30 de mayo del 17

30/05/2017 § Deja un comentario

Vamos a ir acabando el mes con una leyenda urbana. Les rogamos nos perdonen los exabruptos, que en este caso son necesarios. Lean, dice así:

Estaba sentado en mi escritorio cuando me acordé de una llamada telefónica que tenía que hacer. Encontré el número de teléfono y lo marqué. Me contestó un tipo malhumorado diciendo:
¡Dígame!
Buenos días. Soy Alfonso Vélez, ¿podría hablar con Andrea Jaramillo, por favor?—dije amablemente.
De repente oí que me colgaba el teléfono. No podía creer que existiera alguien tan grosero. Después de esto, volví a buscar en mi agenda telefónica el número de Andrea por si me había equivocado al marcar. Efectivamente, el error era que tenía cambiado el orden de los dos últimos dígitos de su número. Después de hablar con Andrea, observé ese número erróneo todavía sobre mi escritorio. Decidí llamar de nuevo al tipo aquél. Cuando la misma persona descolgó no esperé a que contestase y le dije:
Eres un hijoputa—y colgué rápidamente.
Inmediatamente escribí junto a su número telefónico la palabra Hijoputa y lo dejé en mi agenda telefónica.

Cada par de semanas, cuando estaba agobiado de trabajo o pasando un mal día, le llamaba, él contestaba y yo le decía: Eres un hijoputa. Esto me servía de terapia contra el estrés y me hacía sentir realmente mucho mejor. Unos meses después, la compañía telefónica introdujo el servicio de identificación de llamadas, lo cual me entristeció porque tuve que dejar de llamar al Hijoputa. Pero un día tuve una idea: marqué su número telefónico, escuché su voz diciendo:
¡Dígame!—y cambié de identidad:
Hola, le llamo del departamento comercial de Telefónica para ver si conoce el servicio de identificador de llamadas.
¡No!— Y me colgó el teléfono, como de costumbre.
Rápidamente lo llamé de nuevo y le dije:
Eso es porque eres un hijoputa.

Estaba un día esperando a que una señora mayor sacara su coche para poder aparcar en el espacio que dejaba libre. La anciana tardaba en salir del aparcamiento. Incluso llegué a pensar que nunca se iría. Finalmente su coche empezó a moverse y a salir muy lentamente. Dadas las circunstancias, decidí retroceder mi coche un poco para darle a la anciana todo el espacio que necesitara.
¡Grandioso!—pensé—finalmente se va…
Inmediatamente, apareció un Citroen negro en sentido contrario y se abalanzó sobre el hueco que había dejado la anciana y por el que yo estaba esperando. Comencé a tocar la bocina y a gritar:
¡No puede hacer eso! ¡Yo estaba aquí primero!
El tipo del citroen simplemente se bajó, cerró el coche y se fue hacia el centro comercial ignorándome como si ni siquiera me hubiera escuchado. Ante su actitud pensé:
—¡Este tipo es un hijoputa…!

Fue entonces cuando vi un letrero de SE VENDE en la ventana trasera de su Citroen. Anoté su número telefónico y me fui a buscar otra plaza de aparcamiento.


Un par de días después, estaba sentado en mi escritorio en casa y acababa de soltar el teléfono después de mi terapia marcando el número de mi amiguete diciendo Eres un hijoputa, cuando vi el número del tipo del Citroen negro y pensé:
Debería llamar también a este otro hijoputa
Sin dudarlo, marqué el número, alguien contestó y dijo:
¿Dígame?
¿Hablo con el señor del Ford negro para la venta?—le pregunté yo.
Sí, habla Ud. con él—dijo.
¿Podría decirme dónde puedo ver el coche?.
Sí, por supuesto. Vivo en la Calle San Juan, esquina con la calle San Pedro, es una casa amarilla y el coche está aparcado enfrente de ella.
¿Cuál es su nombre?—pregunté.
Mi nombre es Eduardo Pérez—me contestó.
¿Qué hora sería apropiada para encontrarme con usted, Eduardo?—pregunté.
Me puede encontrar en casa por las noches
Escuche Eduardo, ¿puedo decirle algo?.
Sí, claro—me respondió.
¡Eduardo, eres un hijoputa!—y colgué el teléfono.
Después de colgarle, incluí el teléfono de Eduardo Pérez en la memoria de mi teléfono. Por un momento las cosas parecían estar saliendo muy bien para mí. Pero ahora tenía un problemilla: tenía dos hijoputas para llamar. Después de varios meses de llamar al par de hijoputas y colgarles, la cosa ya no era tan divertida como antes. Este problema me pareció serio y busqué una solución.
En primer lugar, llamé al Hijoputa 1. Al descolgar, dijo:
Hola
y entonces yo le dije
Hola hijoputa—pero no colgué.
Entonces, el Hijoputa me dijo:
¿Estás ahí?
Síííííííííí—le dije yo
Deja ya de llamarme—me dijo
Nooooooooo—le contesté
—A ver ¿quién eres? desgraciado—preguntó
Eduardo Pérez
¿Y en dónde vives?—volvió a preguntarme
En la Calle San Juan, esquina con la calle San Pedro, es una casa amarilla y tengo mi coche, un Citroen negro, aparcado enfrente de ella—le dije
Voy para allí ahora mismo, Eduardo. ¡Tú sí que eres un hijoputa! ¡Ya puedes ir rezando lo que sepas, so cabrón! —me dijo
Uuuuuf ¿Sí? Qué miedo me das, hijoputa—y colgué el teléfono.
Inmediatamente después, llamé al Hijoputa 2. El tipo contestó:
¿Hola
¡Hola hijoputa!—le saludé.
Si te llego a encontrar, eres un…—me dijo
Y tú ¿qué? hijoputa
¡Te voy a patear las tripas!—respondió
¿Sí? Bueno, esta es tu gran oportunidad. Voy para tu casa, hijoputa—y colgué
Tomé el teléfono y llamé a la policía. Les dije que estaba en la Calle San Juan, esquina con la calle San Pedro y que iba a matar a mi novio homosexual tan pronto como llegara a la casa. Luego hice otra llamada rápida para avisar a los medios que iba a comenzar una guerra de pandillas en la Calle San Juan, esquina con la calle San Pedro. Después de hacer esto, me monté en mi coche y mefui al lugar, para ver el espectáculo.


Fue glorioso. Ver a un par de hijoputas pateándose enfrente de seis coches de policía, las cámaras de TV y un helicóptero! ¡Fue una de las mejores experiencias de mi vida!

Leído en:Leyendas urbanas

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