14 de junio del 16

14/06/2016 § Deja un comentario

En el valle de Cuapa, en Nicaragua, hay una gran piedra que dicen cayó del cielo y a una legua de ella se encontraba la hacienda La Flor. Allí vivía un matrimonio que tenia una hija muy hermosa, de la cual se habían enamorado los duendes que habitaban en la casa. Todas las noches llegaban y le ponían flores en la cama y cuando iba a traer agua, le llenaban de flores el camino que caminaba. Si embargo, los duendes no querían a la madre de la muchacha a la que en lugar de flores le ponían espinas. Si iba a lavar, le escondían el jabón, si iba a zurcir, le escondían el hilo. La muchacha estaba asustada y tenia miedo de salir sola porque los duendes las seguían a todas partes.

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El padre de la joven tenía un burro que transportaba agua y zacate. Un día no lo encontró. Acompañado de los vecinos comenzó a buscar el burro. Después de varios días, lo encontró arriba de la piedra rebuznando afligido porque no podía bajar. Comprendiendo que era otra broma de los duendes, el señor le ordenó a su hija que les fingiera cariño, correspondiendo con palabras amorosas a los regalos que le hacían para intentar que los duendes bajaran al burro.

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La joven hizo caso y temblando de miedo les pidió que le trajeran el burro a su padre. Por quedar bien con ella, los duendes bajaron el burro y lo llevaron a la caballeriza.

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Durante algunos días no aparecieron y el señor creyó que ya no iban a seguir molestando pero se equivocó. Su esposa tenía dos tazas y ellos le rompieron una porque sabían lo mucho que le dolería aquella maldad. A mediodía, cuando ella estaba tomado sopa, exclamo Qué lastima que se quebró mi taza, tan bonita la pareja. Mientras esto decía, le dejaron caer real y medio en la sopa que estaba tomando. Con esto se paga la taza, oyó que le decían. Cuando se levantó para contar el dinero que tenía guardado en un cofre, vio que le faltaban real y medio, por lo que dijo De mis mismos reales me están pagando, que malos que son esos duendes, a lo que ellos respondieron tirándole del pelo.

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Con el tiempo llegó un momento en el que ya no soportaban a los duendes, decidiendo hacerles la guerra. Después de tratar e intentar infinidad de cosas, los dueños de la hacienda y los vecinos, se pusieron a tocar violines. Esto desagradó a los duendes porque les producía dolor de cabeza. Día y noche pasaron los vecinos del lugar tocando hasta que los duendes no tuvieron más remedio que abandonar la casa.

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Dicen que los lugareños, cuando ven una persona sobre la piedra gritan: Allá está el burro de Cuapa y el que está arriba, responde Allá están los duendes.

 

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