29 de julio del 14

29/07/2014 § Deja un comentario

Hablábamos ayer de la alegría con la que algunos se enfrentan a las dificultades. Muchas veces hemos escrito desde este blog sobre la alegría del Bajito y su actitud positiva frente a la vida.

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Recogemos hoy en el post, parte de un libro en el que de ello habla. El capítulo 9 de Peregrinos a Santiago de María Merino, resume este concepto a traves de un encuentro con algunos de aquellos que caminan a Santiago. Copiamos aquí el texto.

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9. LUCES Y SOMBRAS EN EL CAMINO
9.1. Anécdotas divertidas
Muchos peregrinos demuestran tener un buen humor envidiable. Quizás sea su carácter habitual, pero que duda cabe que las semanas que pasan peregrinando, les deja un poso de felicidad que se expresa en la alegría que derrochan al llegar.
9.2. Buen humor
Un día me encontré a tres peregrinos sentados en unos bancos junto a la Oficina. Eran un vasco, un alemán y un extremeño ­una mezcla ya cercana al chiste. Se notaba que habían disfrutado juntos y no querían separase. Bromeaban entre ellos y, como me vieron rondarles con aspecto de entrar en su conversación, empezaron a contarme las frases que se habían ido inventado por el Camino, tomándose a risa lo que era motivo de dolor: las ampollas, la tendinitis, el cansancio.
¿Te interesa? Pues toma nota, que tenemos algunas muy buenas, dijo el vasco, mientras consultaba en su cuaderno las genialidades que se les habían ocurrido:
– No voy solo, mis ampollas me acompañan.
– Con mi pie derecho no me hablo, con el izquierdo me llevo fatal.
– He tenido una idea peregrina: hacer el Camino de Santiago.
– Un día al llegar al albergue, cuando me tiré reventado en la litera ­-añade-­ me encontré un papel pegado que decía: se alquila patinete… ¡Estallé en carcajadas! ¡Quién pudiera pillar, en ese momento, un patinete! -Fue la frase que más me gustó.
El que lleva la voz cantante de los tres, es un artista, pintor. Ha disfrutado mucho del Camino, haciendo algún pequeño dibujo, y de las amistades que hizo con gente de distintas nacionalidades. Parece un juerguista nato y no para de recordar las cosas graciosas que les sucedieron o aquellas que se inventaban para divertirse:
Un día al entrar en un bar, el chico alemán me dijo que quería tomar un café español. Le pregunté que qué era eso, que no existía un café español. Me respondió ¿Cómo que no? ¿Y el café olé? Llevo pidiendo café olé todo el tiempo en Francia. No le entendí al principio, hasta que estalló en carcajadas y me explicó el chiste que se había inventado. Café con leche se dice en francés café au lait, leído con pronunciación española, café olé.
No me imaginaba a los alemanes haciendo bromitas…
Mientras lo dice le pega unas palmaditas ­bastante sonoras­ en la espalda del alemán que está a su lado. Este reacciona y me dice, no sé si en serio o en broma, que el vino desde Francia andando porque le había dejado su novia. Me parece que no es verdad, porque es joven, rubio, muy guapo y también bastante bromista, pues añade:
No vuelvo a andar en lo que me queda de vida ­-dice riéndose.
El pintor, le responde con un repentino aire patriarcal:
La vida es corta, hijo, pero…¡hay que hacerla andando!
Y de nuevo los tres amigos ­que se conocieron en el Camino­ estallan de risa. Se nota que han caminado mucho, que han pasado sus malos momentos, pero que están felices y se ríen de todo. Hasta que, de nuevo el pintor, sentencia:
El Camino acaba, la procesión ¡va por dentro! ­y señala los pies con lo que vuelven los tres a reírse. Parecen una de aquellas compañías de comediantes medievales que recorrían los pueblos ganándose algo de comida con sus gracejos.
Pasan bastante tiempo sentados allí, medio tumbados en aquel banco. Alfonso, el pintor, no me deja marcharme. Promete enviarme, cuando la escriba, la memoria de su peregrinación ­¿Por qué esperar tanto? ­le digo.­ Podemos hablar ahora.
Se resiste y quedamos en vernos más tarde. Al día siguiente, ya sin sus compañeros de bromas, Alfonso me explica ­esta vez en serio­ su peregrinación. Se me ponen los pelos de punta cuando me abre su alma para decirme, con una enorme sencillez, que ha peregrinado porque sus padres, los dos, acaban de morir. Me cuenta un poco las difíciles circunstancias por las que ha tenido que pasar, la enfermedad que él mismo ha sufrido y como se planteó el Camino como terapia para todos sus males. En medio de las anécdotas divertidas ­que sigue empeñado en contarme­ dice unas frases de filósofo, o más bien de místico:
Solamente cuando te ves confrontado cara a cara con la muerte, comprendes lo que es la vida. Es tiempo, el que hay entre los dos momentos, ­el nacimiento y la muerte­ por los que pasaremos todos, y que lo haremos de modo solitario. A raíz de la muerte de mis padres ­que ha sido en circunstancias tremendas­ cambié mi modo de vivir. Antes trabajaba, trabajaba, trabajaba… Ahora me preocupo de más cosas, trabajo lo suficiente para ganarme la vida, pero sin obsesionarme por el prestigio, ni por el tener cosas… En cambio, tengo algo valiosísimo: tiempo. Por eso he podido pasarme todo un mes haciendo el Camino. Lo que importa es vivir, tener tiempo para vivir.
Pero Alfonso no quiere dejarme un sabor de tristeza, ­todavía tiene abiertas en su alma muchas cicatrices­ y me cuenta otra anécdota divertida.
– Al llegar a un albergue por la noche, me acerqué a un peregrino extranjero que estaba instalando su saco de dormir, ­con el que todavía no había intercambiado ninguna palabra, ­con el propósito de advertirle de mis ronquidos. Le toqué en la espalda y le dije: Yo ronco. El extranjero me respondió, ofreciéndome su mano: Yo, Christian.
Me hizo reír nuevamente, cortando así el clima profundo en el que me había submergido, y continuó con su historieta­.
Me eché a reir como un loco y al francés no le hizo mucha gracia. No entendía y pensaba que me reía de su nombre. Gracias a la intervención de un traductor, Christian comprendió mis carcajadas y acabó contagiándose de mi risa desbocada. Desde aquel momento hicimos parte del Camino juntos.
Quiero volver a la verdadera historia de Alfonso, a la que se esconde detrás de sus gracias, de sus gafas y de sus bigotes. Pero aparecen sus compañeros y la conversación se queda ahí. Me deja con el buen gusto de saber que las risas no son sinónimo de falta de problemas, ni de sufrimientos, de tenerlo todo o ser el mejor de entre los compañeros. El buen humor es hijo de otras cosas más profundas, de comprender ­como él decía,­ que la vida es tiempo y que lo que no se hace… queda sin hacer.

Seguramente hay muchas más personas que demuestran ese buen humor y, sin embargo, detrás llevan un sufrimiento que es como las raíces donde esa alegría se asienta con firmeza. Son gente que resultan verdaderamente ejemplares.

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