22 de abril del 19

22/04/2019 § Deja un comentario

A synopsis of the birds o Australia, and the adjacent islandss, Volume I, es un interesante libro de 44 páginas de John Gould con 19 ilustraciones que fue publicado en 1837 por el autor, en Londres.

Birds of australia I

Como es habitual en nuestros posts, les dejamos el enlace al pdf [15.4MB] bajo la ilustración para que aquellos que estén interesados en hojear el volumen lo puedan hacer tranquilamente.

21 de abril del 19

21/04/2019 § Deja un comentario

Zygmunt Denis Antoni Jordan de Stojowski fue un pianista y compositor polaco nacido el 4 de mayo de 1870 cerca de la ciudad de Kielce. Comenzó sus estudios musicales con su madre y con el compositor Władysław Żeleński. Debutó como pianista de concierto a los diecisiete años en Cracovia con el Concierto para piano número 3 de Beethoven.

Llegó a París con dieciocho años fue a Paris y estudió con Louis Diémer y composición con Léo Delibes. Dos años después ganaba premios. Según el propio Stojowski, los músicos que más le habían influído fueron el violinista compositor Wladyslaw Gorski y el pianista compositor Ignacy Jan Paderewski.

La música de Stojowski se consideró lo suficientemente digna para ser incluida en el primer concierto de la Orquesta Filarmónica de Varsovia, el 5 de noviembre de 1901. Su Sinfonía en Re menor, op. 21, que se presentó en el primer concierto dirigido por Emil Młynarski, había ganado el primer premio (1000 rublos) en un concurso de música en Leipzig el 9 de julio de 1898. Además de haber presentado su sinfonía en ese primer concierto prestigioso, Stojowski apareció como recitalista en diciembre y nuevamente como solista en el Concierto para piano n. ° 4 de Saint-Saëns en enero de 1902.

En octubre de 1905, Stojowski se embarcó en el SS Moltke rumbo a los Estados Unidos por invitación de Frank Damrosch, fundador y director del recién creado Instituto de Arte Musical, para dirigir el departamento de piano del instituto; fue recomendado para el puesto por el pianista Harold Bauer.

Nueva York se convirtió en su hogar por el resto de su vida, en donde fue aclamado como un gran compositor, pianista y pedagogo y tuvo la distinción de ser el primer compositor polaco en tener un concierto completo dedicado a su música interpretado por la Filarmónica de Nueva York.

Después de seis años de enseñanza en el Instituto de Arte Musical, Stojowski dirigió el departamento de piano en la Escuela de Música Von Ende hasta 1917. Finalmente, debido a la gran cantidad de estudiantes que deseaban trabajar con él, abrió su propio Stojowski Studios en su casa de cuatro pisos en casa de piedra rojiza en 150 West 76th Street en Manhattan. Entre los alumnos de Stojowski se encontraban Mischa Levitzki, Alfred Newman, Antonia Brico, Arthur Loesser y Oscar Levant.

Aquí, junto con su esposa nacida en el Perú, Luisa Morales-Macedo, el pianista compositor no solo enseñó hasta finales de la década de 1930, sino que también planteó lo que él llamó sus tres mejores creaciones: sus hijos, Alfred (1919), Henry ( 1921) e Ignace (1923–1984). Murió el 5 de noviembre de 1946 en la ciudad de Nueva York.

Fuente: Zygmunt Stojowski

 

20 de abril del 19

20/04/2019 § Deja un comentario

Este cortometraje de animación, seleccionado en los premios Oscar y Annie Awards 2012, cuenta la historia de un niño que, para vencer el domingo su aburrimiento, coloca monedas bajo el paso del tren.

19 de abril del 19

19/04/2019 § Deja un comentario

Francisco Salzillo nació en Murcia el 12 de mayo de 1707. Tras iniciar estudios de Letras con los jesuitas, parece que entró en la Orden Dominicana como novicio, tras lo cual tuvo que hacerse cargo del taller escultórico de su padre a la muerte de este en 1727, cuando Francisco contaba con tan solo veinte años.

Fue un escultor barroco español, considerado como el más representativo imaginero del siglo xviii español y uno de los más grandes del Barroco. Salzillo se dedicó en exclusiva a la temática religiosa y supo plasmar en su estilo los cambios que se fueron produciendo durante el siglo xviii, lo que se vio plasmado en una escultura de transición hacia el rococó y el neoclasicismo, así como en diversos cambios que se fueron produciendo en el taller que heredó de su padre, el también escultor e imaginero Nicolás Salzillo.

