17 de febrero del 13

17/02/2013 § Deja un comentario

Trasteando por internet encontramos una nota curiosa referida indirectamente a Formentera. Se refiere a una travesía del buque butanero Tamames, un barco construido en 1965 por la Unión Naval de Levante, Valencia y matriculado en Santa Cruz de Tenerife. Medía 75,72 metros de eslora, 11,56 metros de manga, 6,26 metros de puntal y 5,24 metros de calado. Su propulsión la resolvía un motor Werkspoor con una potencia de 1.400 caballos, capaz de alcanzar una velocidad de diez nudos desplazando 1.516 TRB.
130217.1Tamames
Los hechos que nos interesan acaecieron en 1979: El buque butanero Tamames de la compañía CEPSA había zarpado del puerto de Alcudia en la isla balear de Mallorca para dirigirse a Cartagena. Las previsiones meteorológicas previstas para la tarde del martes 6 de febrero de 1979 no presagiaban ningún fenómeno digno de mención: el viento era suave de poniente, la mar estaba rizada y el cielo se mantenía despejado, a bordo la visibilidad era buena. Hasta ese momento, el Tamames no había vivido más aventura que la de recoger a cuatro náufragos, de nacionalidad británica y norteamericana, cuyo yate había sido víctima del mal tiempo cerca de Gijón hacía casi cinco años.
Navegaban a unas quince millas al este de la isla de Formentera cuando el reloj marcaba las 21:17 h., momento en el que el marinero de guardia comunicó a su capitán, D. José Luis González Rodríguez, el avistamiento por el sur de un barco que navegaba hacia el oeste, aunque no conseguía distinguir la luz verde de estribor. Una mirada le bastó a la tripulación para percatarse de la existencia de dos luces, aparentemente de un barco normal. El estupor llegó cuando aquellas dos luces, localizadas entre las cinco y las diez millas de distancia, se convirtieron en cuatro, luego en seis y llegaron a contar hasta diez.
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Corrieron a buscar los prismáticos y al mirar por ellos, el capitán percibió que el cielo sobre las luces mostraba un asombroso color anaranjado al tiempo que las curiosas luminarias se colocaban a pares en posición casi regular, unas veces en vertical y otras en horizontal, pudiendo también observar que de ellas salía una columna de humo muy parecida a la producida por una bengala. De inmediato consideraron la posibilidad de que se tratase de un buque en apuros y, sin más dilación, arrumbaron hacia la posición de las luces, pese a que el radar no diese ninguna señal, algo extraño ya que nunca había fallado, y de hecho funcionaba perfectamente pues marcaba con precisión los perfiles de Mallorca, Formentera y la costa peninsular, a la par que la radio de a bordo no emitía ninguna señal de socorro.
Cuando llevaban navegando en el nuevo rumbo unos quince minutos, las luces, las columnas de humo y la extraña coloración desaparecieron por completo; el espectáculo había durado media hora. En medio de la estupefacción el capitán tomó la decisión de corregir el rumbo y poner proa nuevamente a Cartagena, al puerto de Cabo de Palos. Pero poco duró la tranquilidad: repentinamente, el radar comenzó a mostrar unas señales extrañas de las que fueron testigo todos los que estaban en el puente de mando, quienes no eran capaces de interpretar lo que veían tras cada barrido. Las alteraciones del radar fueron desapareciendo paulatinamente hacia las 11 de la noche.
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A la una de la madrugada el radar volvió a convertirse en el centro de atención reflejando ecos por proa, es decir, se acercaban a lo que fuese aquello. A unas dos millas los ecos desaparecían y aparecían esta vez por todas partes alrededor del barco desde las dos millas hasta las ocho a una velocidad vertiginosa. La curiosidad llevó al capitán hasta la radio para contactar con algún barco cercano, pero le respondió el vigía del Castillo de Galeras en Cartagena, así que aprovechó para preguntarle sobre posibles maniobras navales en la zona, aunque con extrañeza porque lo visto no podía ser normal. El vigía no había sido informado sobre ningún ejercicio militar. Los ecos del radar no desaparecían y saltaban de un lado a otro con gran agilidad, y si esto era sorprendente, lo era aún más el intentar ver, lo que fuese, a través de los prismáticos, por más que forzase la vista, el capitán no veía nada.
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A las tres de la madrugada volvió a contactar con el vigía del Castillo de Galeras y le describió lo que estaba pasando. La respuesta le pasmó, el vigía le preguntó por la posibilidad de que se tratase de un OVNI. Al capitán, a aquellas alturas, cualquier explicación le podía servir, incluso la más extraordinaria y un OVNI era tan descabellado como lo que llevaban cuatro horas observando. Y es que el vigía le explicó que algunos días antes, un barco extranjero había relatado el avistamiento de un OVNI muy cerca de donde ahora se hallaba el Tamames.
Siguieron su rumbo, dejando atrás la insólita vivencia, hasta llegar a Cartagena donde los medios de comunicación rápidamente se hicieron eco del suceso, alguno de ellos de un modo sensacionalista —el capitán siempre habló de luces y anomalías en el radar, nunca entró en el terreno de la ufología.
El acontecimiento fue puntualmente reflejado en el libro de bitácora de donde el capitán recuperó los datos para redactar el informe solicitado por el Subsecretaría de la Marina Mercante.
No tardó en llegar la versión oficial según la cual la causa de los extraños acontecimientos se debía a los ejercicios nocturnos de los paracaidistas de la Academia Militar de San Javier, iniciados a las 20:00 horas, durante los cuales fueron lanzados a unos 300 metros de altura desde aviones del tipo Aviocar (CASA 212) y Caribou, y que portaban bengalas lo que explicaba las curiosas luces. Al capitán esta versión no le terminó de convencer pues las maniobras habían tenido lugar en el triángulo Alcantarilla-San Javier-Balsicas, en Murcia, a 150 kilómetros de la posición del Tamames y además tierra adentro, no debemos olvidar que todo había acontecido en el mar. La hora tampoco coincidía.
Sin embargo, algo más tarde de las 20:00 horas del martes 6, las redacciones de los periódicos y emisoras locales se llenaron de llamadas telefónicas de vecinos murcianos, preocupados por las extrañas luces que veían moverse por el cielo vespertino. Este avistamiento masivo sí coincidía con las maniobras nocturnas de los paracaidistas, pero la alarma social la explicaba la sensibilidad de gentes que cada día eran bombardeadas con las noticias de avistamientos OVNIs por todas partes. Recordemos que el año 1979 fue especialmente profuso en este tipo de fenómenos.
Al fin, lo único cierto y verdad es que la noche del 6 de febrero de 1979 quedará registrada para siempre en los anales del Tamames como testigo privilegiado de un espectáculo maravilloso.
[Documentación:

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