por la mañana lo había visto era ya un difunto que cumplía la promesa que en vida no hizo.

Pasaron los años y durante muchos se vio al espíritu de don Tristán caminando hacia la ermita con una vela encendida y cubierto con el sudario, ya amarillento y carcomido. Desde aquél entonces, el pueblo llamó a la calleja de esta historia, El Callejón del Muerto, la misma que andando el tiempo fue renombrada como calle República Dominicana.

Extraído de un escrito en: El Callejón del Muerto

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