Su vida transcurrió enteramente en Murcia. Hoy día cuenta con un museo dedicado a su obra, el Museo Salzillo, que alberga algunas de sus obras más características, como el belén o los ocho pasos que procesionan el Viernes Santo en la llamada procesión de los Salzillos.

Toda la vida de Francisco Salzillo tuvo lugar en Murcia, donde se hizo con un nombre y una fama que trascendieron lo meramente artístico. Solamente hay documentado un viaje suyo fuera de la ciudad de Murcia, el que realizó a Cartagena para la entrega de las imágenes de los Cuatro Santos en 1755. Rechazó la invitación del Conde de Floridablanca para trasladarse a Madrid, lo que le habría servido para darse a conocer en la Corte.

Con el paso de los años, su obra fue adquiriendo fama y recibió multitud de encargos de iglesias y conventos de Murcia y de las provincias limítrofes: Alicante, Albacete y Almería. En 1755 se le nombró Escultor Oficial del Concejo de Murcia e inspector de pintura y escultura.

Tras la muerte de su esposa en 1763, las reuniones de Salzillo con otros artistas e intelectuales murcianos se hicieron más frecuentes. En 1777 fundaron la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Murcia, que sirvió para que en 1779 se creara la Escuela Patriótica de Dibujo, que tuvo como primer director a Salzillo. Falleció en Murcia el 2 de marzo de 1783. Fue enterrado en el desaparecido Convento de Capuchinas de Murcia, donde había profesado su hermana Francisca de Paula.

Fuente: Francisco Salzillo.

18 de abril del 19

18/04/2019 § 1 comentario

¿Navajas multiusos? Ya no, es un objeto obsoleto, herencia de un pasado que hemos superado. Hoy lo que se lleva es el híbrido de humano y bot o, al menos, el guante milútiles. Otra cosa sería regresión técnica.

17 de abril del 19

17/04/2019 § Deja un comentario

El efecto Doppler, llamado así por el físico austriaco Christian Andreas Doppler, es el cambio de frecuencia aparente de una onda producida por el movimiento relativo de la fuente respecto a su observador. Doppler propuso este efecto en 1842 en su tratado Über das farbige Licht der Doppelsterne und einige andere Gestirne des Himmels (Sobre el color de la luz en estrellas binarias y otros astros). El científico neerlandés Christoph Hendrik Diederik Buys Ballot investigó esta hipótesis en 1845 para el caso de ondas sonoras y confirmó que el tono de un sonido emitido por una fuente que se aproxima al observador es más agudo que si la fuente se aleja. Hippolyte Fizeau descubrió independientemente el mismo fenómeno en el caso de ondas electromagnéticas en 1848. En Francia este efecto se conoce como efecto Doppler-Fizeau y en los Países Bajos como efecto Doppler-Gestirne.

El científico neerlandés Christoph Hendrik Diederik Buys Ballot investigó esta hipótesis en 1845 para el caso de ondas sonoras y confirmó que el tono de un sonido emitido por una fuente que se aproxima al observador es más agudo que si la fuente se aleja. Hippolyte Fizeau descubrió independientemente el mismo fenómeno en el caso de ondas electromagnéticas en 1848. En Francia este efecto se conoce como efecto Doppler-Fizeau y en los Países Bajos como efecto Doppler-Gestirne.

Hay ejemplos cotidianos del efecto Doppler en los que la velocidad a la que se mueve el objeto que emite las ondas es comparable a la velocidad de propagación de esas ondas. La velocidad de una ambulancia (50 km/h) puede parecer insignificante respecto a la velocidad del sonido al nivel del mar, unos 1235 km/h, sin embargo, se trata de aproximadamente un 4 % de la velocidad del sonido, fracción suficientemente grande como para provocar que se aprecie claramente el cambio del sonido de la sirena desde un tono más agudo a uno más grave, justo en el momento en que el vehículo pasa al lado del observador.

Fuente:Efecto Doppler.

