12 de agosto del 15

12/08/2015 § Deja un comentario

Habría que dar las gracias a Emmanuel Clot, cineasta francés colaborador de Francoise Truffaut (aparece como actor en su película El amor en fuga) que murió en accidente de coche en 1983 a los 31 años. Pese a lo extremadamente corta que se le hizo la vida, tuvo tiempo de filmar un auténtico diamante, un sencillo cortometraje pura delicadeza y emoción que ganó el premio Cesar (1980). Petit Pierre, documental de siete minutos que puede verse al final de este texto, recoge el trabajo vital de su compatriota Pierre Avezard (1909-1992), un enorme y singular carrusel, una maravilla de la mecánica que le ocupó practicamente toda su existencia. Avezard nació medio ciego, casi sordo y mudo por culpa de una enfermedad llamada síndrome de Treacher-Collins que en aquellos tiempos le obligó a dejar la escuela con 7 años para trabajar de vaquero, de pastor. Eso y las chanzas y molestias típicas de los compañeros por su físico diferente. Quién se lo iba a decir, Pierre sobrevivió al joven Clot y murió a la edad de 83.

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Rechazado por el mundo, se refugió en el suyo propio, que se convirtió en una copia del que tuvo la suerte de conocer a través de los años gracias a los viajes que realizó con su hermano. De chico comenzó a visitar vertederos que ya nunca abandonó; allí recolectaba materiales para entregarse a la obra de su vida, que comenzó a los 28 años y concluyó cuatro décadas más tarde: un carrusel de enormes proporciones movido con un motor eléctrico y un sistema de correas que incluye cientos de piezas de hierro, latón, goma, plástico, madera… a las que Pierre iba dando forma y pintando como aviones, trenes, coches, una torre Eiffel de 23 metros de altura, maquinaria agrícola, personas, animales, una corrida de toros… Todo ello se mueve con un rítmico y ensordecedor chirrido. También es posible descubrir al propio Pierre; se representó bailando con una vaca mientras otras parejas danzan a su alrededor, toda una metáfora de la soledad y el rechazo con los que convivió.

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Las primeras piezas las montó en la granja donde trabajaba (mucho le costó protegerlas de sus colegas, que insistían en romperlas una y otra vez). Hasta que su jefe le regaló un pedacito de tierra y una casa de barro, donde finalmente daría forma completa a su obra genial, que se extiende por 250 metros cuadrados. El boca a boca funcionó y, a partir de los 70, Pierre comienza a recibir visitantes para ver gratis su obra. Incorpora un sistema de agua con el que, desde su cabina de mando, riega a los espectadores que se acercan demasiado a los autómatas. Por un vez, era él quien se burlaba de los otros, aunque sin maldad ninguna. Entre los mojados, Suzanne Lebeau, dramaturga canadiense. Tanto le impactó que en 2001 escribió una obra de teatro sobre él.

Así contó el cineasta Clot cómo fue su aproximación a Avezard: La primera vez que vi a este pequeño hombre de 70 años con su rostro torturado delante de aquel tiovivo que era la obra de su vida, sufrí una enorme impresión… Era inevitable que hiciera un filme sobre él. Y ahora mismo es el ser al que más amo en el mundo por haber querido comunicarse del modo que lo hizo con una sociedad que le rechazó. Es por ello que su creación resulta mucho más poética y espontánea que la de tantos artistas mundanos y reconocidos.

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Este es su cortometraje, una joya no solo por la historia de Pierre, sino por la delicadeza con la que está rodado, por la música y por cómo desmenuza el carrusel. Siete minutos que son una poesía en sí misma, pero más aún conociendo la historia de Pierre, al que muestra volcando ilusión en todas y cada una de las pequeñas piezas. Una hemiplejía obligó a trasladarle a un hospital, eso sí, cada domingo acudía a su cita para ponerlo en marcha. Un proyecto para construir una carretera casi acaba con el tiovivo, pero una asociación logró evitar el desastre. Aunque no lo sufienciente: poco a poco se fue abandonando, los niños robaban las piezas, hasta que finalmente todo el carrusel fue desmontado y trasladado a La Fabuloserie, museo consagrado al arte marginal en Dicy, en Borgoña, Francia, a medio camino entre Dijon y París, donde hoy puede disfrutarse. ¿Qué se siente delante del carrusel de Petit Pierre? Entre otras muchas cosas, ganas de abrazarle. Pasen y vean.

Post extraído de: El tiovivo de Petit Pierre.
Post realizado con la colaboración del genial David de Ramón.

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