14 de noviembre del 17

14/11/2017 § Deja un comentario

Cuenta la leyenda que un camionero llamado Ignacio Velázquez iba a gran velocidad con su camión por una zona montañosa. Aunque habitualmente era muy precavido y un gran conductor, el que su mujer estuviera a punto de dar a luz su primer hijo hizo que arriesgara más por aquella tortuosa carretera de montaña por la que conducía. Quería llegar a tiempo para ayudar y pagar los servicios de la parturienta.

Cuando faltaban pocos kilómetros para el desvío que le llevaría junto a su mujer, perdió el control y se salió con el camión de la carretera, estrellándose contra las rocas. A pesar del tremendo accidente en el que el trailer quedó destrozado, Ignacio consiguió salir del vehículo sin un solo rasguño. Aturdido por la situación y sin saber muy bien qué hacer, intentó que algún coche le llevara hasta su casa.

Era una carretera poco transitada y no pasaba ningún vehículo. Decidido a llegar junto a los que quería, comenzó a caminar. Anduvo varios kilómetros pero, por alguna extraña razón, parecía no avanzar y, cuanto más se alejaba del lugar del accidente más oscurecía. Desesperado por la situación, decidió sentarse en una piedra y, aunque no se sentía cansado, estaba tan confundido que necesitaba hacer una descansar un rato.

Desde donde estaba pudo ver su camión estrellado contra las rocas. Había caminado pocos metros a pesar de tanto esfuerzo. Era como si estuviera atado a aquel lugar, le fuera imposible escapar. Se había convertido en un alma en pena atada a este mundo.

Sin embargo, el deseo de Ignacio por ayudar a su familia era tan fuerte que ni la muerte le podía impedir que cumpliera con la promesa que le había hecho a su mujer de que llegaría con el dinero. Para él, perdido en la eternidad, el tiempo no transcurría a la misma velocidad que en el mundo de los vivos. Pasaban los días que el vivía con la angustia por no poder ayudar a su familia.

Corrió el tiempo e imperceptiblemente, su espíritu cada vez era mas fuerte, casi corpóreo. Llegó un momento en el que, a la hora en que él había muerto en el accidente con su camión, pudo aparecerse a aquellos que pasaban por donde se encontraba, gentes que asustadas ante aquella aparición fantasmal, aceleraban y huían.

Una noche, cuando casi clareaba, pasó por el lugar un joven llamado Daniel. Vislumbró a un hombre que, apareció súbitamente en un lado de la curva. Creyendo que hacía autostop, detuvo el coche y preguntó:
–Buenas noches, señor ¿A dónde va?
–Amigo, necesito ayuda, mi nombre es Ignacio Velázquez y mi mujer está a punto de dar a luz. Me he salido de la carretera con el camión que allí puede ver, camión que no puedo dejarlo aquí con toda la carga y es  importante que ella, que está de parto, reciba este sobre Esta es la dirección dónde vivimos, una matrona se encuentra con ellos-le dijo mientras le ofrecía un sobre con el dinero y la dirección en él.

Daniel no vio el camión que le señalaba el hombre, pero al mirarle a los ojos sí vio que era un buen hombre desesperado que necesitaba ayuda. Había algo extraño en él, por alguna razón sus ojos no pudieran enfocarlo y lo veía borroso, pero no le dio mayor importancia.

Alargó su mano para recoger el sobre del dinero con la dirección y casualmente rozó la mano de Ignacio. Un escalofrío recorrió su espalda, estremeciéndolo. Sobreponiéndose, leyó la dirección y vio que la casa en la que debía entregar el sobre, estaba a pocos kilómetros y no se desviaba mucho de su camino. Cuando quiso decirle al aparecido que le haría el favor, este había desaparecido. levantó la cabeza nuevamente para confirmar al hombre que cumpliría con su cometido. Pero éste parecía haber desaparecido.

Daniel, a pesar de lo extraño de la situación no dudó en ayudar a aquel hombre y a su mujer, necesitada de dinero. Horas más tarde, amaneciendo, llegó a la casa de Ignacio. Desconociendo el luga, llamó a la puerta que nadie abrió. Una vecina, viendo su insistencia, le dijo que nadie vivía allí.

Allí no vive nadie ya. Si busca a doña Matilde, se cambió de casa hace tiempo.

Daniel era un hombre de principios y estaba decidido a ayudar. Apuntó en el sobre la nueva dirección y, aunque estaba en la otra punta de la ciudad, hacia allí se encaminó para entregar el sobre, en donde llamó a la puerta.

–Buenos días.
–Buenos días ¿Qué desea?
–Me envía su marido con este sobre con dinero para atender al parto. Pero debe haber algún error porque usted no está en esa situación.
– Eso es imposible, mi marido falleció en un accidente de tráfico el día que nació mi pequeño.

Daniel pudo ver a un niño de unos cinco años jugando en el suelo detrás de la mujer. Confundido, algo le decía que era el lugar y la persona correcta, por lo que extendió su mano y le entregó el sobre sin hacer más preguntas. La mujer abrió el sobre y estalló en lágrimas cuando encontró junto al dinero una nota escrita a mano por su marido que le decía:

No he faltado a mi promesa, aquí está el dinero. Siempre estaré con vosotros. Os quiero

Daniel se derrumbó en el asiento de su coche y empezó a pensar en lo sucedido: la extraña forma de aparecer en la calzada, su mano fría como el hielo y su repentina desaparición. Todo era tan siniestro que debería estar muerto de miedo, pero no era así. Sentía una gran paz y la sensación de haber hecho lo correcto. Se recostó en el reposacabezas y en el retrovisor vio a Ignacio, sonriendo agradecido. Cuando giró su cabeza para mirar, allí no había nadie, había desaparecido.

Cuentan que este hecho se repite y son muchos los que aprovechan para quedarse con el sobre y su contenido. pero el fantasma les castiga secando su cuerpo hasta dejarles como un esqueleto o apareciendo en el asiento del copiloto y provocando un accidente que les cuesta la vida.

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