16 de abril del 18

16/04/2019 § Deja un comentario

EL TESORO

Tan poderosos eran los piratas berberiscos durante el primer tercio del siglo XVI que solían llegar, en sus incursiones, a todos los puertos del Mediteráneo cristiano, e incluso se aventuraban hasta los más cercanos del Atlántico. De entre los más célebres capitanes de aquellas turbas, destacan las historias a cinco hombres de distinto origen, aunque de similares propósitos: Jeir-al-Din, el segundo de los Barbarroja, hijo de un alfarero heleno, que adoptó las creencias musulmanas y se denominbó a si mismo “La bondad de la Religión”; Sinau, un judío de Esmirna apodado “El Mago”, capaz de orientarse en la mar, sin instrumentos, incluso durante la noche o entre la niebla; Dragut, natural de Anatolia, conocido por “El de Rodas”; Hassan, un renegado sardo, castrado -pues iba para eunuco-, al que la providencia privó de las aventuras del serrallo y otorgó, a cambio, las náuticas; por último -en esta relación, que no en la fama- Aydin (“El que regresa”), otro renegado, que recibió también el sobrenombre de Drub y fue llamado “El Diablo”, terror de los venecianos, franceses, genoveses, españoles y turcos (en efecto, terror incluso de sus aliados los turcos , porque nada respetó sino particulares intereses). Pues bien, la leyenda afirma que Aydin (“El que regresa”), es decir, Drib “El Diablo”, era nacido en Formentera, en algún lugar de sa Platja de Tramuntana.

Al llegar el buen tiempo, aproximadamente por el mes de abril, todas las flotillas piratas -tanto las que reconocían la supremacía de la Puerta como las reducidas a Gobierno menor- abandonaban el refugio de sus varaderos y comenzaba su actividad anual; iniciaban la acción, con sencilla técnica, situándose al acecho en las rutas cargueras, bien las que costeaban, bien las que a mar abierto seguían las más audaces naves. Por lo que a los puertos españoles hace, también al llegar el mes de abril se movían a navegar las vigilantes flotas de guerra, por si “bajaba el turco”. El mutuo acecho, con mil variantes, se producía con mayor intensidad en la vía de Cerdeña a Cartagena, y especialmente en el mar pityuso, una ruta marítima en la que los navíos parodiaban todas las suertes cinegéticas de podencos y liebres; pero de podencos y liebres mutantes porque, en función de su número y poder, los perseguidos solían revolverse para perseguir a su vez.

Los éxitos de Aydin (“El que regresa”) no se basaban tanto en su valor y astucia contrastados, ni en su ingenio al elegir el lugar y el momento más favorable para el combate, como en su importante red de espías -generalmente moriscos- que le daban información sobre fechas de arribada, riqueza de cargamentos, importancia de dotaciones, calidad de los barcos de escolta, y otros saberes que le consentían adelantarse a los hechos. Traicionaba mucho Aydin, arriesgaba poco, y atacaba en lugares conocidos, a poder ser a naves rezagadas o dispersas; gran parte de sus triunfos los obtuvo por tanto de modo fácil, y frente a las costas de Formentera que conocía con exactitud en todo su perímetro. Allí, junto a Cala Saona, venció al almirante Portuondo al que tomó siete de sus ocho galeras; allí, en la canal de Espardell, aprovechó un gargal favorable y pudo burlar a dos bergantines del rey de España; allí frente a Punta Prima -paraje sucio de rompientes- logró, con un ardid poco honroso hacer embarrancar a tres galeras de Venecia que le daban alcance, y empaló a sus capitanes. En fin, contar sus victorias más parecería difamación que admirado relato.

Tanto fue aumentando el tesoro de Aydin (“El que regresa”), o sea, de Drub “El Diablo”, que pensó en esconderlo. ¿Dónde mejor que en Formentera, isla de su nacimiento, epicentro de sus rapiñas, entonces tierra deshabitada por el temor a los piratas? Escogió un lugar que fue boscoso, y hoy está dedicado a tierra de labor; ordenó a una docena de sus más fielers que cavaran hoyos en los puntos que marcó; y como había señalado no menos de cien la tarea duró meses. Eran huecos de boca circular, de seis palmos de diámetro y quince de profundidad, acampanados. Si la roca aparecía antes de lo previsto, admitía Aydin alguna variación en las medidas, mas no demasiada, porque siempre había tenido afanes de simetría y equilibrio, pero ahora harto más importaban a su proyecto. Los hoyos seguían alineaciones, guardaban relaciones de distancia, dibujaban figuras elementales que, a su vez, componían otras más complejas; eran como puntos de un diseño inmenso para un imaginario espectador aéreo, ampliación del que a escala reducida había buscado Aydin con diversión.

Trabajaron los piratas con ímpetu, quizá guiados por la codicia. No se les había ocultado que el objeto de la tarea era disimular entre tanta hoya -una vez vueltas a cubrir las cien- la que verdaderamente escondería el tesoro. Posiblemente se les prometió gratificar la fatigosa empresa repartiendo entre los doce algo del inmenso botín; tal vez conciliados pensaban en robarlo años más tarde, después de desertar; lo cierto es que trabajaron como forzados. No menos de cinco meses navegó Aydin (“El que regresa”), mientras sus hombres cavaban, extraían tierra, picaban en la roca, apartaban arena, sacrificados, de sol a sol, desgastando herramientas, hasta concluir los cien agujeros precisamente en los cien puntos del complicado dibujo de su jefe.

