11 de abril del 17

11/04/2017 § Deja un comentario

Cuenta una leyenda urbana que una anciana muy pinturera se ponía cremas a última hora del día, preparándose para acostarse con los rulos y la mascarilla con la que cuidaba su arrugada piel, con el camisón estilo mortaja. Al abrir la puerta de su dormitorio, antes de encender la luz, oyó cómo alguien entraba en la casa.

Asustada, temiendo lo peor, se escondió en el armario, entre sus trajes, tal como habían hecho años atrás sus amantes cuando llegaba algún familiar.
Oyó como, quien revolvía el piso, iba perdiendo la prudencia según veía que nadie había en la casa, pudiendo la anciana percibir en qué cuartos iba entrando el delincuente gracias los ruidos que creaba, adivinando en dónde miraba, qué cajones revolvía, aumentando el pánico que la invadía.

Según más se aproximaba el intruso a su dormitorio, más se asustaba la anciana, llegando a estar completamente aterrorizada cuando oyó como el ladrón había llegado finalmente a su alcoba. Sintió como el rufián buscaba en el tocador, revolvía la cama en busca de las joyas o dinero que tenía en una caja del subsuelo de un importante banco y cómo se aproximaba al armario en el que estaba escondida, que el ladrón abrió de golpe, momento en el que ella no pudo evitar un desgarrador grito.

Cuando llegó la policía, encontraron el cadáver. El médico adelantó el diagnóstico que confirmaría posteriormente el forense: muerte súbita por reacción adrenérgica, es decir, fallo cardíaco causado por el susto e impresión en estado de extrema ansiedad al encontrarse cara a cara con el terror, una momia que profirió un aterrador grito desde la oscuridad que la ocultaba en el fondo del armario.

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