07 de febrero del 17

07/02/2017 § Deja un comentario

El Castillo de Alboerde origen musulmán, fue pasando de manos cristianas a moras y viceversa durante parte de la Reconquista. Citado en documentos de 1099, se mantuvo en pie hasta el siglo XV. Fue durante la Guerra de Sucesión de Castilla entre las hermanas Isabel y Juana (1474-79) cuando Pedro Manrique, Conde de Osorno y partidario de Isabel, conquistó y destruyó el castillo. En las Relaciones Topográficas de Felipe II (1575) se describe al castillo como ruinas.
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Sin embargo existe otra versión que lleva por nombre La Leyenda de la Encantada y que cuenta la destrucción del castillo por otras causas.

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Corrían los tiempos de la Reconquista durante los cuales fue Rey de Castilla Alfonso VII (1105-1157) El Señor de Aurelia, un joven y apuesto caballero, iba a reunirse con el Señor de Alboer en el castillo de éste último para planificar conjuntamente la defensa del territorio ganado a los moros. En el castillo de Alboer conoció a Juliana, hija del dueño del baluarte y famosa por su gran belleza. Ambos se enamoraron y el caballero prometió a su amada que antes de la Noche de San Juan volvería a su castillo para casarse con ella. Llegado el día, Juliana estuvo preparando el castillo para la fiesta. Retirose a su habitación en donde, mientras se peinaba con un peine de oro regalo de su padre, esperó la llegada de su amado.

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Cayó la noche sin noticias del Señor de Aurelia, quien, para burlar a una avanzadilla mora replegada por la zona, cogió un peligroso sendero por los desfiladeros de la zona. Se desató una tormenta y el padre de Juliana partió en su busca, temiendo que se hubiera perdido. Juliana, sola en el castillo, peinábase nerviosa por la tardanza en volver su padre y llegar su amado. En aquél terrible momento, mientras los rayos iluminaban las sombras y aullaba el viento, llamaron a la puerta. Juliana, pensando que eran noticias corrió a abrir la puerta del puente encontrándose con una gitana que llevaba a hijo moribundo en brazos y que pedía desconsoladamente ayuda. Juliana, perdida en la desesperación, la increpó y echó de malos modos del lugar. La mujer imploró dos veces más hasta que Juliana empujó a la gitana, tirándola al suelo y gritandole que se fuera al infierno con su hijo. La mendiga levantose lentamente en su dolor y mirando fijamente a la castellana, dijo:

Bien quiera Dios que mi hijo salve su vida esta noche. Porque de no ser así, maldigo a este castillo, que desaparecerá quedando solo ruinas al igual que te maldigo a ti, que desaparecerás con él hasta que un caballero de blanca armadura venga a buscarte en una noche de San Juan. Hasta entonces, te condeno a desaparecer y errar por la eternidad

Dicho esto, el niño expiró y la gitana levantando su hijo en dirección a los cielos clamó justicia. La tormenta respondió con un rayo que destruyó el castillo mientras el trueno aterrorizaba a la comarca. Las brumas cubrieron el lugar que ya no era sino ruinas de un hermoso castillo. Momentos más tarde un soldado se acercó a Juliana, quien arrepentida de su acto lloraba entre las piedras caídas, y le comunicó que su prometido, el Señor de Aurelia, al no ver la silueta del castillo, había caído por el desfiladero en cuyo fondo yacía. Una capa ensangrentada con el blasón del árbol, armas de Aurelia, era la prueba de su final.

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Juliana quedó maldita a errar para siempre y puede ser vista durante la noche de San Juan peinándose el cabello junto a uno de los muros caídos, entre las ruinas del Castillo de Alboer, esperando que un caballero la libere del castigo y madición.

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Para llegar al Castillo de Alboer, hemos de tomar la carretera TO-2530 dirección Villamanrique de Tajo, en donde poco después del P.K. 10 encontraremos el camino que saliendo a nuestra izquierda nos llevará a las ruinas. Al pie de estas, junto al camino y frente a la ventana de la fortaleza, existe una cueva que dicen que es la Cueva de la Encantada, donde Juliana espera encerrada hasta la noche de San Juan, en la que se acerca a las ruinas del castillo para esperar al caballero que ha de liberarla.

Ya se sabe, estas cosas de amor, acaban mal.

Texto extraído del libro: La Mesa de Ocaña

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