Así que acabaron el trabajo (eran esas las instrucciones recibidas) colocaron un gallardete en lo más alto de un montículo de la parte de la isla hoy llamada Platja de Migjorn. No tuvieron que guardar mucho. Aydín había calculado bien el plazo necesario para las excavaciones; de forma que a los pocos días, su bajel, sin escolta alguna, fondeó a un cuarto de milla, frente al lugar, y desde el navío dio instrucciones a sus fieles -o quizá no tan fieles- para que embarcasen en la chalupa y se llegaran hasta él todos juntos.

El leído en narraciones de piratas y otros bandidos de la mar ya está imaginando lo que ocurrió: ninguno de los doce alcanzó a pisar la cubierta del bajel. Es bien cierto que no sabían qué hoyo de los cien había de elegir Aydín; pero conocían el emplazamiento de todos. Aunque “El Diablo” no supiera estadística, poseía el suficiente simplicísimo bagaje de sentido común para saber que, incluso rellenados todos, buscando al azar, hubieran podido encontrar su tesoro muy probablemente antes de intentar el centésimo agujero. Sólo no saber que los hoyos eran cien y que guardaban cierta disposición entre ellos daba valor al ingenioso propósito de Drub. Su intención era ocultar el botín -sin ayuda de nadie- en uno de los agujeros, rellenarlo, y disimularlo, después, también sin ayuda, rellenar y disimular otros cuatro; el resto de las hoyas no tenía más razón que servirle de referencia y desorientar a los codiciosos, y para esto valían igual visibles que rellenas pues, con tal de poder referenciar tres cualesquiera de ellas, según su muy estudiado diseño, podía encontrar la única importante.

Una vez que se hubo asegurado de la eterna lealtad de los doce excavadores, sin otra colaboración que la de su lugarteniente, Aydín (“El que regresa”) llevó hasta la playa un mulo, dos palas y las ocho arcas que guardaban su tesoro. Por la historia de sus saqueos cabe deducir cuales eran las mejores piezas del botín: Un copón egipcio con siete facetas -en cada una, un diamante de treinta quilates, los siete de igual talla-; un cáliz que había sido de Clemente VII; dos collares de rubíes y dos de granos de aljófar, que fueron de los Angulema; un broche con cuarenta esmeraldas, por supuesto demasiado grande para soportarlo como adorno, que había pertenecido a Hipólito de Médicis; seis candelabros de factura mudéjar procedentes de la catedral de Barcelona. Menos inventariados, pero no menos valiosos: cruces, hebillas, diademas, puñales, fíbulas, pendientes, vasos; y piedras preciosas sin engastes.

Depositado el botín en la playa, el lugarteniente volvió al bajel. Cuatro veces vió la marinería desde lejos como Aydín se internaba en la isla, en cuatro viajes sucesivos con el cargado mulo. Siguiendo sus órdenes, nadie desembarcó durante dos días enteros; mas, al ver que no regresaba después del máximo plazo pretendido, decidieron todos sus hombres ir a buscarlo.

No les fue difícil encontrar el lugar de las hoyas. (Una curiosa, pero no infrecuente, variación topográfica ha hecho por desplazamiento que el área donde Aydín mandó excavar no sea precisamente la que hoy conserva el nombre de ses Clotades, sino otra zona cercana en la que los labradores han ido rellenando los agujeros con tierra y estiercol para plantar árboles frutales en las gigantescas macetas. El que esto escribe no desea comprometer con incitaciones a extraños la tranquilidad de tales labradores, alguno amigo suyo; por eso ocultará aquí el verdadero emplazamiento de ses Clotades que no es el que marcan los planos actuales.) No les fue difícil a los piratas -decíamos- encontrar el lugar de las hoyas; allí estaba el mulo y allí las palas. Recontados los visibles agujeros varias veces, eran noventa y nueve, sólo noventa y nueve. El centésimo habría podido hallarlo uno cualquiera de los doce escavadores, pero ya eran vianda de peces.

Por supuesto, el tesoro no fue hallado, y Aydín tampoco. Pero todos, entonces y ahora, estuvieron y estamos convencidos de que Aydín había regresado definitivamente a Formentera.

Capítulo I: La estatuilla.
Capítulo II: El adiós
Capítulo III: La promesa.
Capítulo IV: Las hermanas.
Capítulo V: La cabeza.
Capítulo VI: El príncipe.
Capítulo VII: El monje.
Capítulo VIII: El rescate
Capítulo IX: El tesoro

Leyendas de Formentera por José Luis Gordillo Courcières.